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Un salto al vacío, recordando al escritor Gustavo Eguren

altaltPapeleando  en mi archivo de entrevistas, que ya va ganando un espacio preocupante, de pronto e inesperadamente encuentro la que le hiciera 18 años atrás a Gustavo Eguren.  La releo a plenitud  y me convenzo de su interés actual lo que demuestra que el tiempo es una trampa enloquecedora.

Paso a mostrársela al cibernauta como prueba de ella (la trampa) al tiempo que, malacrianzas del destino, ahora la doy a conocer cuando ya él no puede leerla.

De todas maneras,  sé que no se sentirá molesto por ello ni porque diga que cuando abrió la puerta de su apartamento y lo tuve frente a mí, en short y chancletas y con la sonrisa del buenazo  en su cara de típico cubano, se me hizo evidente que me esperaban fantasmas en encuentros inesperados.  Pero la amistad creó el fluido esencial para la comunicación para permitir desandar el tiempo y darle luz y color al rescate.

Por otra parte, con Gustavo corrí los riesgos de un hombre pícaro y bondadoso, imbricados ambos en su sello personal hasta el tuétano. El era un personaje, tan estimado y saltarín que, recursos que tiene y tendrá su literatura, pudo unificar épocas, sintetizar vestuarios y modas y aparecer o desaparecer en lo oscuro de una caverna o, por suerte de pronto, dar un salto al vacío. Él me dijo y no sé si me dijo que había nacido en el abril de 1925 en la verdísima Isla de Pinos o quien sabe si fue en España donde seguramente compartió pillerías con su enjundioso amigo Francisco de Quevedo y Villegas. Pícaros ambos en la buena literatura que es el arte de decir con poco mucho y sin tanto  ropaje que afecte al esqueleto...

Ante la primera pregunta me contestó que su infancia se iba borrando con el tiempo y sólo quedaban rescoldos. Infancia solitaria en la España de entonces donde perdieron el entorno familiar de la lejana presencia caribeña. Anclaron en un pueblo llamado Valmaseda, dividido por un río caudaloso que quizá ni aparezca en el mapa de España. “No obstante te confieso, aprendí a nadar en Cuba. Allí murió mi madre atacada por la peste blanca. Allá estuvimos hasta 1934 y te agrego que mi primera novela La Robla se inspiró en mis experiencias de niño.. Te puedo precisar que a los nueve años regresé a Cuba. Y te confirmo que   España fue una vivencia bien importante en mi vida..Incluso te agrego algo bien interesante: a mi regreso a Cuba el enfrentamiento con las personas de piel negra fue como si sintiera una invasión de gente verde…un susto, yo diría”.

-Llegaste a Cuba por barco ¿y luego qué?.

-Fui a parar a Pinar del Río donde haría la Primaria y el Bachillerato y luego en La Habana me gradué de abogado pero no trabajé como abogado.

-¿En qué trabajaste?.

-En un trabajo delicioso: no trabajaba porque no había trabajo por entonces y por ciertos avatares de la vida terminé como cartero. Hay un cuento mío en el libro Los lagartos no comen queso que más o menos toca esa experiencia. En realidad había terminado la Universidad para complacer el sueño de mi padre.

.¿Cuáles son los recuerdos más interesantes de tu juventud?.

-Hubo un momento muy importante y fue cuando vine para La Habana y me encontré con un grupo de grandes atorrantes, maravillosos, que fueron los escritores y poetas  que luego constituyeron la Generación del 50. Ahí se me abrió el mundo de la literatura. Nos creíamos invencibles. Recuerdo que Jayad Jamís era el centro emocional de aquel movimiento. El no trabajaba en nada que no fuera artístico. Se moría de hambre pero no claudicaba. De todas maneras vivíamos tan felices. Aquella etapa  me cargó como escritor…aunque sigo siendo un escritor no realizado. Considero que  todo proyecto literario, en el fondo, es un fracaso por más éxito que  tenga.  Uno siempre se hace una idea, pero la idea es idea y si no hay algo concreto que la sustente deja de serlo. La idea es eso, la idealización y tiene un  aura que la hace intransferible a la letra, a la pintura…en fin…son cosas que pienso…

-Háblame de tus libros.

-Mi primera novela “La Robla” en ella están mis virtudes y defectos de lo que sería después mi literatura..Me gusta el trazado de sus personajes. En ella no hay afectación. Luego escribiría un libro de cuentos que me costó trabajo titular. Al final se llamó Algo para la palidez y una ventana sobre el regreso. Con el tiempo vendrían otros libros, como es natural:  Los lagartos no comen queso, Las aventuras de Gaspar Pérez de Muela Quieta, donde la picaresca adquiere en mi obra cierto protagonismo. También debo anotarte mi libro Con la cal de las paredes que me interesa como novela porque el tema es el más importante tras el triunfo de la revolución cubana: la división dela familia.

-¿No has escrito Poesía?.

-La respeto demasiado. Para mi la Poesía es el género básico, el total.

-Influencias en tu literatura.

.-Siempre hay. En mi impactó  el argentino Eduardo Mayea que aquí no se le conoce apenas. También tenía afinidad con Chejov pero no influencia de él. Tal vez Hemingway y Steinbeck.

-Háblame de la Radio

-Como sabes, Roberto, para mi es un vehículo más que importante para desarrollar la cultura en nuestro país. Cosas tuyas he escuchado con atención a lo largo del tiempo y de otros escritores y me he maravillado de las posibilidades que tiene ese medio de comunicación masiva para influir en las personas, para hacerlas meditar, compartir con ellas razonamientos, informaciones. Como un día me comentaste: “con la Radio se ve sin mirar”. Estamos ante una de las maravillas del mundo.

Aquella mañana maravillosa del martes 19 de octubre de 1993 estuvimos una buena cantidad de horas hablando de variadísimos temas. Fue nuestra conversación más larga y que quedó grabada. Horas en las que me dijo que el cuento es la pegada de los campeones, algo que te paraliza y que la novela era un contexto no un texto. Y que él era como un notario, un hombre de oficio y que aunque sabía que existe la inspiración en los escritores a  el le resultaba más el oficio y que tal vez por ello escribía directo a máquina y las correcciones las hacia a mano, por ello  guardaba muchos papeles en su cuarto de la locura. Y fue al final de nuestra intensa conversación que me dijo que no le preocupaba la muerte aunque de vez en cuando esa idea le rondaba pero nada para preocuparle y si para dedicarle un parrafito y quien sabe si por eso mismo no escribiría ni su propio epitafio….hay que dejar que otros escriban.

Ahora todo se decidió. Pasó un largo tiempo sin vernos. Postergándonos. Te confieso, Gustavo, que te releo tratando de encontrar, entre palabras bien pensadas, el secreto de tus respuestas. La vida, como me dijiste, es siempre un salto al vacío sólo que no sé si tendremos que llevar un paracaídas.

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