Con la diplomacia de las cañoneras como bandera, el 3 de este mes el poder militar de Estados Unidos cayó con esa fuerza más sobre una hermana tierra americana: Venezuela, y secuestró al presidente constitucional de ese país, Nicolás Maduro, y su esposa Cilia Flores.
Mediante ese vil acto, violatorio del derecho internacional, la administración del presidente estadounidense, Donald Trump, puso a la orden del día las ideas del dominio en la región latinoamericana, reflejadas de forma oficial por la Casa Blanca en su denominada Estrategia de Seguridad Nacional, divulgada en noviembre último.
De acuerdo con expertos, el documento, que hace referencia al Corolario Trump a la Doctrina Monnroe, establece que el país del Norte ejercerá influencia política, económica y militar en el hemisferio occidental.
Sin embargo, en contraposición a tales objetivos del imperio, múltiples voces en el mundo, incluidas las de los gobiernos de Cuba, México, Colombia y Brasil, entre otros, condenaron la agresión contra el territorio venezolano y demandaron la liberación del mandatario Maduro y su cónyuge Flores.
Durante esta semana en la propia patria de Simón Bolívar miles de manifestantes desfilaron por las principales calles de Caracas para denunciar el artero ataque armado de las fuerzas de ocupación, que provocó en el país sudamericano al menos un centenar de muertos y otros tantos heridos, de acuerdo con fuentes oficiales.
Entre las víctimas mortales se contabilizaron 32 combatientes cubanos, los cuales cayeron de forma heroica en desigual combate en defensa de la causa bolivariana.
Junto a las pérdidas de vidas humanas, las violentas acciones de tropas norteamericanas, ordenadas por el gobernante Trump, causaron cuantiosos destrozos en instalaciones de la capital venezolana, y otros estados.
Como ha admitido el propio mandatario estadounidense, durante el asalto a Caracas, amparado en la oscuridad nocturna tras cortes de energía eléctrica, guerra electrónica y fuertes bombardeos desatados, los atacantes tuvieron en sus filas al menos siete heridos.
Resulta importante señalar que la agresión militar y el secuestro del gobernante Maduro, trasladado junto a Cilia por sus captores a la ciudad estadounidense de Nueva York, donde ambos son juzgados judicialmente por supuesto narcotráfico, entre otros cargos, tuvo como móvil el intento de apropiación por Washington de las vastas riquezas minerales, incluido petróleo, dispuestas en territorio venezolano.
La embestida culminó con meses de amenazas, de una incursión terrestre y máxima presión contra el Ejecutivo bolivariano al calor de una intensa campaña y un despliegue militar sin precedentes en el Caribe, con el pretexto de combatir el narcotráfico, difundieron medios de prensa.
Dicha campaña militar, rechazada por Cuba y el resto de la comunidad internacional, en el espacio acuático dejó saldo de más de un centenar de muertos y decenas de embarcaciones bombardeadas y hundidas.
Profunda preocupación causa en la irredenta patria de Bolívar y su entorno, la declaración del magnate de la Casa Blanca, quien, acostumbrado a erigirse como emperador del mundo, amenazó con realizar nuevos ataques a Venezuela en caso de que ese Estado no cumpla con sus peticiones.
Trump, a quien muchos consideran como un neofacista, manifestó recientemente que Venezuela quedará bajo el control de Estados Unidos hasta que se logre una “transición justa” y que su petróleo será administrado.
Acorde con sus declaraciones, las autoridades de Caracas entregarán a Washington de 30 a 50 millones de barriles de petróleo, los cuales se comercializarán a precio de mercado y el fondo recaudado lo manejará él; además, la nación latinoamericana solo podrá comprar luego productos estadounidenses con el dinero resultante.
Tales pretensiones de protectorado, al estilo colonial, son rechazadas por el mundo progresista, el cual aboga por la paz, porque los pueblos sean dueños plenos de su destino y disfruten del aporte económico de sus recursos naturales y patrimoniales, sin tutela extranjera.
En estas tristes horas de dolor y gloria y con el abono de la sangre derramada en suelo venezolano tras la agresión de Estados Unidos, las autoridades venezolanas, lideradas por la Presidenta encargada, Delcy Rodríguez, y el pueblo unido, defienden su proyecto social y humanista, al tiempo que ratifican su apego a la defensa de la soberanía territorial y la defensa nacional.
Como denunciaran expertos independientes de la Organización de las Naciones Unidas las acciones militares de Washington constituyen en la actualidad un desprecio flagrante por el derecho de los pueblos a la autodeterminación y la soberanía sobre sus recursos naturales.
Solo la unidad y la acción solidaria continental, en opinión de analistas, podrían salvar al área geográfica y otras partes del mundo de la voracidad imperial. Ello se traduce en que, como diría nuestro José Martí: “Es la hora del recuento y de la marcha unida y hemos de andar, en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes”.

