Se derrumbaba en Cuba el criminal colonialismo español impuesto a la Isla, y se iniciaba, entonces, otro tan pérfido como aquel. El 26 de febrero de 1901 el Senado norteamericano aprobó, para que se agregase a la Constitución cubana, la enmienda propuesta por Orville H. Platt.
En aquella se decía: —Fíjese bien. “Que el gobierno de Cuba, consiente que los Estados Unidos pueden ejercitar el derecho de intervenir para la conservación de la independencia cubana, y el mantenimiento de un gobierno adecuado”. Naturalmente, traducido esto con palabras más claras, lo que querían con aquella enmienda era intervenir cuando les diera la gana, sencillamente.
En el propio documento se estipulaba, además, el arrendamiento de tierras cubanas para carboneras y estaciones navales, y se omitía a la Isla de Pinos (hoy Isla de la Juventud) de los límites nacionales. Y, por supuesto, no podía faltar la clásica muestra de guapería internacional: Se expresaba que, mientras no se aceptase sin discusión e íntegramente la enmienda, continuarían la ocupación y el gobierno militar yanqui.
La Enmienda Platt, en definitiva, fue aceptada definitivamente por la Convención Constituyente cubana por 16 votos a favor y 11 en contra, el 12 de junio de 1901. Ello fue así a pesar de la actitud firme y decidida de muchos de los integrantes de la Comisión de Ponencia de la Convención, y especialmente de Juan Gualberto Gómez.
Con tal limitación habría de nacer, enferma, el 20 de mayo de 1902, la República de Cuba. Tendrían que pasar más de 80 años para que aquella enfermedad fuera extirpada de raíz. Pero no pueden faltar las palabras pronunciadas por el ilustre patriota Juan Gualberto Gómez, y vea la forma magistral que utilizó para desnudar aquel engendro.
“Resérvese a los Estados Unidos la facultad de decidir ellos cuándo está amenazada la independencia, y cuándo, por lo tanto deben intervenir para conservarla, equivale a entregarle la llave de nuestra casa, para que pueda entrar en ella, a todas horas, cuando les venga el deseo, de día o de noche, con propósitos buenos o malos.”
Y en otra ocasión manifestaba:
(…) Si a los Estados Unidos corresponde apreciar cuál es el Gobierno cubano que merece el calificativo de adecuado, y cuál es el que no lo merece; si a los Estados Unidos queda la facultad de intervenir para mantener el gobierno cubano que le parezca adecuado, y por lo tanto combatir al que no le parezca, ya producto de la voluntad de nuestro pueblo, sino del gobierno de Estados Unidos. A este efecto correspondería de hecho y de derecho la dirección de nuestra vida interior. Solo vivirán los gobiernos cubanos que cuenten con su apoyo y benevolencia, y lo más claro de esta situación es que solo tendríamos gobiernos raquíticos y míseros conceptuados desde su formación, condenados a vivir más atentos a obtener beneplácito de los poderes de la Unión que a servir y defender los intereses de Cuba”.
Y ahora vea usted las palabras que el propio gobernador militar de entonces, Leonard Wood dijo, aunque produzca náuseas:
“Por supuesto que a Cuba se le ha dejado poca o ninguna independencia con la Enmienda Platt, y lo único indicado ahora es buscar la anexión. Esto, sin embargo, requerirá de algún tiempo y durante el período en que Cuba mantenga su propio gobierno, es muy de desear que tenga uno que conduzca a su progreso y a su mejoramiento. No puede hacer ciertos tratados sin nuestro consentimiento, ni pedir prestado más allá de ciertos límites. Con el control que tenemos sobre Cuba, un control que sin duda pronto se convertirá en posesión, en breve prácticamente controlaremos el comercio de azúcar del mundo. Creo que es una adquisición muy deseable para los Estados Unidos. La Isla se norteamericanizará gradualmente y a su debido tiempo contaremos con una de las más ricas y deseables posesiones que haya en el mundo”.
Como pueden ver es lo más descarado e infame que pueda concebirse. Y naturalmente no es noticia decir que esa y no otra ha sido y aún es –pero de otras formas– las verdaderas intenciones permanentes de los gobiernos gringos respecto a Cuba, en todos los tiempos.
Abundando sobre el tema, en una nota que le envió el gobernador militar en Cuba, Leonard Wood al entonces presidente de EE.UU. Teodore Roosevelt, en relación a la Convención que deliberó respecto a la Enmienda. Decía así este troglodita:
“Hay unos ocho de los treinta y un miembros de la Convención que están en contra de la Enmienda” “Son los degenerados, dirigidos por un negrito de nombre Juan Gualberto Gómez, hombre de hedionda reputación, así en lo moral como en lo político.”
¡Dígame usted! Hablar así de una figura, incuestionablemente, de los hombres más sobresalientes de nuestra patria que supo en su momento defenderla sin vacilación.

“Mientras unos se preparan para deslumbrar, para dividir, para intrigar, para llevarse el tajo con el pico del águila ladrona, otros se disponen a merecer el comercio apetecido con la honradez del trato y el respeto a la libertad ajena». José Martí


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