Por siempre Barbarito Diez

El 6 de mayo de 1995 junto con la humedad de la madrugada circuló la noticia de que Barbarito Diez había dejado de cantar a la edad de 76 años.

Se percibieron el silencio y la tristeza de un micrófono apagado y, en los radios de hogares y bodegas de barrio empezaba a añorarse una voz que desde mucho antes habitó la intimidad cubana. Se había retirado del presente para instalarse en el recuerdo.

La musicología cubana lo reconoce como eslabón entre la época dorada de la radio popular y la sensibilidad del movimiento del filin; entre la tradición del bolero clásico y la modernidad interpretativa que llegó después.

Barbarito Diez Junco había nacido en Bolondrón, Matanzas, el 4 de diciembre de 1909. De estatura mediana y mirada presta, con presencia discreta y respetuosa, su manera de aparecer en escena lo identificó como “la voz inalterable”. Cantaba a plenitud sin el menor esfuerzo.

De pequeño vivió en el Central Manatí, donde laboró su padre, y luego él, en el oriente cubano. Allí permaneció hasta los veintiún años, cuando los se mudó a La Habana.

Incursionó en la música con el trío del que formó parte junto a Graciano Gómez e Isaac Oviedo, presentándose en los cafés Mar y Tierra y Vista Alegre.

Un día, al escucharlo, Antonio María Romeu le propuso sumarse a su orquesta, que entonces tocaba en la emisora “El Progreso Cubano”, hoy “Radio Progreso”.

En los años treinta, cuando el Son y el Bolero compartían escenarios y ondas radiales, Barbarito encontró en el micrófono un confesionario.

Fue con la Orquesta de Antonio María Romeu, como solista, donde pulió su sino, basado en la contención emocional como forma de respeto al oyente. Mientras otros intérpretes alzaban la voz para llenar salones, él la bajaba haciéndose presente con suavidad exquisita.

Grabó con la cadencia de quien pisa tierra húmeda sin prisa y sin teatralidad; imbuido de serenidad y dicción nítida, y una respiración que hilvanaba cada frase con elegancia escultórica.

En Barbarito Diez, Cuba celebra la permanencia de un modo de hacer música. Ese que entiende cómo la emoción no reside en el volumen, sino en el espacio entre dos notas, y que la interpretación es entrega.

Barbarito Diez, “Voz de Oro del Danzón cantado”, sin inventar el bolero, lo enseñó a respirar.

En una cultura como la nuestra, donde la canción es archivo vivo, su memoria es susurro que, al caer la tarde, convierte el aire en historias de amor.

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