La patria os contempla orgullosa, se plasma en una de las estrofas de nuestro Himno Nacional. La sangre de los 32 combatientes cubanos, a quienes el pueblo rindió sentido homenaje por estos días, se derramó, tras el artero ataque militar de Estados Unidos contra Venezuela el 3 de este mes, por una causa justa: en defensa de la soberanía de la patria de Simón Bolívar.
Esa certeza dimana de los actos patrióticos realizados en todas las provincias del país, incluida La Habana, donde en el Aeropuerto Internacional José Martí tuvo lugar la ceremonia militar de recibimiento de los restos mortales de los caídos, y al siguiente día (16 de enero), otro acto oficial de Homenaje Póstumo, esta vez en la Tribuna Antiimperialista José Martí.
A lo largo de la Avenida Rancho Boyeros hasta la sede de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, en el municipio Plaza de la Revolución, el pueblo, conmovido por la barbarie imperialista, manifestó su respeto y admiración por los incólumes combatientes internacionalistas, hermanos que cayeron lejos de sus casas, pero no de su deber.
Como dijera en su discurso al referirse a los mártires en el capitalino aeropuerto, el miembro del Buró Político, general de Cuerpo de Ejército Lázaro Alberto Álvarez Casas, “sabemos, y el pueblo de Cuba lo ha sabido en las pruebas más duras, que la muerte no derrota a quienes caen con el fusil en la mano, defendiendo una causa justa”.
Luego de reconocer que con sus actos heroicos los combatientes ascendieron a la historia, el también ministro del Interior resaltó que ellos devienen luz que nos refuerza, enardece y compromete. Traen consigo el ejemplo imperecedero de la entrega, el valor, la fidelidad a los más nobles ideales del hombre, añadió.
Y conmueve en particular un pasaje de su alocución: «El enemigo habla eufórico de operaciones de alta precisión, de tropas de élite, de supremacía, nosotros, en cambio, hablamos de rostros, de familias que han perdido al padre, al hijo, al esposo, al hermano, hablamos de niñas y niños que tendrán que crecer sin el abrazo de quien ofrendó la vida pensando precisamente en ellos”.

Confirma tal derroche de entrega y valentía el que más de una vez el primer coronel Humberto Alfonso Roca, jefe del pequeño grupo de cubanos que esa madrugada del 3 de enero protegieron al mandatario, Nicolás Maduro, y su esposa, Cilia Flores -a la postre secuestrados por las tropas estadounidenses- había expresado: “Solo sobre mi cadáver podrán llevarse o asesinar al Presidente”.
En total, como se conoce, el letal ataque imperial en suelo venezolano causó unas 100 muertes de personas, además de la destrucción de valiosas infraestructuras.
Ya nuestro José Martí lo decía en uno de sus apotegmas: “La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida”. Y esa máxima la cumplieron con creces quienes murieron combatiendo hasta la última bala contra unos 200 militares de tropas especiales estadounidenses, bien equipados con armas y medios aéreos sofisticados y con el factor sorpresa como aliado en medio de la oscuridad.
Aun con esas indiscutibles ventajas a su favor, las fuerzas enemigas, que atacaron Caracas y puntos estratégicos de otros estados venezolanos, tuvieron en sus filas siete militares heridos, admitieron las propias autoridades estadounidenses.
Como valoró recientemente el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, con su criminal agresión a Venezuela, la actual administración norteamericana, la cual desconoce los límites del Derecho Internacional, abrió la puerta a una nueva era de barbarie, despojo y neofascismo, “sin importar todo lo que ello pueda significar en más guerra, destrucción y muerte”.
Mientras el gobierno del país del norte proclama sus aviesas intenciones de apropiarse de los recursos naturales de la nación sudamericana y pese a bloqueos, ese país latinoamericano y Cuba prosiguen con la construcción de puentes de hermandad a través de la Alianza Bolivariana, como lo concibieron Fidel y Chávez, en áreas como la salud y la educación.

