Declaración de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC)
América Latina, el Caribe y el mundo constatan ahora mismo, al precio más alto, el valor de las denuncias previas de varios gobiernos y pueblos sobre la voracidad del Norte, hoy más revuelto y brutal que en los tiempos de Martí: Estados Unidos no sólo agredió directamente zonas de Caracas, Miranda, Aragua y La Guaira, sino que, haciendo valer su condición de forajido internacional, secuestró al presidente legítimo, Nicolás Maduro, y a su esposa, Cilia Flores, quienes de momento han pasado a integrar la lista infinita de “desaparecidos” bajo crédito imperial.
A Donald Trump no le basta con jugar al capricho con su inmenso país, sino que intenta convertir un mundo ya patas arriba, descrito hace tiempo por Eduardo Galeano, en patadas sin mundo carentes de cualquier sentido.
En el colmo del cinismo, el secretario de Estado, Marco Rubio, afirmó que Maduro y Cilia fueron llevados a territorio estadounidense para ser juzgados y añadió que los bombardeos yanquis protegían a los agentes encargados del secuestro. ¿Cuál justicia, bajo la dictadura de Trump? ¿Quiénes, realmente, deberían someterse a los tribunales internacionales, los agredidos o los agresores? ¿Se protege a delincuentes invasores atacando a todo un pueblo? Nada asombra, en el catálogo del viejo Sam.
Estos actos criminales deben parar el largo sueño de Naciones Unidas y sus altos funcionarios, víctimas ellos mismos del irrespeto continuado de la Casa Blanca, pero obligados, por su compromiso con la humanidad, a no dejarse amedrentar por el Pentágono.
Ha sido rasgado el velo plurinacional de Zona de Paz que América Latina y el Caribe intentan tejer por sobre la diversidad y las disensiones, pero acaso el mejor argumento para la denuncia unida sea hoy la constatación de que el zarpazo vino de fuera, de la “Otra América”, cual diría Martí, y no de la Nuestra. Donald Trump, que cambió sin recato político el nombre de su Departamento de Defensa por el de Guerra, intenta ahora a plumazo de misiles cambiarle el apellido a nuestra región. ¿Lo vamos a permitir?
Este acto demuestra que, en efecto, el presidente estadounidense merecería el Nobel de… la guerra. De cualquier modo, el Premio fue a parar a una de sus admiradoras: María Corina Machado, quien a esta hora debe celebrar, con esa vocación rara de los nuevos “pacifistas”, la herida nocturna y traicionera a varios compatriotas. Probablemente, un poco de sangre hermana salpica el último dictamen de Oslo.
Ya se sabe, el imperialismo es un águila tenebrosa; sin embargo, sus hechos de hoy son claros: no solo se ha agredido a un país independiente y sacado a la fuerza a su presidente constitucional, sino que se hizo sin declaración de guerra ni permiso para el uso de la fuerza militar por el Congreso de Estados Unidos. Los pueblos y gobiernos del mundo deben condenarlo sin titubeos, pero acaso la primera que debe desmarcarse de esa acción es la sociedad norteamericana, primera escena de ensayo de los pasatiempos dictatoriales de su presidente.
Como en el preludio de Playa Girón, se llegó a este punto tras una escalada inédita y cínica que pasó por 36 embarcaciones destruidas, sin pruebas ni cargo alguno, y el asesinato de, al menos, 115 personas, en tanto la CIA recibió en octubre la descarada autorización de Trump a operar dentro de Venezuela. Estas son las resultantes.
Se temía y ha pasado: Venezuela vive su propio Girón porque la boa del Norte apenas cambia la piel -ahora es de amarillo sucio- pero sigue estrangulando pueblos. Venezuela peleará: además de exigirle a la Casa Blanca prueba de vida de Maduro y denunciar ante el mundo la agresión, el Gobierno Bolivariano activó todas sus capacidades de defensa.
Cuba, su Gobierno, su pueblo y sus periodistas, que ya una vez, con Fidel al frente, defendieron a Hugo Chávez de un secuestro igual de vil, están ahora al lado de Maduro y de los venezolanos.
¡La sed petrolera de un imperio no puede imponerse a las ansias de paz de un pueblo y una región! ¡América Latina y el Caribe no quieren ser patio de nadie sino su propio jardín!

