Jorge Anckermann y el sonido de la cubanía

Por Alfonso Cadalzo Ruiz

En las calles habaneras de principios del siglo XX se escuchaban pregones, en sus teatros se representaban zarzuelas, y en los cafés los músicos improvisaban guarachas y rumbas. En medio de ese paisaje sonoro, un hombre se erigió en arquitecto de melodías que capturaron la esencia de la ciudad.  El nombre de Jorge Anckermann se repetía en programas de teatros y, más tarde, en las ondas radiales. Al fin y al cabo se hizo sinónimo de cubanía.

Hijo de un músico mallorquín, creció rodeado de partituras y ensayos y al parecer, desde niño supo que la música sería su destino. A los diez años tocaba en un trío, y poco después emprendió viaje a México como director musical de una compañía de teatro; una experiencia que le dio oficio y le enseñó a leer al público, a entender las melodías conmovedoras. De vuelta en La Habana, se convirtió en figura central del teatro bufo y lírico, al componer piezas que retrataban la vida cotidiana de la Cuba de entonces.

Su música era un espejo de cubanía. Los pregones callejeros se transformaron en canciones y las emociones del pueblo, en boleros; la alegría festiva se convertía en rumba. Anckermann componía desde la vida real, razón por la que sus obras ostentan la frescura de lo popular y la solidez de lo clásico.

Con la llegada de la radio en la década de 1920, su música encontró un nuevo escenario. Lo que antes se escuchaba en teatros y plazas, comenzó a transmitirse por las ondas. Los boleros de Anckermann, interpretados por cantantes y orquestas en vivo, irrumpían con suavidad en hogares, acompañaban las sobremesas y se mezclaban con el bullicio citadino. La radio hizo de su obra parte del aire cotidiano, en un sonido para todos.

La obra de Jorge Anckermann fue también la de una Cuba que buscaba expresarse en lo cultural. Sus composiciones contribuyeron a definir la identidad sonora de la nación, en un momento de transición histórica. Cada nota es un gesto de afirmación; de que somos cubanos, tenemos nuestra música y manera de cantar y sentir.

Títulos musicales como El arroyo que murmura, La casita criolla, La gran rumba, El rico hacendado y La isla de las cotorras exhiben el paisaje criollo en todo su colorido.

Por obras como esas fue reconocida su capacidad para concebir una música que refleja el espíritu de la cultura cubana y de una época.

Cuando dejó de existir en 1941, La Habana ya era otra. La radio había consolidado su presencia, y los géneros que él cultivó eran símbolos nacionales. Su legado seguía vivo, y cada vez que sonaba un bolero en la radio o cuando una rumba animaba cualquier fiesta, allí estaba presente la huella de Jorge Anckermann.

Recordar su obra va más allá del aporte de un compositor prolífico; fue un artista que transformó la vida en música, y la música en aire. Toda su música es patrimonial. Con ella hizo que toda una ciudad con sus paisajes  se escuchase a sí misma.

 

Autor

  • Tomás Alfonso Cadalzo Ruiz (Cienfuegos, 1951). Miembro de la UPEC y de la UNEAC. Periodista, escritor y director de programas de Radio. Autor de varios libros en México y en Cuba, entre ellos, "La Radio, utopía de lo posible". Colaborador del Portal de la Radio Cubana desde su salida al aire. Escribe además para espacios de Radio Progreso, Radio Ciudad del Mar y el periódico "5 de Septiembre".

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