Desde una esquina virtual

Me confieso oyente de «La otra esquina» desde su temporada anterior, entre 2007 y 2010, cuando ese apasionado de la radio y promotor cultural que es Carlo Figueroa entraba en mi hogar como Pedro por su casa y, desde un estudio de la emisora provincial, me hablaba de jazz, de la cartelera cultural para el fin de semana y hasta de cómo cocinar frijoles negros.

Más allá de los temas, que iban de los «serios» a los aparentemente sencillos, me enganchaba justo lo que ha vuelto a conquistarme en esta segunda entrega del programa, a la que se ha sumado el conductor Froilán Fontela: la naturalidad y el desenfado que se respiran, el tono conversacional con que se abordan los asuntos, ese convencerte sin teque que, al menos a mí, me mantiene en vilo durante casi 40 minutos.

Porque, a diferencia de la época anterior, cuando duraba dos horas redondas, «La otra esquina» se viene emitiendo desde el pasado julio en el horario comprendido entre las 7:00 p.m. y las 7:40 p.m., tiempo que, sin embargo, le alcanza al colectivo para desarrollar lo que viene siendo una exclusividad en la radio cubana: un espacio que se transmite por la frecuencia tradicional -digamos, un espacio analógico- que surge, se alimenta y se mantiene vivo en las redes sociales de Internet.

Lo de exclusividad en la radio cubana no es un calificativo gratuito. Abundan en Cuba los programas radiales y televisivos que han abierto cuentas en Facebook, Twitter, Instagram y cuanta red se ajuste a sus requerimientos, pero hacen de ellas un uso meramente promocional.

«La otra esquina» es, hasta donde sé, el único que consigue una retroalimentación constante, al punto en que no se sabe a ciencia cierta si es un programa que dialoga con sus redes sociales o un nicho en las redes sociales con un programa de radio.

Un grupo en Facebook con más de 1 100 miembros activos; una cuenta en Twitter; presencia en la Mochila de los Joven Club y la posibilidad de mantener online todos los archivos de audio en Radioteca.net configuran el universo virtual de «La otra esquina», la prueba tangible, «escuchable», de cuánto se puede hacer cuando convergen cultura, tecnología, aptitudes para el manejo de la web 2.0 y talento.

Sobre la mesa, un tema diario en forma de tuit: ¿qué edificación de Sancti Spíritus prefieres?, ¿eres adicto al celular?, ¿qué haces los días feriados?, ¿cuánto de Fidel hay en tus acciones diarias?, por solo citar algunos ejemplos.

A vuelta de mensaje en la web, las opiniones de los internautas y, en cabina, las llamadas de los oyentes aportan criterios ora coincidentes, ora contrapuestos, siempre enriquecedores.

Perfectible como toda obra humana, a «La otra esquina» le queda la deuda pendiente de continuar ganando adeptos, no tanto en la frecuencia analógica como en la virtual, pues si bien la audiencia radial está enmarcada en los límites geográficos de la provincia -a veces, un poco más allá-, los públicos de internet pueden localizarse lo mismo en Australia que en Dinamarca.

De hecho, algunos de sus más activos comentaristas en redes sociales han declarado su participación desde fuera del territorio nacional.

Muestras de que el espacio ha venido agenciándose una audiencia fiel no han faltado, pero quizás ninguna tan ilustrativa como la décima que Marco Antonio Calderón Echemendía, presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en Sancti Spíritus, publicara en el Grupo de Facebook cuando el programa mostró la valía de sus cartas credenciales:

«Cada tarde, de la mano/ de Figueroa y Fontela,/ una sugerencia vuela/ sobre el suelo espirituano./ La esencia de lo cubano/ desde el concepto germina,/ el placer se disemina,/ ¡Te recreas a la vez!/ ¿Y aún no sabes lo que es?:/ ¡El programa La otra esquina!».

 

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