La palabra amistad no es, precisamente, la que mejor define la relación histórica entre Cuba y México. Es, en mi opinión, un hermoso ejemplo de fraternidad humana, es amor que va más allá de gobiernos y sistemas, es respeto, es abrazo, es solidaridad entre pueblos.
Digo mucho más, pero en voz de nuestro Martí:
“México es el lugar que siempre tuvo corazones de oro y brazos sin espinas, donde se ampara sin miedo al extranjero”.
No puedo ni debo dejar de mencionar algunos breves ejemplos que visten de gala las afirmaciones anteriores. Veamos: muy conocida la actitud ejemplar que nuestros hermanos mantuvieron ante la pretensión de separar a Cuba de la corrompida OEA, en ocasión, de una reunión de ministros de Relaciones Exteriores, en Punta del Este, Uruguay , efectuada en enero de 1962.
Se pretendía cumplir con el mandato imperial argumentando que “Cuba atentaba contra la seguridad de la región”. Es entonces cuando se levantó la voz mexicana con su voto (único en contra) a plena conciencia de que no traicionaría la política exterior de México; incluso a riesgo de dañar su relación con Estados Unidos.
Debo desgranar algunos otros ejemplos de valentía política de nuestro hermano. Vea: su postura permanente de apoyo a Cuba en la ONU, especialmente mediante rechazo al bloqueo contra la Isla, y la creación de movimientos de solidaridad; la extraordinaria ayuda humanitaria que estamos recibiendo de ese gran país, como respuesta profundamente humana a los últimos zarpazos de Donald Trump, dirigidos a someter a Cuba mediante su implosión y así retrotraernos a la condición de colonia yanqui.

Faltarían más ejemplos mediante varias cuartillas. Sin embargo, creo muy necesario consignar la extraordinaria comunión entre ambos pueblos de sus respectivas figuras cimeras mexicanas que tanto contribuyeron al alto sentido patriótico del pueblo mexicano, tales como Benito Juárez, Miguel Hidalgo, Emiliano Zapata y José Ma. Morelos, entre muchos otros.
Y en el ámbito cultural los cubanos apreciamos, como si fueran nuestros, a figuras como Diego Rivera, en la pintura; Sor Juana Inés de la Cruz, en la literatura; Cantiflas, María Félix e incontables mexicanos hacedores en las artes escénicas.
Y no es posible dejar de mencionar algo de extraordinaria importancia. Y es que nuestro José Martí vivió durante dos años en México (entre 1875 y 1877). En esa tierra amada se integró a la vida intelectual; escribió en la prensa, y, sobre todo, profundizó su pensamiento latinoamericano; fue México para él un refugio esencial, llegando a enamorarse de la cultura mexicana.
Para concluir estas modestísimas letras me gustaría fijar en la mente de nuestros lectores algunas ideas que aprecio como básicas: la amistad entre México y Cuba, elude todo marco de formalidad, porque el amor entre hermanos no lo necesita; rechaza el formalismo porque daña el sentimiento puro; somos capaces de disfrutar de una manifestación cultural de mexicanos y, con respeto y devoción, inclinar nuestra cabeza ante Juárez.
Los cubanos amamos profundamente la solidaridad y el respeto a las naciones; creemos con devoción en la utilidad de los sentimientos puros; detestamos la injusticia y la deslealtad a la patria. Soñamos con un mundo mejor y posible, donde una niña mexicana reciba en su mejilla el beso puro de un niño cubano.
¡VIVA MÉXICO! Y ¡VIVA CUBA!


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