La identidad cubana: la forja perpetua (V) Félix Varela, del verbo precursor al exilio heroico

Hijo de un militar español radicado en La Habana, su niñez la pasó en San Agustín de la Florida (entonces territorio español). Tomó los hábitos muy joven y se acreditó por oposición las cátedras de Latinidad y Retórica, y la de Filosofía, en el Seminario de San Carlos en La Habana. El obispo Espada, de larga recordación en la historia y la cultura cubana, fue siempre su benefactor.

«Sus primeros pasos se encaminaron a la liberación del pensamiento, de las ataduras escolásticas y de la dependencia de los sistemas foráneos. En la medida en que se abría paso la emancipación del pensamiento fue fundamentando la emancipación política» (1)

Félix Varela y Morales (1788-1853) es el primer intelectual cubano que señaló el camino inequívoco de la independencia. Tuvo el destino de los precursores: la vida no le alcanzó para ver cómo los cubanos se lanzaban a conquistar su patria… pero sobre sus ideas se tendió la libertad.

En 1820 se restablece en España la constitución de 1812. Es diputado a las Cortes Españolas, donde aboga por un gobierno económico y político para las provincias de ultramar. Al volver al poder Fernando VII, las tinieblas se levantan sobre las ideas liberales. Varela es condenado a muerte. El cubano llega a los Estados Unidos en el estertor de 1823… y nunca más volverá a Cuba.

¿De dónde sacó un hombre de semejante nobleza, el heroísmo para enfrentarse a un gobierno empecinado y déspota? ¿Cómo soportó las cuchilladas del exilio?¿Cuántas veces ardería el padre Varela, cubanísimo, solo, como una vela en la oscuridad?

«Hablar cuando otros callan»

En los Estados Unidos desarrolla una labor política sin precedentes y publica el primer periódico revolucionario cubano: El Habanero (Filadelfia 1824-1825; Nueva York 1825-1826), que entraba a Cuba clandestinamente. Allí apareció uno de sus más célebres artículos, «Tranquilidad de la Isla de Cuba» en el cual retrata la aparente calma y cuya resonancia traspasa geografías, reta al tiempo. Así lo dejó escrito:

«(…) no es el menor sacrificio que puedo hacer por ella, el hablar cuando otros callan, unos por temor, y otros porque creen que el silencio puede, sino curar los males, por lo menos, disimularlos y quieren recrearse con la apariencia de un bienestar  de que ellos mismos no aciertan a persuadirse (…)»

«Todo pacto social no es más que la renuncia de un parte de la libertad individual para sacar mayores ventajas de la protección del cuerpo social, y el gobierno es un medio de conseguirlas. Ningún gobierno tiene derechos. Los tiene sí el pueblo, para variarlo cuando él se convierta en medio de ruina, en vez de serlo de prosperidad (…) Hasta ahora el pecado político casi universal en aquella Isla, ha sido el de la indiferencia: todos han creído que con pensar en sus intereses y familia han hecho cuanto deben  (…)»

«¿Pero qué?, dirán algunos, ¿es la revolución de la Isla de Cuba lo que intenta persuadir un hijo de este suelo? ¡La revolución que equivale a la ruina del país (…) ¿Es la sangre de sus compatriotas la que quiere que riegue unos campos donde ahora tranquilos y felices, recogen los frutos (…) ¡Ah! Ese será el lenguaje con que el interés momentáneo procurará callar la voz imperiosa de la razón. Mas ¿qué importa? La verdad siempre ha tenido enemigos  y jamás la calumnia ha dejado de atacar a sus defensores  (…)»

«Aun los más obstinados en la adhesión a España, creo que si no han perdido el sentido común confesarán que una gran parte de la población (para mí es casi toda) está por su independencia  (…) Compatriotas: salvad una patria cuya suerte está en vuestras manos».

Cuando no pudo seguir publicando El Habanero, aparecieron en forma de epístola sus Cartas a Elpidio, un combate contra la impiedad, la superstición, el fanatismo. Fustiga como detestables a los deshonestos. Algunos suponen que «Elpidio» fue uno de sus discípulos (tal vez José de la Luz y Caballero). Otros suponen que es un nombre simbólico.

Varela llegó a ser vicario general de Nueva York en 1937 y murió en la Florida, en su celda monacal. Murió sin pertenencias: todas las había dado a sus feligreses. Fue honrado hasta el final y fue severo consigo mismo. De esa savia está hecho nuestro sentido de libertad y cubanía.

Sus restos descansan en el Aula Magna de la Universidad de La Habana. La máxima distinción de la cultura cubana, con suma justeza, lleva el nombre sagrado de Félix Varela.

Nota:

(1) Eduardo Torres-Cuevas: Historia del Pensamiento Cubano, Tomo I, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2004, p.339.

Autor

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.