Trump no es el único
Lo que sucede hoy es que este señor, en su egocentrismo inaudito, ha llevado a su país a una situación límite, en una loca carrera por la supremacía del orbe, produciendo, en tal empeño, la polarización extrema de su propia nación.


Los conteos de las elecciones presidenciales en Estados Unidos conceden la victoria al candidato demócrata Joe Biden y a su compañera de fórmula Kamala Harris, primera mujer en la historia de Estados Unidos electa vicepresidenta, por añadidura mestiza e hija de inmigrantes (de madre india y padre jamaicano de raza negra), quienes crecieron en sus respectivos países de origen bajo dominio británico. Estados Unidos tampoco ha tenido a lo largo de su historia una mujer electa a su primera magistratura.
Los opulentos son también indigentes, pero de principios humanos y morales, es decir, carecen de sentimientos mínimos que favorezcan la convivencia decorosa y el respeto al derecho ajeno, como diría el ilustre mexicano Don Benito Juárez. Viven como verdaderos parásitos escondidos entre el oro y la abundancia.
A estas alturas de nuestros tiempos, y tras el peso brutal que Cuba viene sufriendo desde hace 60 años a consecuencia del bloqueo, es más que evidente el macabro objetivo que persigue EE.UU. no solo contra su socialismo y gobierno, sino –y fundamentalmente- contra el pueblo rebelde que no acepta ni aceptará jamás ningún yugo o sometimiento.
También se puede asegurar que las elecciones presidenciales en EE.UU. constituyen, en la práctica, una absurda y desvergonzada forma de anti democracia. En realidad es algo más, porque se trata de una verdadera burla a su propio pueblo, ya enajenado y hasta drogado por un sistema que, desde antaño, fue diseñado sobre bases de egoísmo y supremacía a ultranza.