Raúl Rodríguez Peña llegó a esta ciudad con un celular en el bolsillo y Cuba ardiéndole en el pecho, desde entonces escribe y transmite como si en cada palabra le fuera la vida.
Nació en San Germán, municipio Urbano Noris, provincia Holguín. No se graduó de periodista: “Yo soy licenciado en ciencias humanísticas”, aclara a Prensa Latina sin arrogancia como si pidiera permiso para contar su propia leyenda, pero hay destinos que no caben en un título universitario.
“El periodismo no es una profesión, es un oficio”, dice, y en esa frase cabe su biografía entera.
Llegó a Venezuela el 22 de marzo de 2025 como enviado especial de la Radio Cubana. Lo llamaron un día y le comunicaron la tarea de representar a todas las emisoras del país y fundar en Caracas el estudio de podcasts que aún no tenía manos que lo hicieran funcionar.
“Vine con esa encomienda, no solamente de hacer radio, sino también de hacer ese estudio, que prácticamente es hacer televisión”, dice.
Desde entonces su jornada no tiene relojes. Trabaja para Radio Rebelde, Radio Habana Cuba, Radio Reloj y cuanto espacio requiera una voz que informe. Compró micrófonos, trípodes, aprendió el ritmo de una ciudad convulsa y convirtió su teléfono en cámara, estudio y redacción.
“Lo hago yo solo”, responde cuando se le pregunta cómo logra multiplicarse, y no hay énfasis en la frase, solo responsabilidad.
Raúl es un periodista todoterreno: narra béisbol, edita imágenes, musicaliza programas, conduce noticieros, redacta crónicas. En Holguín ya había aprendido a desafiar distancias, viajando 37 kilómetros diarios para trabajar en Radio Angulo y luego en Telecristal.
Se evaluó como locutor, comentarista, director: “Soy muy atrevido y me gustan los retos”, confiesa. Esa temeridad —que no es imprudencia sino vocación— lo trajo hasta aquí, pero fue la madrugada del 3 de enero, bajo el estruendo del bombardeo estadounidense, la que lo sometió a la prueba definitiva, forjándolo como se templa el acero en la fragua.
Dos y dos minutos de la madrugada, piso 14 de Fuerte Tiuna. “Estaba redactando un trabajo cuando una explosión partió la noche», recuerda. Helicópteros, olor a pólvora, la electricidad herida. A quinientos metros, la guerra, y entonces ocurrió lo que distingue a los que llevan el oficio en la sangre: “En vez de correr, lo que me dio mi instinto de periodista fue agarrar el celular y ponerme a filmar”.
Mientras otros fueron a resguardarse, él buscó señal. Avisó a Cuba: “Directora, están bombardeando Caracas”. Bajó al primer piso, confirmó que el personal médico estaba a salvo y, cuando la comunicación comenzó a fallar, corrió descalzo hasta una mata de mango.
Trepó. Las bombas seguían cayendo. “Muchos me dijeron: Raúl, no vayas. Pero dije: no, yo tengo que ir”. Desde lo alto grabó el audio que salió en vivo hacia La Habana, el primero que informó con certeza lo que sucedía.
Aquel hombre descalzo, encaramado a un árbol bajo el estruendo, es la imagen de un periodismo que no negocia con el miedo. “El que diga que no se siente miedo, no es humano”, admite, pero también afirma que la profesión “te lleva más allá de cuidar tu vida”.
Desde ese día asumió solo la radio y la televisión. Cámara, edición, texto, envío, coberturas junto a grandes cadenas internacionales, entrevistas a altas autoridades, más de 30 eventos internacionales y la labor constante con la Brigada Médica Cubana para desmontar rumores y mostrar la verdad cotidiana de hospitales y consultorios.
Raúl también dio cobertura beisbolera para Radio Rebelde a la Serie de las Américas celebrada este mes en Caracas, narrando el pulso deportivo con la misma pasión con que describe un quirófano en la montaña o una comunidad amazónica. Para él no hay temas pequeños: hay historias que merecen ser contadas con rigor.
La misión, confiesa, lo ha cambiado. “He dado un giro de 360 grados”, dice. Lo hizo mejor profesional, pero sobre todo mejor persona. Ver a médicos atender a quienes no tienen recursos le enseñó otra dimensión del compromiso y lejos de Cuba, con una madre de 73 años en San Germán y una esposa periodista que espera, aprendió también el peso del sacrificio. “Es un sacrificio… pero vine por una misión y el periodista se debe a su deber”.
Cuando habla a los más jóvenes, les pide preparación y amor por lo que hacen. “Si tú no amas lo que haces, no puedes ser buen profesional”. Advierte sobre la mentira repetida que se convierte en verdad y sobre la necesidad de discernir en tiempos de guerra mediática, y remata con una certeza que suena a juramento: “El periodismo se lleva en la sangre y en el corazón”.
Caracas lo ha visto caminar bajo el sol inclemente, grabar en los barrios, subir cerros y árboles, sostener la señal cuando todo parecía caer. No vino a buscar gloria; vino a cumplir.
Raúl Rodríguez Peña seguirá allí, desafiando sombras y estruendos, porque mientras exista una historia justa, habrá una voz dispuesta a contarla.
Foto: Panchito González

