La realidad es inatrapable, no cabe en un micrófono, en un programa, en una pantalla. Acercarnos a aquello que nos rodea, en su multiplicidad e infinitud, requiere necesariamente un ejercicio de selección: hay que dar la parte por el todo. Hay que seleccionar el material testimonial, así como el repertorio lingüístico, estético y estilístico a utilizar.
En consecuencia, los productos comunicativos no son la realidad, sino la realidad seleccionada y construida desde las herramientas de la comunicación, y en este caso de la radio.
En un producto comunicativo dado, como es de suponer, una voz representa muchas voces. Justo por eso, debe afilarse, afinarse, ajustarse, cual declaración presuponemos con la capacidad y el discernimiento de dar la parte por el todo.
¿Cuál fragmento del discurso tomamos para ajustarnos al tiempo? ¿Qué frase cargada de sentido extraemos? ¿Por qué tomamos justamente esa declaración y no otra? Son preguntas comunes en el proceso de edición, el rompecabezas de cada ocasión.
Editar es, en primer lugar, valorar. Editar es un pleno ejercicio de valoración.
En mi ejecutoria en la radio me ha tocado editar por mano propia (o trabajar junto al editor), en la edición de discursos de presidentes y de altas personalidades de la esfera política, cultural, deportiva, social. A cubanos y a foráneos. A niños y a ancianos. Me han tocado ambientes ruidosos y plenos silencios, entrevistados locuaces y parcos. Cada ocasión requiere discernimiento y concentración, como piedras de toque de una buena edición.
Cuando el proceso de edición falla, cuando extraes una frase de su contexto sin una explicación previa y convincente, cuando “cortas” un parlamento cuyo sentido no se completa, cuando no tienes cuidado con las inflexiones descendentes, el producto se resiente. Incluso, puedes dar pie a equívocos, y hay algunos verdaderamente antológicos, tristemente célebres.

Algo hay de alquimia en la edición, tanto en la de voces como en la de música. En todo el proceso, y particularmente en el producto final, hay que tener el oído atento, y no dudar en quitar, enmendar o agregar (si fuera el caso). La radio impone su propia dinámica, pero a veces se van ciertos detalles que responden al apremio.
No se trata nunca de “empatar”, “ensamblar”, “pegar” o “cortar”. Es un proceso cargado de sentido y coherencia, ha de serlo. El apremio es el enemigo número uno de la edición.
Los silencios son importantes, las pausas son imprescindibles. Conozco casos que en el proceso de edición se eliminan, y entonces, “el discurso perfecto” se escucha raro y antinatural. En ocasiones hay que mejorar la altura de una voz, la calidad de una escena, enfatizar o repetir algún acorde, mejorar un final…
Es la magia y el arte de la edición, de la cual depende el nivel cualitativo del producto en cuestión. La edición no es un proceso menor, es un paso clave en la programación radiofónica. Será un tema sobre el que pretendemos volver.


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