El 30 de abril de 2016 Cuba perdió a uno de sus músicos más singulares: el guitarrista y compositor Sergio Leovaldo Vitier García-Marruz. Una década más tarde, su ausencia es motivo de reflexión sobre la huella que dejó en la música y en la memoria audiovisual del país.
Nacido en La Habana en 1948, Vitier creció en un entorno literario y artístico privilegiado: hijo de los poetas Cintio Vitier y Fina García-Marruz, sobrino de Eliseo Diego y hermano del pianista José María Vitier. Esa genealogía cultural se tradujo en una sensibilidad que lo llevó a la guitarra desde muy joven, formándose con maestros como Elías Barreiro, Isaac Nicola y Leo Brouwer.
Su carrera comenzó en agrupaciones como Los Armónicos de Felipe Dulzaides y la Orquesta Cubana de Música Moderna. Su salto decisivo lo dio en el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC. Allí encontró un espacio para fusionar las raíces afrocubanas con la tradición española y las técnicas contemporáneas, creando un lenguaje sonoro propio. Tiempo después formó parte del Grupo “Nuestro Tiempo”.
A través de su carrera recorrió escenarios mundiales de Estados Unidos donde acompañó a la Prima Ballerina Assoluta Alicia Alonso, y se presentó en países de América Latina y Europa.
Sergio Vitier entendía la música como sustancia de identidad. Sus composiciones para guitarra y orquesta exploraron células rítmicas yorubas y congas, integradas con armonías de raíz hispana. Esa fusión lo convirtió en un creador capaz de dialogar con lo popular y lo culto, con lo ancestral y lo moderno.
Buena parte del cine cubano se narra con sus aportes. Compuso más de 50 bandas sonoras, entre ellas las de Girón (1972), De cierta manera y El brigadista, cuya música devino en símbolo de una época. También compuso para Guardafronteras, Derecho de asilo, Capablanca y Maluala, entre otras. Su música acompañaba las imágenes, las potenciaba y les imprimía un pulso emocional que trascendía la pantalla.
Además de componer música para teatro, su obra se extendió a la televisión a través de series y programas culturales. En ellos consolidó un estilo que se identificó por el lirismo y la fuerza rítmica. Compuso la música para seriales como Rumbo a la salida del sol y El eco de las piedras. Junto con su hermano escribió la música de En silencio ha tenido que ser y Julito el pescador.
Se le adjudicaron galardones y reconocimientos, entre ellos la Medalla Alejo Carpentier, la Orden Félix Varela y el Premio Nacional de Música. Pero el mayor de todos fue haber plasmado parte de la cultura cubana en un lenguaje sonoro de dimensión universal.
A diez años de su muerte, Sergio Vitier es un puente entre generaciones. Con su música hace recordar que la identidad no se limita a lo popular ni a lo académico por separado, sino que se nutre de ambos para proyectarse al mundo.


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