El corazón de una mujer transformada en ave detiene el tiempo

Ella había convertido unos pocos minutos en el escenario en un poderoso símbolo artístico. Luego de la función le expresó a un periodista: “En cualquier oficio hay que buscar la perfección… Créame, no hay incógnitas en mi baile, solo trabajo, constante, infinito, sin retención”.

Las personas que la ovacionamos aquella noche sabíamos que la perfección de sus doncellas-cisnes, de su ingrávida Giselle, de la electrizante Carmen, constituye un enigma que muy pocas bailarinas logran descifrar jamás.

Y cuando parecía que en la Tierra quedaban pocas reinas como las que habitan los cuentos de “Había una vez”, Alicia desafió los pronósticos y se negó a abdicar. Su arte se multiplica en numerosos proyectos, puestas en escena, clases magistrales y a través del Ballet Nacional de Cuba, uno de los rostros de nuestra identidad.

Hace unas semanas, cuando un crítico le agradeció a Alicia Alonso su presencia en el programa de televisión La Danza Eterna, la artista afirmó: “me verás durante 200 años”. Él fue halagador con una pregunta: ¿por qué ponerle límites a ese tiempo? Entonces Alicia, sin perder un segundo, le respondió con una sonrisa pícara: “porque no se puede ser egoísta”.

Hoy que celebramos el cumpleaños de Alicia y su carrera gloriosa, pienso que entre mis mejores recuerdos figura aquella noche en el Gran Teatro de La Habana, cuando un frágil cisne de amor me enseñó que el mundo pertenece a los que no se cansan y que el corazón de una mujer transformada en ave puede detener el tiempo.

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