El despertar de una ciudad insurrecta

Cuartel de Policía incendiado. La tranquilidad de la noche del 29 de noviembre de 1956 en Santiago de Cuba era la de un volcán al borde de la erupción.

Por las tormentosas aguas del Caribe, un yate había puesto proa a la esperanza, y aunque la noticia no era de dominio público, tras los balcones y balaustres de no pocos hogares santiagueros el sueño cedía lugar a la vigilia y la impaciencia.

En silencio, la ciudad, convocada por un maestro de apenas 20 años al frente de un grupo de valiosos combatientes, tan jóvenes como él, organizados y entrenados en sigilo desde semanas antes, se preparaba para levantarse en armas y con ello desencadenar la insurrección que derrocara la tiranía.

Entre la bruma, la libertad

Según lo convenido, a las siete de la mañana del viernes 30 de noviembre de 1956, Santiago de Cuba se vistió de metralla y coraje imberbe en apoyo al desembarco del yate Granma, con rumbo fijo a cumplir la promesa de Fidel: «En 1956 seremos libres o mártires».

Aún se escucha la voz de Pepito Tey, protagónico hasta que selló con su sangre el compromiso de aquel día: «Doctora, dígale a Salvador que llegó el momento». Se revive el tronar de los autos y el griterío que hizo a todos asomarse: «¡Abajo Batista!«, «¡Viva Cuba libre!», el mejor símbolo de la decisión de unos 400 muchachos que en actitud consecuente con la palabra empeñada, entre la bruma matinal ponían al día por primera vez el uniforme verde olivo.Soldados de la tiranía ocuparon la Catedral de Santiago de Cuba.Foto:Archivo de JR.

Atrás quedaban arduas jornadas de preparativos en varios sitios de la ciudad; las reuniones de Frank País, responsabilizado como jefe de Acción nacional del Movimiento 26 de Julio con los jefes de células; la obtención de armas, las prácticas de tiro en El Palmar y El Cañón, la confección de uniformes, la selección de las casas botiquines…

El 27 de noviembre de 1956, en la casa 358 de la calle San Fermín, el secretario de Frank, Arturo Duque de Estrada, recibiría un telegrama procedente de México con el siguiente texto: «Obra pedida agotada, Editorial Divulgación». Era la señal para el levantamiento.

Desde mediados de noviembre, el líder clandestino, según el plan colegiado con Fidel, había explicado a los jefes de grupo del Movimiento los objetivos de la gesta en Santiago: cercar el Moncada para neutralizar a las tropas allí acantonadas y acopiar armas, para lo cual se atacaría a la Policía Marítima y a la Nacional, y se asaltaría una ferretería en la Plaza Dolores.

Del diseño a la realidad, la acción inicial del bombardeo al cuartel Moncada falló, al ser hechos prisioneros Léster Rodríguez y Josué País, encargados de disparar el mortero. A pesar del inconveniente y el desconcierto que generó, las inmediaciones de la fortaleza militar se poblaron de vehículos y otros obstáculos, y la mayoría de los revolucionarios se parapetaron en el Instituto de Segunda Enseñanza, cuyas áreas aledañas serían testigos del tiroteo más largo del día.

El resto de las operaciones previstas fluyeron. Minutos después de las siete de la mañana, el comando que realizaría el asalto a la ferretería cumplía su misión. Durante unas dos horas el edificio de la Policía Marítima, en la avenida Lorraine, hoy Jesús Menéndez, fue tomado por los revolucionarios, que ocuparon armas, avituallamientos y se retiraron. Más de 60 presos escaparon de la cárcel de Boniato y muchos de ellos se incorporaron a la lucha.

Plomos y arrojo en el intendente

La acción más difícil, por azares del día, resultó la toma de la sede de la Policía Nacional, en la Loma del Intendente. De esos riesgos era consciente José Tey Saint-Blancard, el líder estudiantil que con entusiasmo memorable encabezaba el grupo, y que tal vez presintiendo su final en aquella jornada heroica —contó tiempo después Vilma Espín— la noche anterior se despidió de sus compañeros y hasta pidió que le pusieran una rosa blanca.

«Se arriesgó mucho, quizá porque siendo el jefe sintió que tenía el deber de cubrir con su cuerpo a los demás», relató la Heroína en su testimonio para el libro Vilma, una vida extraordinaria.

El asalto a la Estación estaba previsto por el frente, partiendo de la escalinata de Padre Pico, por donde el comando debió tener el apoyo de una ametralladora 30 que fue llevada a otro sector de combate por error.

No obstante, con algunos de sus hombres Pepito se parapetó en el tope de la escalinata. Cuentan que se volvió hacia uno de ellos: «¿Quieres seguirme?», y avanzó. Subieron la escalera de la jefatura y lanzaron granadas, pero ninguna estalló y debieron retroceder. Sin dejar de disparar se refugiaron en un murito en la calle Santa Rita. Así, hasta que un balazo en la frente lo silenció.

De esta manera entró para siempre en la historia el Presidente de la Federación Estudiantil Universitaria de Oriente, quien el 2 de diciembre iba a cumplir 24 años.

Junto a él había caído en los primeros descansos de la escalinata de Padre Pico Antonio Alomá Serrano, Tony. Entusiasta y sonriente, era el fiel reflejo de la juventud de la Placita de Crombet. Fiestero y martiano convencido, tenía escasos 29 años y no debió haber estado allí: las normas del Movimiento lo exoneraban de participar, ya que su esposa estaba embarazada de siete meses.

«Vale más un minuto de pie, que una vida de rodillas», fue la frase con la que se despidió de su mujer Nancy Rodríguez, quien llevaba en su vientre la hija que no pudo conocer. Y de pie ofrendó lo más valioso, su existencia en flor, por el futuro de la Patria.

También lo hizo así Otto Parellada —Ottón para sus compañeros—, cuya misión era atacar la Estación por el fondo de la Escuela de Artes Plásticas. Con puntería beisbolera, se ha dicho, lanzaba cocteles molotov, y ya estaba en posesión de las azoteas colindantes al fondo del objetivo; pero ignoraba la situación de sus compañeros y al ver que el fuego del enemigo, en lugar de disminuir, se incrementaba, comenzó a inquietarse.

Según el relato de quienes lo acompañaron, se volvía continuamente e incluso se incorporaba en su afán de conocer qué ocurría. En una de esas ocasiones, un impacto de calibre 30 en la sien segó su vida.

Lejos de amilanarse, sus hombres respondieron con una balacera violenta. Se recrudeció el combate. Un saco de yute, pedazos de tela y varios cocteles molotov harían el resto sobre el techo de la Estación, que empezó a arder…

Después de las diez de la mañana, las acciones de aquel 30 de noviembre fueron decreciendo en Santiago. Al mediodía la tiranía recibió refuerzos y multiplicó su superioridad en hombres y armas. Desde su Estado Mayor, Frank País ordenó la retirada. Luego supieron que ese día no ocurrió el esperado desembarco.

Plan de toda Cuba

Aquel amanecer verde olivo jamás se borró de la mente de sus protagonistas. «Recuerdo vívidamente cada uno de los pensamientos que bullían en mi mente; la preocupación y ansiedad por Fidel y los compañeros (…), el cuidado por cumplir eficientemente las misiones (…) encomendadas por Frank y, sobre todo, la (…) genuina euforia motivada por saber que aquel día podíamos ofrendar la vida a la Patria», enfatizaría años después Vilma Espín.

Santiago fue puño visible de un empeño que se multiplicó en Oriente, y con más o menos ardor, según la estrategia diseñada por Fidel, movió la conciencia de toda Cuba. Investigaciones históricas visibilizadas en eventos como el panel virtual 30 de Noviembre: un levantamiento revolucionario general (recién desarrollado aquí), hablan de cocteles molotov, consignas en las paredes, carreteras obstruidas, puntillas y alcayatas en las vías y sabotajes diversos en numerosas localidades y provincias cubanas.

El plan, que trascendía el apoyo al desembarco e intentaba conseguir la insurrección nacional, acompañada de la huelga general que derrocara al tirano, no pudo materializarse por falta de condiciones y pertrechos en más de un sitio. Pero la rebeldía de la juventud y la capacidad organizativa del 26 de Julio, llevó a puerto seguro el compromiso de Fidel de reiniciar la lucha antes del fin de año. Sin duda, la mejor señal para el futuro.