Octavio Pérez Valladares: Rigor Profesional

Con cariño lo llamamos por las letras iniciales de su nombre y apellidos: OPV. De procedencia campesina de pura cepa y orgulloso de serlo, este incansable radioperiodista sueña y lucha con una sola meta: hacer su trabajo cada vez mejor. Es un apasionado por la excelencia; de ahí el rigor que impone a sí mismo y el alto nivel profesional que lo caracterizan. Octavio deja que sus resultados hablen de él.

Algo serio, es cierto; a veces sufrido cuando piensa que se le ignora o desestima, pero todo lo contrario: el silencio dice más y mejor que la alabanza complaciente. De las cumbres poco se habla: su altura impide a muchos mirarlas de cerca; por eso no pueden aquilatarlas en toda su dimensión.

Octavio, háblame de esa niñez campesina de montañés que te tocó vivir y disfrutar.

Dos campesinos analfabetos, mis adorados papi Juan y mami Marta, me trajeron al mundo en el pueblo más exótico y raro de Cuba: Cumanayagua, a las 5:10 minutos en la ya próxima mañana del viernes 19 de enero de 1951. Mi padre había vendido en $600.00 una finca para cultivo de cafetos en la intrincada zona de Jibacoa y con la compra de un auto FORD-49 -en menos de una semana- cambió su vida de arriero por la de chofer de alquiler.

Marta, ama de casa, fue quien me puso nombre auxiliándose del almanaque y el onomástico de ese día, ante la presencia de Mongo, secretario del Juez Municipal, porque para este último estaba segura la paga de $2:00, lo que en ese momento valía una inscripción de nacimiento. Mi padre había sido guardaespaldas de Don Evaristo García y quiso ponerme por nombre Baro, el que por repetirlo a donde quiera que iba se me quedó hasta hoy entre los muchachos contemporáneos y coetáneos, conocidos después.

Y acerca de tu vida escolar. ¿Dónde estudiaste Periodismo? Cuéntame alguna anécdota relacionada con tu carrera.

La última etapa de luchas en Cuba por la independencia, la Revolución de Fidel, fue un acontecimiento trascendental desde cualquier punto de vista y, sobre todo, para la educación. Recuerdo que encima de una laguna desolada a la salida norte de mi pueblo, luego de rellenada convenientemente, construyeron el Centro Escolar “Mario Castillo Rojas” y allí, con once años, comencé mis primeros estudios de primer grado. Fuimos “acelerados” cinco o seis alumnos desfasados en edad: de primero a tercero, de tercero a quinto, y el gran “acelerón” que me dieron a mí de segundo año en la secundaria básica “Osiris García Fonseca” a estudiar la carrera de Periodismo en la Escuela Superior del Partido “Ñico López”. La directora de la secundaria, Amarís Lida Soler Kindelán, había propuesto que fuera yo porque hacía las mejores composiciones. Éramos dos escogido por la regional Escambray y el otro fue Arturo Chang, de Casilda en Trinidad. De esta suerte el domingo siete llegamos a La Habana repleto de ilusiones y el lunes ocho de enero de 1968 empezamos a estudiar Periodismo.

El director era René Castellanos, a quien recuerdo con el cariño de un hijo porque yo apenas contaba 16 años y él, muy pacientemente, tuvo que encargarse, además de soportar mis malacrianzas, enmendarlas y hasta enseñarme la pasión que aún conservo por el ajedrez.

Los profesores de la Universidad de La Habana iban hasta Santa Fe y allí ofrecían las mismas clases, con la excepción de la filosofía. En 1972, el 22 de octubre, finalicé estudios en la propia Universidad capitalina.
Ofelia Cortiña impartía Redacción y Composición. Fue la doctora y profesora más “odiada” por los estudiantes y para mí la más recordada. Con la ingenuidad de cronista que no he podido quitarme a través de los años, un día de aquellos le comenté: Si logro obtener diez puntos en uno de sus exámenes lo voy a poner en un cuadro y rauda respondió: Eso es imposible, Octavio, porque tú eres del campo… Era cierto, yo vivía en Cumanayagua, por donde no se pasaba, era preciso ir y tenía lagos, lagunas y charcas culturales. Eso me impulsó a la superación constante, aunque todavía en la actualidad siga siendo alumno, aprendiendo de todos y hasta de los niños. Creo que Ofelia echó a andar algo que uno lleva dentro, el ego, y eso sirvió para con dignidad ejercer la carrera de Periodismo hasta los días de hoy y merecer que se me permita expresarme y recordar el pasado a través de esta entrevista, que la hace un prestigioso hombre de la radio, quien me ve con buenos ojos.

¿Qué representa para ti el Periodismo en la Radio?

A mí en realidad me apasionó siempre la fotografía y todavía hoy renunciaría a todo el mérito que pueda atesorar por tener una buena cámara y dedicarme a cazar, atrapar rostros. Ahí están mis fotos que dan fe de ello. De la radio tuve que enamorarme porque esa fue la tarea que me dieron, pero hubiera querido finalizar mi vida en un periódico, pues allí empecé en la época del linotipo.

Sientes un tremendo afán por la excelencia, sobre todo en cuestiones de redacción, ortografía y en la búsqueda de la palabra exacta para expresar tus ideas. ¿Es una motivación desde la infancia o te surgió a partir de la carrera?

El afán por la excelencia me lo inculcó la doctora Ofelia Cortiña y de manera particular la redacción y ortografía. Perdí el amor de una bella joven por decir tres veces: aruñar, aruñar, aruñar y es arañar. Aquella muchacha no quiso salir más en mi compañía porque la pondría en ridículo ante sus amistades y porque apenas sabía comunicarse adecuadamente con los demás, aquel habitante de un pueblucho apenas conocido. Eso pasó conmigo aquella vez, pero luego jamás ocurrió y pudiera poner el ejemplo de jóvenes recién graduados: Adriel Reyes González o Liosday Landaburo Sánchez, quienes de hecho ya son periodistas y de los buenos. Estos muchachos saben muy bien aquilatar el palabra y a mí, para llegar a ese consenso, me costó horas y horas de biblioteca, de lectura e investigación.

¿Cómo concibes la profesión periodística?

Me di cuenta que el periodista tiene que ser un hombre o mujer de la cultura, no dejar morir el niño que llevamos dentro y saber hasta sobre las llamadas “ciencias ocultas”; incluso, resulta clave aprender a escuchar para hacer aprehensión de las barbaridades maravillosas que dice la población. A todo esto tenemos que agregar que un periodista está obligado a ver lo que otros no ven, la huella de unas pisadas de humanos o las colinas empinadas e inalcanzables de un cuerpo de mujer, para recrear el mensaje y el mismo tenga el alcance que deseamos y sin otras lecturas. ¿Cuántas veces he leído y vuelto a leer El Quijote? Siempre encuentro algo nuevo. No es posible un periodista en toda la extensión de la palabra que no lee constantemente y libros que dan conocimiento y placer, los clásicos de antes y los de ahora.

En cuanto a personalidades de esta profesión que influyeron en ti…

Me impresionó mucho siempre la facilidad para escribir de Marta Rojas; la sabiduría de José A. Benítez; el arte de Santiago Álvarez; estos últimos profesores que tuve y luego la manera de empuñar la pluma de Mirta Rodríguez Calderón. Además, no olvido a Pedro de la Hoz, con quien compartí el trabajo de cubrir reuniones importantes y verlo que no tomaba notas, todo en la mente, y sus informaciones eran perfectas.

Y de los géneros periodísticos, ¿qué pudieras comentar?

Entre todos los géneros periodísticos creo que el más difícil sea la entrevista y precisamente con éste gané un concurso nacional a través de un gran duelo de preguntas y respuestas ante el poeta Luis Gómez, intitulado EL EMBAJADOR DE LA MELANCOLÍA. Por esa misma razón mi paradigma es Reynaldo Taladrid, quien con facilidad le demuestra al entrevistado que domina el tema, pues sabe hacer las preguntas que haría el avezado televidente, las de carácter científico y las puramente periodísticas. Yo disfruto mucho su programa PASAJE A LO DESCONOCIDO. No he tenido la dicha de conocerlo y proponerle lo máximo para mí: entrevistarlo y si tengo éxito decir: el cazador ha sido cazado…

Otro periodista que admiro y respeto mucho, que tuve la dicha de conocer personalmente, fue Lino Betancourt. En esta persona confluyen en perfecta armonía la modestia y la sabiduría; incapaz de pedir algo para él. Por la TV lo vi despedir el duelo a Compay Segundo sin un papel en las manos y eso para mí lo puso a la altura de nuestro primer historiador en Cuba, Eusebio Leal.

De alguna experiencia personal en esta profesión, dime algo…

La carrera de Periodismo es hermosa y dolorosa, si se tiene la sensibilidad de un niño como la tengo yo. Aprendí a no tener envidia ni albergar odios, eso enferma. La mayor experiencia de mi oficio y se la dejo a los futuros periodistas y es la siguiente máxima: A los enemigos muchas gracias, a los amigos bienvenidos…

Sé que te gusta leer. Por favor, menciona algunos de tus autores y géneros literarios preferidos.

Mi autor preferido es Edgar Allan Poe, donde se pone de manifiesto el poder sobrecogedor de las palabras; Jack London, qué maravilla, no dejen de leer El amor a la vida. Eso me hace suspirar y decir: Si yo pudiera escribir como Jack… También disfruto mucho a Gabriel García Márquez, el que hace creíble lo increíble; quien por demás sabe el lugar que ocupa la palabra obscena, les suplico busquen El coronel no tiene quien le escriba…

Has tenido la oportunidad de hacer prensa impresa y prensa para la radio. ¿Cuáles son, desde tu punto de vista, las principales diferencias?

Lo que escribes en el periódico, como un libro, se queda para siempre. Lo que digas por la radio llega al instante al receptor. Tienes que sentarte a leer el periódico, a recrearte, y la radio es sonido que sin pedir permiso entra a tu oído y se apropia de tu atención. En el periódico se exige ser más preciso en la redacción, mientras que en la radio ésta tiene que ser sencilla, sin palabras de rebuscadas, porque se trata de escuchar y no de leer con detenimiento. En el periódico está su majestad la fotografía y en la radio la magia del sonido. Creo que los dos medios son muy importantes, aunque a mí me guste más lo impreso porque se queda y en la radio lo perdemos todo en el éter.

En cuanto al género Reportaje, que es primo hermano de la crónica, ¿recuerdas alguno de los que has escrito?

El primer reportaje que hice en mi vida fue para la radio, en 1974. Lo borraron, se perdió. Si hubiera sido en el periódico estaría ahí, guardado, en la colección de CINCO DE SEPTIEMBRE. Reitero, uno no llega a ser más importante que el otro, tienen pro y contra; todo depende de las circunstancias.

Además de todo ese quehacer como radioperiodista, también participas en secciones en la Radio donde trabajas, ¿cuáles, en qué programas? También lo haces por el canal Perlavisión, ¿con qué frecuencia?

Aunque creo haber hecho bastante periodismo de historia, soy más conocido por CUIDEMOS NUESTRO IDIOMA o EN DEFENSA DEL IDIOMA, que en la radio y la TV Perlavisión hago todos los fines de la semana la primera, y el último martes de cada mes la segunda. Es lo menos que puedo hacer para redimirme ante los esfuerzos de los inmensos profesores que tuve. Hasta el momento no he recibido un centavo por estos dos espacios, con más de diez años el primero y varios meses el segundo, y lo digo para que los noveles periodistas tengan muy presente que resulta preciso vivir para el Periodismo y no vivir del Periodismo, porque esta es una carrera de las que yo llamo “sentido de la vida y no forma de vida”, como lo son la Militar, la del Magisterio, la Medicina o el Derecho.

¿Cuál consideras que debe ser la primera cualidad que identifique a un radioperiodista?

En primer lugar dominar el idioma Español castellano en su variante cubana, para hacer uso de la palabra precisa. Dejar la improvisación, y estar entrenado en ella, para cuando no quede otro remedio. Saberlo todo sobre el entrevistado y de no ser así buscar antes elementos para demostrar que conocemos quién es y qué labor realiza. Ser muy respetuoso en el tratamiento hacia el sujeto, expresando sobre todo su grado científico y no llamarlo por sobrenombres aunque coincida que se trata de nuestro amigo en la vida social. El radioperiodista debe saber pintar con palabras en la memoria del oyente, decirle lo general del ambiente y de pronto sorprenderlo con lo insólito, lo que quizás pudiera ser la gotita de rocío que el sol de la mañana está consumiendo.

Se debe aspirar, y fuera de la rutina que la mayoría del tiempo prima, ser creativos en cada trabajo para la radio y eso resulta difícil, pero se logra cuando concebimos mentalmente nuestro plan. En este último, sobre todo, debemos ir a la búsqueda de lo que no ve nadie, eso que pasa inadvertido. El radioperiodista tiene que, por sí mismo, asimilar estas necesidades para atrapar la atención del oyente y alguien alerte a los demás: ¡¡¡Escucha, escucha, lo que está diciendo!!!

A partir de ahí deberá demostrar a los cultos que él es culto y a los otros que es sencillo, diáfano como el arroyo de aguas límpidas.

Recordad que la población ya es muy culta y nos está escuchando, nos está midiendo y no es para ropa…
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