Manuel Saumell y sus notas al aire

Hay frecuencias radiales que se miden en memorias. Cuando el dial gira, puede surgir una melodía al piano que pareciera haber quedado atrapada en el tiempo. Respecto a Manuel Saumell, padre de nuestro Nacionalismo Musical, nunca se exagera cuando se afirma que sus contradanzas, compuestas hace casi dos siglos, hoy respiran a través de las antenas de la radio cubana. El hacerlo no es inercia; es la traducción  de un pacto entre patrimonio de la cultura y naturaleza comunicativa.

Nacido en La Habana en 1817, Saumell fue pianista de salón y compositor. Musicólogos e historiadores coinciden que fue el primero en llevar al pentagrama una cadencia que definiría lo cubano.

Obras suyas como Los ojos de Pepa, Lamentos de amor y La Matilde colmaron teatros y acompañaron veladas donde los dedos bailaban sobre teclas con elegancia criolla. En un tiempo en que la música se medía por su cercanía a los cánones coloniales, Saumell incorporó el ritmo de habanera, el acento sincopado y la respiración del sonidero callejero. Vistió todo con la sobriedad del piano clásico.

Sentó las bases de la música nacional y al morir en 1870 dejó un mapa sonoro que otros seguirían bajo los nombres de danzón, bolero, son y jazz afrocubano. Como autor musical ha trascendido más allá de la nación cubana. Y en opinión de Alejo Carpentier, “significa mucho dentro de la historia de los nacionalismos musicales de nuestro continente”.

Desde que la radio cubana encendió sus primeras válvulas al vacío en 1922, los espacios dedicados a la música se convirtieron en archivos vivos. Emisoras populares y las de música académica han mantenido una línea de programación que no difunde, educa, contextualiza y preserva.

Programas de ayer y de hoy dedican horas a reconstruir el legado de este y otros compositores cubanos. Sin repeticiones mecánicas, son el esmero de una curaduría sonora.

Locutores, musicólogos, guionistas y productores revisan partituras originales, restauran grabaciones históricas y contextualizan cada pieza con datos de archivo, testimonios de intérpretes y análisis armónico. Cuando un espacio de radio culta presenta La Tedezco, al sonar el piano también lo hace la historia de un país que aprendió a reconocerse en sus ritmos.

Escuchar a Saumell en la radio es un acto de resistencia contra el olvido. En una época donde los algoritmos priorizan lo inmediato, las emisoras cubanas apuestan a la profundidad.

Nuestros hacedores radiales saben que Saumell no es “música de museo” sino lenguaje vivo. Cada vez que se anuncia su obra  para ser escuchada; cuando es utilizada como hilo conductor en un programa de historia musical o al funcionar como apoyo en un dramatizado de época, se ejerce una pedagogía con sonidos.

La radio, en su esencia, es un puente, y en esto Saumell continúa siendo una de sus tablas más firmes para cruzarlo.

Manuel Saumell no conoció la radio. Murió antes de que una antena transmitiera su primera nota al aire. Su música, escrita para salones que ya no existen, encontró en las ondas un refugio más amplio que cualquier sala de conciertos. Hoy, cuando el dial sintoniza un espacio en Cuba, mientras se escucha a un compositor del pasado, también se escucha la convicción de que lo nacional nunca se improvisa, sino que se cultiva.

A veces es suficiente una contradanza, un piano y una frecuencia bien elegida para recordar quiénes somos. Hacerlo para deleitarse con una melodía que suene a madera vieja y a tiempo en apariencia detenido.

Cuando sucede así, es Saumell que escribe sus notas sobre un pentagrama que flota en el aire.

 

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