El aire habanero de esta época del año delata una mezcla de salitre y jazmín, aunque hay otro aroma que se resiste a disiparse con el viento del tiempo: el de las gardenias.
Treinta años han transcurrido desde aquel día de 1996, cuando nuestro pentagrama enmudeció por la pérdida física de una de sus personalidades más esenciales.
Isolina Carrillo Morales fue la mujer que hizo caminar al bolero con tacones finos y elegancia de salón. El 21 de febrero de aquel año nos dejó físicamente, decidida a acampar en la inmortalidad de la melodía.
Conmemorar tres décadas de su partida, la reafirma. En un país como el nuestro, donde la música es oxígeno a respirar, Isolina sobresalió como una arquitecta del sentimiento.
Nacida en el corazón de La Habana en 1907, creció en una época cuando los instrumentos parecían tener género y las partituras estaban vedadas a las manos femeninas. Sin embargo, ella, con la firmeza de quien conoce su destino, se sentó al piano no como acompañante, sino como directora.
Fue una de las primeras mujeres, en Cuba, en dirigir una orquesta; al hacerlo, transgredió un techo que parecía de plomo, para abrir la puerta a otras que entrarían sin pedir permiso.
Su impronta radica en la hazaña biográfica y en la huella sonora. Basta con que las primeras notas de «Dos Gardenias» suenen en cualquier rincón del mundo para que el tiempo parezca detenerse. Esa obra maestra, compuesta en 1946, trascendió las fronteras de la isla para convertirse en patrimonio universal.
Intérpretes de aquí y de allá la interpretaron. Y sin excepción la asumieron en su esencia. Es una música que se vuelve cada vez más necesaria.
La crónica de su vida fue la de una lucha silenciosa y elegante. En sus inspiraciones no hay estridencias, más bien una confesión íntima. Ella componía como quien escribe una carta de amor que nunca será enviada; lo hacía con una melancolía que define el alma sentimental de Cuba.
Sus canciones cuentan de amores perdidos, de flores que se marchitan, y de noches interminables, con la dignidad que eleva el dolor a la categoría de arte.
A treinta años de su muerte, La Habana ha cambiado. El malecón tiene nuevas grietas y los edificios restaurados conviven con muros derruidos que confiesan la presencia de sus ayeres. Pero en los conservatorios, en las peñas de trovadores y en la radio, la música de Isolina Carrillo sigue vigente.
Su música deviene un antídoto real contra el olvido.
Hoy, al recordar su partida, extendemos la vista hacia el piano. Ese instrumento que ella tocó con maestría y que espera nuevas manos que se atrevan a contar historias.
Que pasen treinta, cincuenta o cien años más. Mientras exista un corazón que se estremezca con la letra «Dos Gardenias», su autora permanecerá viva, convertida en la música que acompaña el amor, como la flor que llevó su nombre hacia la gloria, cuyos pétalos permanecen abiertos bajo el cielo de Cuba.
Isolina enseñó que la música cubana, además de ritmo y percusión, es armonía y palabra delicada. Es también mujer creadora, hilvanada en las notas de su narrativa.
Con solo extender un CLIC, puede escuchar la crónica de la periodista Leticia Guerra, de Radio Cadena Habana, dedicada a las Dos Gardenias de Isolina Carrillo.


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