#Habana500. Un símbolo de libertad

En Cuba, cuando alguien ha cumplido muchas décadas, y se mantiene vigente en lo suyo, jocosamente se dice “es más viejo es el Morro”, frase que alude al antiguo castillo que se levanta al este de la entrada del puerto de La Habana.

Pero, algo más hace distintivo este baluarte defensivo construido en tiempos de la colonia: el cañonazo de las nueve de la noche, antigua tradición, cuya génesis recuerda el momento en que se avisaba el cierre de la muralla como protección y que, desde entonces, se dispara –inofensivo- hacia las aguas de la bahía.

La historia nos descubre que esta fue la segunda fortaleza de la capital cubana, porque, en la primera mitad del Siglo XVII se construyó una rústica, el castillo de la Fuerza, en el otro lado de la bahía.

Eran tiempos en que nuestra Habana, era constantemente asediada por corsarios y piratas desde el mismísimo 1537, año en que sufrió el primer asalto de atracadores protegidos por la corona francesa. Tras numerosos amagos, el 10 de julio de 1555, Jacques de Sores realizó el más desastroso ataque a la localidad costera, y en el 1585 la embestida de Francis Drake aterrorizó a la población.

Estos asedios piratas decidieron la construcción del Castillo de los Tres Reyes del Morro, con su alta torre que servía de atalaya y permitía avizorar a los invasores a muchas leguas de distancia. La gran obra fue encomendada al ingeniero Juan Bautista Antonelli, que, bajo la dirección del capital general, maestre de campo Juan de Tejeda, inició la obra en 1589.

Pero nada fácil y rápido resultó su culminación. 1630 marcó el final de la edificación que emergía desde las rocas, y en su interior, contaba con una iglesia, viviendas para los oficiales y eclesiásticos, cuarteles, y por supuesto, calabozos.

Al frente, mirando al mar, ubicaron varios cañones, y otros se dirigían hacia la entrada del puerto, que popularmente fueron nombrados: “los 12 apóstoles”.

El Morro cumplió con su objetivo defensivo de La Habana, hasta el ataque de los ingleses, en 1762, para reconstruirse un año después, al irse los ingleses hacia La Florida. A partir de ahí, solo sirvió de guía a los barcos, con su luz emplazada a 85 metros de altura desde 1844, con un alcance de 151 pies sobre el nivel del mar.

Desde entonces, este cíclope gigantesco vigila y guía a los visitantes, y deviene interés turístico, pues, a las nueve en punto de cada noche, desde la fortaleza de la Cabaña se dispara un cañonazo de tradición y victoria sobre el tiempo.

Pero, cada año también, este bastión cubano se convierte en la Fortaleza del Libro, invadida entonces, por un pueblo libre y feliz.

 

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