No te lo puedo negar, al ver en la pantalla tu imagen colmada de salud y lozanía, sentí pavor, incertidumbre, y hasta dolor punzante; mis ancianos ojos se empeñaban en humedecerse, y pude, al cabo, enfrentar la realidad: tu muerte. Nunca más volveré a verte, jamás podré intercambiar opiniones acerca de nuestro trabajo para la prensa; y tampoco disfrutar de tu presencia en la misma mesa de mi casa.
No fue, como se ha hecho habitual, mencionar “tu partida física”, ¿cuál otra? Es que de tanto repetirse lo aprecio como algo rutinario que debemos decir siempre ante la muerte, y que nos puede parecer hasta obligado.
En lo adelante no debemos hacer de tu muerte un puñado de lamentos, más bien me parece un faro luminoso igual que tu risa y andar por esta vida.
Es maravilloso sentir que, con tu amistad y compañerismo, estás subiendo un escalón en la lucha permanente de los empeñados en que triunfe el bien sobre el mal, y, donde la prensa cubana tiene en ti, aún con tu fallecimiento, una guía no por humilde y paciente menos de honor y gloria.
Te quiero mucho hermana, siempre supiste que en mí tendrás un alumno agradecido…
Déjame, allá dónde te llevaron, un lugarcito para acomodar mi maltrecha figura muy cerca de ti y seguir trabajando por Cuba, la prensa, y aumentar el caudal de los buenos. Por el momento debes conformarte con un beso. Tu hermano Silvio.
“…la muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida” José Martí.
Silvio José Blanco Hernández


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