El 26 de marzo de 1932 mientras la noche caía sobre la capital bañada de aires cuaresmales, el Teatro Martí sobrecogía con un calor diferente. No era solo la expectativa por una función más; era que algo trascendental estaba por acontecer. Entre el público que se acomodaba en los palcos y las butacas de la platea, se mezclaban críticos y músicos. Aguardaban el estreno de la zarzuela Cecilia Valdés, con música de Gonzalo Roig y libreto de Luis Marquetti, basada en la novela homónima de Cirilo Villaverde.
Cuando el maestro Roig levantó su batuta, el silencio se hizo absoluto. Lo que siguió no fue una imitación de las zarzuelas españolas que habían dominado el siglo XIX, sino una revelación. Desde los primeros compases, la orquesta acompañaba y narraba. Roig logró vestir la estructura clásica europea con la piel rítmica de Cuba, lo que muchos habían intentado y pocos consiguieron. El son, la guajira y el bolero entraron, otra vez, por la puerta grande del ámbito lírico.
La trama era conocida por todos gracias a la novela de 1882 y cobraba una nueva vida. En el escenario, el amor imposible entre Cecilia, la «mulata linda», y Leonardo, el joven blanco, combinaba el drama romántico con la denuncia social. En una Cuba de 1932 con las heridas del racismo colonial aún abiertas, los conflictos representados con tanta dignidad musical fueron un golpe reivindicador.
Las piezas interpretadas allí empezaron a tararearse en las calles al día siguiente. Más allá del éxito taquillero inmediato, la significación cultural fue profunda y duradera. Cecilia Valdés validó la identidad mestiza de la nación cubana. Demostró que lo afrodescendiente y lo español podían fusionarse en igualdad de condiciones para crear arte mayor. Se le comenzó a llamar, con el tiempo, la «Zarzuela Nacional de Cuba», título de concesión popular.
A noventa y cuatro años de aquella noche, la obra pervive. Su estreno marcó una afirmación sonora. Cecilia Valdés contó una historia de amor trágica, y con ella Cuba se redescubrió en sus propios ritmos. Aquella noche, entre aplausos y telones, la cultura cubana entendió que no hacía falta buscar fuera lo que siempre había tenido dentro: una voz propia y hermosa.
Una música y una memoria de la que nuestra Radio se hace eco hasta el presente.


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