Si de enseñanzas se trata

Defender la apreciación de ver siempre el vaso medio lleno, y nunca totalmente vacío, ayuda a poner todos nuestros sentidos en “guardia”, para buscar soluciones donde las haya, y a arrancarle un pedacito todos los días al problema.

No es tan fácil en una nación que debe “batirse” cada día para identificar en qué lugar sitúa los recursos, y con qué prioridades. Sin embargo, en el orden social se demuestra durante las últimas semanas que se puede avanzar con participación y mayor control popular, el protagonismo de las estructuras del gobierno y el apoyo de otros organismos. En La Habana la experiencia está legitimada, lo que permitirá extenderla al resto del país.

El dilema actual está en cómo, desde nuestras propias reservas internas, logramos provocarles fisuras al bloqueo, para estimular una mayor oferta a la población e impactar en los actuales precios de algunos productos donde existen sin dudas las mayores insatisfacciones.

La aprobación de varios “paquetes” de medidas han estado dirigidas precisamente a estimular e impulsar todas las potencialidades de nuestro sistema empresarial, el sector de la producción agropecuaria, y más recientemente a agrupar en micros, pequeñas y medianas empresas a un grupo de actividades a partir de las propuestas que se hagan y aprueben, para lograr una mayor oferta y servicios que “alimenten” no solo los altos niveles productivos, sino también a la eficiencia y calidad de las opciones que se brindan a la población.

Tampoco hay que olvidar otro camino donde su andar es imprescindible: las alianzas de saberes de las universidades con su entorno social, y las necesarias sinergias que deben existir entre las necesidades y los diagnósticos de los territorios con los proyectos de desarrollo local. No por gusto uno de los pilares de la gestión de gobierno en el país es la Ciencia e Innovación, entendida también como transformación social.

Y les pongo como ejemplo el papel de las brigadas socialmente útil en los barrios de La Habana integradas por estudiantes de nuestras universidades. Estos últimos han sido capaces de diagnosticar problemas de la comunidad, y proponer en no pocos casos las posibles soluciones, a eso sumémosles sus labores en los centros de aislamiento y hospitales durante la pandemia donde han sido activos no solo en el aporte realizado sino, además desde los saberes que incorporan en sus carreras, al sugerir innovaciones para mejorar los flujos y dinámicas de trabajo internas, informatizar, perfeccionar sistemas organizativos, y por ende alcanzar mayores impactos en la actividad que se realiza.

Lo mismo ocurre en los barrios de La Habana, donde uno de los reclamos actuales es incorporar a esa fuerza de profesionales, técnicos y obreros calificados a aportar qué se quiere y cómo hacerlo en función del mejoramiento de los servicios en la comunidad, y todo lo que integralmente pueda contribuir a un mejor desempeño de sus pobladores. Nuestros estudiantes han sido como el “termómetro social en los barrios”, y desde sus experiencias también se ha podido nutrir la gestión del gobierno para perfeccionarse y avanzar hacia otros derroteros.

Estos largos y duros meses han sido de enseñanzas permanentes. Han significado un ir y venir de encuentros e ideas que durante este período han apuntado hacia cómo podemos perfeccionar y estimular un mayor aporte del recurso más valioso de que disponemos hoy que son las reservas de inteligencias para actuar en bien común.

Es el desafío que deberá convertirse en un sistema de trabajo permanente, sostenible, robusto y aportador. Ha sido otra valiosa enseñanza.

 

 

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