Cultura y nación
Soñábamos con participar en la construcción de una nación mutilada. Vivíamos en la soledad y el aislamiento. El Golpe del 10 de marzo había aniquilado las últimas ilusiones asentadas en la posibilidad de solucionar los problemas más acuciantes mediante la implementación de reformas dentro del sistema.


No por azar se escogió el 20 de octubre como Día de la Cultura Cubana. Recuerdo con cuánto orgullo Armando Hart reiteraba la trascendencia de que la fecha en que se entonó por primera vez el Himno de Bayamo sirviera para rendir homenaje a los hombres y mujeres que protagonizan la vida cultural del país. Se había sintetizado así, de modo inmejorable –decía Hart–, la identificación orgánica entre nuestros creadores y los ideales patrióticos, antiesclavistas y anticoloniales de 1868, enriquecidos luego por Martí, Mella, Guiteras, Fidel.
La victoria del pueblo angolano en su lucha de liberación nacional corría peligro. Los acuerdos de Alvor, el 15 de enero de 1975, establecían al 11 de noviembre de ese año como la fecha para proclamar la independencia, pero el proceso de descolonización pretendía ser abortado.
En este año terrible de gran caos electoral en Estados Unidos hemos confrontado situaciones excepcionales provocadas por la Administración de Trump en su afán de mantenerse en el poder a casi cualquier precio.
Cuando el 10 de octubre de 1868 Carlos Manuel de Céspedes desató el nudo de la esclavitud, comenzaría a desbrozarse el largo camino hacia la independencia definitiva. El suceso emancipador constituyó la consolidación de un sentimiento de nacionalidad, que venía forjándose ya desde los finales del siglo XVIII bajo la tutela de la Sociedad Económica de Amigos del País y su publicación El Papel Periódico de La Habana, la cual había logrado nuclear en sus páginas lo mejor del pensamiento iluminista de filósofos, economistas, científicos y pedagogos de alto reconocimiento social e histórico, residentes en la Isla de Cuba.