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Leo con el oído

Imeldo Álvarez GarcíaImeldo Álvarez GarcíaConversar con Imeldo Álvarez García  ha sido siempre para mí de un placer especial. Hombre profundamente estudioso del pensamiento martiano, escritor, editor excelente, es de esas personas que no dejan de asombrarte, en las largas conversaciones que a veces se tornan en voz baja, con anécdotas que involucran a personalidades de la cultura cubana,  a momentos especiales del diseño cultural que el país ha desarrollado en más de cincuenta años y que con sus virtudes y desaciertos nos ha dejado una estela de momentos y asuntos por estudiar y profundizar debidamente.

Justamente días atrás y con motivo de encontrarme junto a él  de Jurado Literario en un concurso anual, que involucra varios géneros, nos reencontramos para la conversación aguda  y placentera que nos puso al día en temas difíciles  nacionales e internacionales. Fue cuando le insistí en hablar sobre la Radio Cubana. Y el tema entonces cobró verdadera vida en sus confesiones que ahora, y para gusto de nuestros lectores, les ofrezco.

-¿Por dónde empiezas, Imeldo?.

- Te diría, Roberto, que en diversas ocasiones he explicado cuánto en mis sueños juveniles contribuyó el teatro –la actividad teatral profesional– a mi formación y conocimiento directo de la ciudad de La Habana y de los centros que en ella y en varios de sus municipios, organizaban interesantes puestas en escena, pero no de mis relaciones con las estaciones de radio.

-Precísame la idea.

- Mira, lo cierto es que nunca pude vivir la experiencia de los radioaficionados, aunque noche tras noche oyera las noticias que desde la Sierra Maestra transmitía Radio Rebelde. ¿Cómo olvidar la manera en que Juan Manuel Márquez, luego del histórico asalto al Cuartel Moncada, implementó y utilizó contra la tiranía batistiana una emisora clandestina desde diversos puntos del municipio marianense?. De un apartamento de La Lisa minutos después de concluir su arenga pudo escapar de la Policía gracias a su serenidad y vestimenta.

-Una vez me hablaste de Juan Manuel Márquez en la COCO.

-Antes de partir Fidel y sus compañeros para México,   tuve el privilegio de ver a Juan Manuel Márquez en la emisora COCO de Guido García Inclán –de pie frente al micrófono y varios periódicos desplegados ante su vista–   improvisar un editorial que el auditorio creía que él lo estaba leyendo. Y ver en la cabina principal de Radio Marianao al dirigente Miguel Quintero expresar frente al micrófono los criterios del sindicato de los obreros que dirigía, en relación con la situación política nacional, sin tocar una hoja de papel.

-Era un periodismo radial bien directo.

-Coincido contigo…además, ell periodismo radial no enseña sólo a tachar palabras, sino también a pesarlas. En realidad los micrófonos son máquinas de escribir, teclados de computadoras, caligrafías del subconsciente, todo refundido en fraguas alentadoras de mágicas transversiones escriturales.

-La Radio en tu vida sé que fue de una utilidad radial inmensa.


- Y te puedo decir que las adaptaciones radiales de famosas novelas que durante años realizaron para el pueblo cubano creadores  y creadoras  de gran talento artístico, profundizaron mi conocimiento del arte de utilizar las posibilidades del punto de vista, la síntesis y el lenguaje directo en las caracterizaciones psicológicas de las técnicas narrativas. Tal vez por eso leo con el oído tan bien como con los ojos.

UN ARTE NUEVO

-Enseguida recuerdo a Carpentier y su concepción de la realización radial.

-Alejo Carpentier, en Letra y Solfa (Teatro:73) dijo que en los días heroicos de la radio, cuando empezaban a escucharse escenas de teatro y sinfonías interferidas, a través de una cortina de estática y borborismos de éter, nació la gran ilusión de que aquello iba a originar un arte absolutamente nuevo, algo que, movilizando nuevos acoplamientos de la palabra y la música, abriría al escritor imaginativo un campo de posibilidades insospechadas, y que, cuando la radio tomó su ritmo y su rumbo, se observó que aquel campo de posibilidades era más limitado de lo que hubiera podido creerse en un principio.

Pero al hacerse el recuento de las  limitaciones se  puso de manifiesto que,  en realidad, nada hay que supere en materia de radio a una buena voz que diga un buen texto con buen estilo. ¡Cuánto le debo a Carpentier!.

-Yo diría, Imeldo, ¡Cuánto le debemos todos los que hacemos Radio   Carpentir, de quien, por cierto, tuve la inmensa dicha de escribir una radionovela sobre su intensa vida, hace unos años y que aún se conserva, para suerte de los amantes del género histórico,  en los archivos sonoros de Radio Arte, la productora nacional que se encargó de realizarlo para distribuirlo en todo el país.


- Eso lo recuerdo perfectamente por la calidad y la calidez de tu radionovela. Por eso voy a hablar aquí de los días en que lo conocí en la emisora CMZ del Ministerio de Educación  lanzando al aire programas maravillosos desde una estrecha cabina radial. Viéndolo trabajar, comprendí que el talento es la mejor fórmula para abrir caminos. Pablo Picasso dijo que “la gente que trata de explicar la pintura está ladrando a la luna”. Y un antiguo Proverbio Tibetano sostiene: “Cuando alguien indica la luna, los estúpidos miran el dedo”.

-En ese caso, Imeldo, te propongo un segundo encuentro.

-Me parece excepcional que me des esa oportunidad pues tengo municiones en el bolsillo.

-Nos vemos.

 

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