Democracia. ¿Verdadera o prostituida?

En este mundo puede ocurrir cualquier cosa por sorprendente que resulte. Usted puede enterarse que a un sujeto, que nada ha hecho por la paz, le pueden otorgar el Premio Nobel de esa ansiada palabra. Y también que un gobierno se auto defina como democrático, a pesar de ser del 1%, por el 1% y para el 1%; pero además, mantenga al mundo en permanente preocupación ante la posibilidad de ser incendiado por la mezquindad y el egoísmo. Claro, me he referido a Estados Unidos; pero los hay que son verdaderos satélites de aquel y defienden a ultranza la llamada “democracia representativa”, es decir, un gobierno corrupto y varios partidos políticos.

Con esa interpretación de democracia el pueblo puede ser olvidado a su suerte, porque solo importa servir intereses foráneos y, además, enriquecerse a costa de él. Prohibido protestar ante la injusticia, so pena de ser golpeado, rociado con gases lacrimógenos, o una bala que le atraviese el pecho, no importa su edad. Ese es el triste panorama real que sucede en muchos países, como por ejemplo el de Bolivia en la triste época del golpe de Estado de la señora Añez, la misma que invocaba la democracia manchándola con el horror. Y qué decir del gobierno colombiano actual, que ejerce el asesinato selectivo a líderes de izquierda  y presenta indicadores sociales desastrosos; pero, sin embargo, goza de la anuencia de su señor emperador de turno yanqui. Son muchos ejemplos, usted los conoce. Y me pregunto: ¿Es esa la democracia o la prostitución de ella? ¿Es esa la simple, aunque verdadera definición de “gobierno del pueblo?

Gobierno del pueblo sí es el de Cuba. ¿Por qué?. Veamos sólo algunos ejemplos: Nuestra Constitución no es letra muerta con “pinceladas  de democracia”, es, eso sí, como dijo Martí

”Yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre”.

La que antes teníamos estaba burlada, y la de hoy responde a los más caros intereses del pueblo. Los cubanos y cubanas tenemos garantizado trabajo digno; acceso gratuito a la salud y la educación, ambas con alta calidad incuestionable; la cultura no es privilegio de élites, y lo mismo sucede con el deporte; la mujer es altamente considerada y ocupa, por derecho, un lugar privilegiado, y se encuentran en todas las actividades de la nación, como ministras, científicas, maestras, deportistas, o como obreras distinguidas y respetadas; al parir cuentan con todas las atenciones y, a partir del alumbramiento su bebé recibe igual atención mediante un sistema de vacunas para protegerlo.

El racismo se encuentra a niveles muy bajos; nuestro sistema de salud es  distinguido en el mundo, sobre todo por su probado espíritu de solidaridad humana, en el que sus profesionales son capaces de viajar a lugares lejanos del mundo, enfrentar incluso hasta peligros en parajes inhóspitos para curar o salvar  vidas. De este último ejemplo –hay decenas más- no son capaces muchos de los países que se definen como democrático. En definitiva, me pregunto: ¿La tan utilizada, o mal utilizada, palabra democracia se resume en un simple problema de nomenclatura o, contrariamente, debe interpretarse como la muestra inequívoca de respeto al pueblo, en la que se demuestre con hechos, y no simples palabras, la obligación de todo gobierno honesto a servirle con honradez y devoción.

En ningún país que se jacte de democrático sin serlo se puede apreciar a sus altos dirigentes compartiendo con su pueblo como sí se hace en Cuba, consultándoles, indagando sus necesidades, y de manera fraternal. El presidente cubano Díaz-Canel es el primero en dar el ejemplo. Pero ¿hacen lo mismo Joe Biden, Iván Duque,  Sebastián Piñera, Luis Lacalle y tantos otros “defensores de la democracia” que acusan a Cuba de atentar contra ella?

Definitivamente, soy convencido que lo  importante son los hechos concretos, y no el devaneo simplón de tertulias de café con leche, que sirven, al cabo, para colocar un velo delante de la injusticia, el cinismo y el egoísmo de los poderosos. Así lo hacen algunos malvados que, en traje de gala, pronuncian discursos edulcorados en las Naciones Unidas, mientras sus pueblos languidecen y hasta mueren como consecuencia de su democracia sui géneris.

Estos tipos que se burlan de los pueblos son como odiosos proxenetas que corrompen y envenenan a la verdadera democracia, entendida como el real respeto al pueblo trabajador. ¡Basta de encubrimientos! ¡Basta de manipulación!

“Nosotros decidimos nuestra política nacional y nuestra política internacional de una manera soberana y de una manera democrática. Democrática, es decir, con el pueblo; soberana, es decir, sin sujeción a los dictados de ninguna potencia extranjera”. Fidel Castro Ruz

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Doctores Rolando Álvarez Estévez y Marta Guzmán Pascual

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