Maceo en La Habana

Pero el viaje fue un éxito, y los primeros días del héroe, en la capital, no despertaron más ronchas en el gobierno español, porque el fallecimiento del General y Gobernador Colonial, Manuel Salamanca, distrajo la atención de las autoridades coloniales.

Bastó una semana para que la noticia corriera como agua y toda la ciudad, tanto liberales como progresistas, jóvenes aristocráticos y burgueses, y hasta los hijos de los esclavos recién liberados, desfilaran por los frentes del Hotel Inglaterra, donde estaba hospedado, y se disputaran el honor de estrechar las manos del hombre de la Protesta de Baraguá, y del glorioso Héroe de la Guerra por la Independencia.

Estas manifestaciones de respeto y admiración al «Titán de Bronce» hicieron que las autoridades, temerosas por lo que pudiera generar su presencia, situaran allí una sección de vigilancia.

Fue este el detonante de una de las anécdotas más hermosas recogidas en el libro «Patricios en La Habana» del prestigioso cronista de la Radio Cubana, Eduardo Robreño:

«Apenas al segundo día de su estancia, el hombre de Baraguá recibió en su habitación la visita de un antiguo oficial español, a quien Maceo había hecho prisionero en la Guerra de los Diez Años, dejándolo en libertad sin condición alguna».

«Cuando el visitante estuvo frente al general cubano, le dijo: ¡Vengo a pagarle una deuda de gratitud!, y le comunicó que por orden del gobernador interino Felipe Fernández Cavada le habían puesto una vigilancia en la habitación contigua para que espiase todos sus movimientos. Maceo agradeció la información y se dirigió de inmediato al Palacio de los Capitanes Generales para protestar. Se le brindaron disculpas y el suceso no tuvo mayor importancia».

Y ciertamente, el ejército español, tenía razones para desconfiar del general de la guerra de independencia, porque en pocos días, pudo reanudar el hilo de sus laboriosos esfuerzos por unificar, dentro de Cuba, a todos los veteranos de la guerra.

Pero, al terminar los preparativos insurreccionales y disponerse a salir de La Habana para Santiago de Cuba, corría el rumor de su detención y tuvo que salir fugitivo hasta Batabanó, desde donde embarcó hasta la costa sur de esta oriental provincia de la isla. Fue así como logró burlar la vigilancia española.

Hoy, a más de un siglo de aquella visita, y a la luz de los acontecimientos actuales, es posible reconocer el valor de aquel hombre de las gestas independentistas, que mantuvo su fe en la victoria, aún en las condiciones más difíciles de la época.

Para muchos cubanos representa el más fiel e intransigente de los próceres de la Patria, demostrada en innumerables ocasiones, pero sobretodo, por el legado que dejó en todos aquellos que siguieron su ejemplo.

Nadie olvida «La Protesta de Baraguá» ni aquellas palabras al general español, Martínez Campos: «Guarde usted ese documento, no queremos saber nada de él». Esta intolerancia ante quién osa robarnos la independencia, la heredamos del Titán, y es la base de las cuantiosas luchas que ha librado el pueblo cubano a los largo de 54 años.

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