Conversar con el poeta, escritor y periodista Reinaldo Cedeño Pineda, vicepresidente de la filial provincial de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), de Santiago de Cuba, deviene un privilegio para cualquier profesional de la prensa que ejerza el periodismo cultural, porque el también miembro activo de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) es un excelente comunicador y muy buen conversador, con un discurso poético, y a la vez, radiofónico, que acaricia el intelecto y el espíritu de su interlocutor.
El también Premio Nacional de Periodismo Cultural «José Antonio Fernández de Castro» 2021 es licenciado en Periodismo y máster en Comunicación Social por la Universidad de Oriente, así como autor de los volúmenes A capa y espada. La aventura de la pantalla, La edad de la insolencia, Poemas del lente y La noche más larga. Memorias del huracán Sandy; acerca de este último título gira la entrevista que —con la gentileza que lo caracteriza— me concediera el laureado intelectual santiaguero, porque —según precisa mi interlocutor— «las secuelas materiales y psico-socio-espirituales dejadas por ese desastroso fenómeno atmosférico fueron las que más me impactaron desde el punto de vista humano, y por ende, tocaron con mayor profundidad mi esfera sensible».
¿Qué factores cognitivo-afectivo-espirituales lo conminaron a llevar a la letra impresa el volumen La noche más larga. Memorias del Huracán Sandy?
Me di cuenta de que había vivido un fenómeno insólito que, difícilmente, se vuelva a repetir. Una ciudad arrasada, un drama humano profundo, y gente que no se rindió ante las adversidades. Entendí que, como periodista y santiaguero, era mi deber apretar en un solo haz algunas de esas historias terribles, la solidaridad reconfortante y hermosa, así como las profundas lecciones humanas que nos dejaran.
Por lo tanto, puse todo mi esfuerzo intelectual y espiritual, y me dije: ¡manos a la obra! No fue fácil convencer a quienes participaron a narrar anécdotas propias y exclusivas para ese texto, y aunque se trataba de un volumen que gira alrededor de una desgracia, no podía dejar de ser un libro interesante, que atrapara al lector desde la primera hasta la última página.
Invité a periodistas, poetas, historiadores, y personas afectadas por el siniestro a que relataran sus vivencias, porque lo que no se escribe, se pierde.
Por otra parte, estoy muy orgulloso de ser periodista, de ser una persona de la radio, de los medios. Como profesionales de la prensa, nos correspondió la tarea de informar, en circunstancias casi de guerra, sin electricidad, sin transporte […], y de retratar el espíritu de miles de personas en medio de grandes dificultades, de suministrarles fe y esperanza, de demostrarles con ejemplos de aquí y de allá, que el huracán Sandy no se lo había llevado todo.
Yo, que soy un crítico de la labor periodística que se hace en la mayor isla de las Antillas, un eterno insatisfecho, advertí el sacrificio de mis colegas, cuánto se logró con ese ejemplo de entrega profesional, en la que no se reparó en horas ni en las dificultades afrontadas por cada uno de nosotros.
¿Podría describir los problemas de índole objetivo-subjetiva que afrontara durante el proceso de redacción y edición de ese impactante texto?
Fue un libro sumamente difícil de llevar a la letra impresa. Redactado en tiempo record, y como es una recopilación, hubo que filtrar cada una de las historias hasta que quedaran como debían quedar.
La filosofía de ese volumen es que el huracán Sandy no fue solo la madrugada del día 25 de octubre de 2012, sino el asombro de no saber por dónde empezar, los primeros brotes de la esperanza, las manos tendidas, el doloroso aprendizaje de la prevención, y hasta el aliento poético que nos legara.
También fue difícil, porque cada historia debía tener la capacidad innata de reproducir el resto de las historias, y cada fotografía debía resumir todas las imágenes posibles.
Por lo tanto, devino un proceso de selección muy recio. Esa misma tensión emocional la compartieron, a la hora de hacer realidad ese sueño, la editora Lina González, así como la laureada artista Martha Mosquera, Premio Nacional de Diseño, quien encabezara el equipo de trabajo.
Recibimos el apoyo de las máximas autoridades de Santiago de Cuba, que enseguida percibieron la importancia que podía tener ese texto como testimonio colectivo, y el resultado ha sido un libro hermoso que todo el mundo quiere tener.
Lamentablemente, no ha podido llegar a más lectores, porque se trata de una edición especial.
De las muchas anécdotas, vivencias y experiencias acumuladas en su archivo mnémico, ¿podría relatar alguna que le haya dejado una huella indeleble en la mente y en el alma?
Una joven de la playa Siboney, uno de los lugares más afectados, me llevó hasta donde estaba su casa, y yo, sinceramente, no veía nada, pero ¿dónde está tu casa? Y ella me repetía: «Aquí, donde está usted parado». Fue un momento al borde del absurdo, pero yo no podía ver absolutamente nada, porque el meteoro se llevó hasta los cimientos de su casa.
Creo que el libro aprehende la magnitud del desastre, lo que, a veces, no sale en los medios o se pierde en la generalidad de las informaciones.
¿Algo que desee añadir para que no se le quede nada en el tintero?
Cuando vi a Santiago de Cuba, mi ciudad natal, caer en pleno siglo XIX, después de unas horas, lloré amargamente. Los santiagueros no somos superhombres ni supermujeres, pero, aun en medio de la negrura más tremenda, estaba seguro de que saldríamos adelante. Y esa certeza la quiero retener para siempre. Con apoyo en esa convicción, escribir me sirve de catarsis emocional.

