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Memorias de la misión de la prensa en Centroamérica

El periodista Aroldo Garcia y el realizador José Luis Vidal, durante el cumplimiento de la Misión de la Radio Cubana en VenezuelaEl periodista Aroldo Garcia y el realizador José Luis Vidal, durante el cumplimiento de la Misión de la Radio Cubana en VenezuelaEste trabajo es un testimonio del periodista Aroldo García Fombellida, quien integró el primer grupo de la Prensa Cubana que trabajó en Guatemala junto a los médicos internacionalistas en difíciles zonas de Centroamérica, que fueron afectadas por el Huracán Mitch, a finales del mes de octubre de 1998, evento considerado uno de los ciclones tropicales más poderosos y mortales de la era moderna.

El quehacer de los médicos y personal de salud de Cuba en tierras afectadas por Mitch en 1998 y 1999 fue ampliamente reflejado en los medios por avezados comunicadores, de esa forma, comenzaron los envíos sistemáticos de un equipo de la radio, la televisión y la prensa plana, para reportar el altruismo de nuestros médicos en tierras de América Latina, África, Asia, Medio Oriente, y el Caribe.

He aquí la historia contada por su protagonista, a propósito de celebrarse el Día de la Medicina Latinoamericana:

Guatemala en la memoria histórica

Más de diez años transcurrieron ya desde aquella mañana gris y extremadamente fría, cuando la tenue voz  de una aeromoza indicaba a los pasajeros el inminente aterrizaje en el aeropuerto “La Aurora”.

Casi enseguida, el susto y el asombro de descender literalmente sobre aquella ciudad, que ahora se nos presentaba entre la niebla y las montañas enormes  que la circundan.

El aeródromo de marras se halla hoy casi en el centro de la urbe citadina, capital del país centroamericano al que arribábamos. Cuando se construyó no era así, pero el vertiginoso  crecimiento urbano fue acercándose y luego rodeó el lugar en pocos años. Sin saberlo apenas, transcurría así el primero de tantos momentos peligrosos que vendrían después.

Habíamos llegado, a Ciudad Guatemala.

Tal como si hubiera sucedido esta mañana, recuerdo con la claridad del detalle exacto, a  la doctora Elia Rosa Lemus, acompañada de un pequeño grupo de muy jóvenes médicos, dándonos la bienvenida.

Junto a ellos, nuestro embajador en tierra guatemalteca, varios técnicos deportivos, y un notable grupo de personas...hombres, mujeres, niños y ancianos portaban carteles hechos a mano, banderas, matracas, pitos, qué se yo...entre ellos resaltaban los vivos colores de los vestidos femeninos, rojos intensos, rojos vino, azules, verdes, violetas...sobresalían aquellos colores en el tejido de las faldas largas, también en las mantas, situadas sobre los hombros como al descuido y  convertidas en una suerte de gran bolso donde llevaban a los bebés a la espalda.

Colores, en medio de aquella gris y fría mañana, colores, que con el paso del tiempo aprenderíamos de otra dimensión hasta entonces desconocida, que los mostraba mucho más allá de su tono específico, pues allí  identifican estrictamente el departamento, algo así como una región o provincia, al que pertenece quien lo porta...Huehuetenango, El Quiché, Las Verapaces, San Marcos, Quetzaltenango...y esto resulta rigurosamente inviolable.

Lo más importante de todo aquel grupo que exteriorizaba alegría y hospitalidad de cuantas maneras es posible imaginar, fue lo que casi enseguida conocimos.

Allí estaban los humildes familiares, padres, madres, hermanos, y hasta abuelos de los primeros jóvenes guatemaltecos que poco antes habían viajado a Cuba, a propuesta de Fidel,   a estudiar  para  convertirse en médicos. Precisamente las últimas horas en nuestra patria, antes de viajar, las habíamos dedicado a un encuentro de varias horas con los entonces recién llegados a Cuba, ellos nos encargaron mensajes, pequeñas cartas, y hasta papelitos escritos  a lápiz, “para cuando se puedan encontrar con los viejos, díganles que estamos bien, con el favor de Dios”...

Nunca olvidaré aquel momento, improvisando una especie de tribuna, en pleno salón del aeropuerto La Aurora, mencionando uno a uno los remitentes de aquellas líneas...las hojitas, los sobres, los paqueticos  recibían  besos, las apretaban fuerte en aquellos coloridos regazos maternales...era, como si los mismísimos “patojos” hubieran llegado.

Ese día y esa noche transcurrieron rápidamente con los médicos y con Elia Rosa, a la sazón Coordinadora de la Misión Médica Cubana, casi recién llegada a Guatemala, tras la huella devastadora del huracán Mitch,  nos fuimos  a la bella Ciudad de Antigua, capital primera del país, muy ligada a nuestro José Martí.

Al atardecer, ya de regreso, recorrimos la Plaza  frente al Palacio de Gobierno y sostuvimos un encuentro con amigos de Cuba.

Tanto como yo, mi reducido grupo de acompañantes, otros dos periodistas, un fotógrafo, un camarógrafo y dos técnicos, estábamos deseosos  de ir al encuentro con aquel puñado de compatriotas,  que en los sitios más inimaginablemente difíciles, iban abriendo ya, a fuerza de amor  y entrega total, los hermosos caminos de la solidaridad, por donde pronto transitarían también, otros cientos de hermanos, tratando de borrar las huellas de uno, y mil huracanes  más, que por aquellas tierras de nuestra América, habían dejado durante años,  tanto dolor.

Así, y durante varios meses, por el inmenso privilegio que nos otorgó la Revolución y nuestro Comandante en Jefe Fidel, recorrimos palmo a palmo la geografía guatemalteca...el Petén, Poptun, el triángulo Ichil, Sajaché, Uzpantán...frío intenso, enormes peligros, serpientes venenosas, paludismo, precipicios, montañas, laderas, aldeas, pueblitos, ciudades, hechos heroicos protagonizados por nuestros jóvenes compatriotas, lecciones para no olvidar, que ahora, en estos días, en apretada síntesis, vuelven a nuestra memoria.

Marylín  Abella es de Baracoa, integró el primer grupo de médicos cubanos que marchó a Centroamérica  hace once años tras las huellas de tristeza y muerte dejadas por el huracán Mitch.

A Marylín  la conocí  pocas horas después de que un terremoto destruyera  la pequeña vivienda donde transcurría  su vida, desde su arribo a Puerto Izabal, muy cerca de la costa atlántica guatemalteca. Para llegar  a aquella casita, o salir de ella, Marylín  transitaba todos los días a través de un estrecho puente de madera sobre un río infectado de caimanes.

En cuanto tuve la oportunidad  de conversar con la doctora, supe de sus  heroicas  acciones, pero  que ella  calificaba  de  algo normal,  por salvar vidas humildes, a riesgo de la suya, por dar felicidad, por dar la alegría perdida a quienes  jamás la tuvieron, seres humanos que padecieron  durante años la secuela terrible de otros huracanes  de explotación y miseria,  peores que cien Mitch  juntos.

Esa tarde gris, inolvidable, la doctora cubana  Marylín  Abella me resumió,  en solo unas frases,  lo que para ella significaba su labor allí. “Es como volver a graduarme  de nuevo…”Entonces  nosotros también llevábamos muy poco tiempo en Guatemala, formábamos el primer grupo de la prensa cubana que comenzaba a cumplir  con la preclara sugerencia de Fidel para que un grupo de nosotros  pudiera acompañar a nuestros compatriotas del sector de la salud en sus misiones internacionalistas.

Los meses siguientes se convertían en realidad con creces, las palabras de la  joven  doctora Marylín  que así, junto  a aquel puñado de  muy jóvenes  compatriotas, algunos casi recién graduados, conocimos  la extrema pobreza de  Claudia,  vendedora de frutas y verduras en Sajaché junto a su madre.

A sus once años,  Claudia no conocía  qué sería una escuela, y cuando se lo expliqué, me respondió…muy   lindo, pero yo, señor, nunca podría ir, pues trabajo  todos los días desde la mañana a la noche ¨…Coincidentemente, el mismo día que conocí a aquella niñita, acá en Cuba, mi hija, entonces con  la misma edad de la pequeña guatemalteca, comenzaba la enseñanza secundaria, que en Cuba es absolutamente gratuita, como todas las demás enseñanzas.

Jamás olvidaré a Aroldo, niño extremadamente pobre, con nombre idéntico al mío. Oprime el corazón recordarlo  con su cajón de limpiabotas al hombro, pero literalmente arrastrándolo por el piso, debido a su muy escasa estatura. Aroldo, huérfano de padre, y con su madre enferma, defendía así, desde la niñez  de sus escasos nueve años, el sustento  de su familia, incluidos sus tres hermanos menores.

A  Aroldo,  le compré  un refresco enlatado en un kiosco cercano, cuando supe de su  obligado ayuno, pues no podía  desviar ni un quetzal, por cierto, sucedió algo verdaderamente desgarrador,  asustado o incrédulo, Aroldito  lo apretaba  en su pecho, como defendiéndolo, sin abrirlo. Sencillamente, en un país rodeado de esas mercancías por todas partes, Aroldito nunca tuvo para comprar  una.

En Guatemala, una madrugada extremadamente fría, como casi todas en ese  país, vi en el pequeño puesto médico de Uzpantán, a un niño  que casi moría…convulsionaba, junto a los médicos cubanos,  y a sus padres indígenas. Imposible  olvidar  aquel triste momento, cuando Odalis,  la doctora cubana,  dijo:…es imprescindible  llevarlo  para el hospital del Quiché…con la mirada en el suelo,  y su voz  muy baja, casi susurrando, el padre dijo…déjelo que muera señora doctora, nosotros no tenemos “pisto” ( dinero)  para poder pagar.

Pero allí estábamos los cubanos, lo llevamos  enseguida  al hospital, y nuestros compatriotas lograron salvarlo. Desde  entonces, se llamó  Fidel  aquel  niñito indígena.

Once años  han pasado…después vinieron  otras misiones, otras tareas, en Cuba o fuera de ella, quizás tan importantes y difíciles como la primera, pero, aún así,  muchas veces, y nunca suficientes,  habrá que volver a las frases  de la doctora  Marylín Abella y  no sólo a sus frases …también a las de Eduardo Alonso,  quien en las pacayas del Petén,  pura selva, vivía en una choza  de hierbas y piso de tierra.

Cuando mirándole a sus ojos le pregunté: ¿cómo puedes vivir así?...me dijo: “estoy bien,… aquí, no hay  para más”…y  las de Pedro, un médico de Santa Clara. En la pared  de la casita de tierra blanca donde lo conocí  tenía un rústico trozo de papel, escrito a mano, resumía sus convicciones: “Tengo el privilegio de estar  en el mismo lugar  donde el Ché Guevara quiso ejercer la medicina…estoy aquí, vine de Santa Clara, la ciudad del Ché”.

Hoy la familia está crecida, y sobre todo, fortalecida. Es privilegio tener  también a aquellos  patojos vistos por primera vez en el seno de sus familias  humildes, y hoy graduados ya, en la escuela  latinoamericana de medicina, prestando servicios en los mismos sitios donde nacieron.

Como se difundió en su momento, el Presidente de La República de  Guatemala  ha hecho entrega a Fidel de La Orden del Quetzal (Gran Collar), máxima condecoración que se entrega en el hermano país.

En estas líneas escritas con premura creo que están también las razones que avalan el reconocimiento hecho a  La Revolución Cubana, que inspira y alienta para hacer la obra invencible de nuestro pueblo, en cuyo seno y cuna nacieron nuestros mil veces heroicos internacionalistas, y sobre todo, con inmensa humildad y respeto, a Fidel. Su idea, no solamente se hizo realidad, sino que creció, y se fortaleció.

Por siempre, los pueblos humildes de Cuba y Guatemala andarán unidos por esos caminos difíciles entre montañas y precipicios, por aldeas y poblados indígenas, no importa que sean grises o extremadamente fríos los días, o que asechen las serpientes  y los peligros  a su paso, multiplicados por miles, estarán  aquellos hombres, mujeres, niños, ancianos, que un día inolvidable nos dieron el primer abrazo  de hermanos, pero habrá más, muchos más, los niños salvados de la muerte, los “patojitos” que no necesitarán que sus humildes padres lleven ni un quetzal en los bolsillos para ser atendidos  por un médico, y los tantos y tantos que a los milenarios nombres indígenas  incorporaron otros, y para siempre, porque sus padres adelantándose a la justa imposición oficial estatal guatemalteca, decidieron honrar y agradecer eternamente  la vida de sus hijos, poniéndoles el más justo quizá de los nombres conocidos... Fidel.

 

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