Mayra Caridad Valdés, dama excelsa del jazz
La vi cantar por primera vez en televisión. Fue en 1980 cuando en el espacio “Todo el mundo canta”, competían aficionados que luego, muchos de ellos, se consagraron.
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La vi cantar por primera vez en televisión. Fue en 1980 cuando en el espacio “Todo el mundo canta”, competían aficionados que luego, muchos de ellos, se consagraron.
En las tardes habaneras de los años 40, mientras el humo de los cigarros se mezclaba con el aroma del café recién colado y las guitarras soltaban suspiros por cualquier parte, una voz cargada de fuego irrumpía en las esquinas bohemias y las radioemisoras.
El 2 de octubre de 1971, en la Ciudad de México, se apagó una voz que no necesitaba micrófono, un piano que prescindía de partituras, y un alma que desconoció fronteras. Ignacio Villa Fernández, el inolvidable Bola de Nieve, falleció aquel día para dejar tras de sí un arcoíris de canciones que continúan susurrando entre las teclas de viejos pianos y corazones sensibles.
En una esquina de La Habana Vieja, donde el pregón se mezcla con la brisa y los balcones susurran historias, alguien recita una décima. No es un acto de costumbre ni de afán por lo espectacular. Lo hace porque en Cuba la décima es raíz, savia y memoria.
Cada noche, durante más de cincuenta años, millones de radioyentes nos agrupábamos junto a los radiorreceptores, como quienes se sientan a una mesa en familia. Cuando Eduardo Rosillo, con su estilo peculiar, exclamaba: “Y continuamos riendo…”, cundía la emoción. A partir de aquel momento desfilaba un universo de personajes que hablaban como tú, como aquellos y como yo, destilando su idiosincrasia de pueblo.