El 19 de febrero de 1963, dejó de latir el corazón de Bartolomé Maximiliano Moré Gutiérrez, el hombre que el pueblo bautizó como “El Bárbaro del Ritmo”. Tenía apenas 43 años, y ya había dejado una huella en la música popular. Hoy, 63 años después, su ausencia ha sido imposible de llenar; su presencia, más allá de la muerte, es un eco multiplicado en cada rincón donde suena un son, un bolero, una guaracha o un mambo.
Había nacido en 1919 en Santa Isabel de las Lajas. De estirpe campesina, creció entre la pobreza, los cantos de la tierra y el toque de tambores del Casino de los Congos. Su voz expresiva contenía la nostalgia de los campos, la alegría de los más humildes y el dolor de una raza que mucho había sufrido.
Desde joven, supo que la música era su destino; primero con la guitarra, y luego con la voz, que se convirtió en su pasaporte a la eternidad.
Su carrera despegó en los años 40, cuando se unió al Conjunto Matamoros. Más tarde se enroló con varias orquestas de Cuba y México; una de ellas la del matancero Dámaso Pérez Prado. Finalmente, alcanzó la cima con su Banda Gigante, una orquesta que centró cátedra con su ritmo y cadencia.
Benny cantaba, interpretaba y, como guajiro genuino, improvisaba versos compuestos por él mismo. Su voz se fundía con la música en el pentagrama. Era capaz de pasar del son montuno al bolero con una naturalidad que parecía milagrosa.
Haberlo llamado “El Bárbaro del Ritmo”, no fue un exceso: constituía la manera popular de reconocer que su talento desbordaba cualquier molde.
Dos días antes de su muerte, el 17 de febrero de 1963, Benny ofreció su último concierto en Palmira, a escasos kilómetros de su rinconcito lajero. Fue una despedida sin anunciar, casi un acto cargado de leyenda. Frente a un público que lo admiraba, dejó escapar las últimas notas de una vida que se consumía por la enfermedad y que, a la vez, ardía de pasión.
Hoy Benny Moré es un símbolo que se proyecta más allá de cualquier recuerdo. Su música sigue siendo esencia de lo cubano. Oír sus discos equivale a traspasar un territorio donde la emoción es palpable, y donde la voz acaricia el aire.
Lo que nos legó cautiva generaciones, inspira a músicos y emociona a quienes descubren en él lo más esencial de un pueblo que canta.
El Benny nos recuerda que la cultura nunca muere con los hombres, sino que se transforma en memoria viva.
Él camina junto a nosotros en cualquier esquina donde se improvise, en cada radio que reproduzca sus grabaciones, y en cada corazón que late al compás de su música.
El día de su muerte, fue un duelo. Su trascendencia es un acontecimiento cultural. Hoy no es llorando que celebramos la existencia del espectacular músico. Benny Moré se quedó en el ritmo y la cadencia de la música cubana, para todos los tiempos.


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