Sin miedo a la palabra melodrama

EL DEBUT

Como la brasilera Carmen Miran­da, pequeña y nerviosa, dotada de un gran sentido del ritmo… con sus instrumentos típicos, salió al mundo la (radio) novela cubana. La llevaba de la mano un Romeo, o me­jor dicho, un Shakespeare del melodrama que defendía a toda cos­ta El derecho de nacer… y de llorar.

Aquel Shakespeare se llamaba Fé­lix B. Caignet; y su oficio, claramente, era escribir. No para teatro, pero sí para la cadena de radio nacional CMQ, entonces bajo el patronazo Goar Mestre.

Quizá por eso, cuando Caig­net hizo entrega de su obra al patrón -y este último estampó un OK sobre las cuartillas- no sospechaba que se convertiría ella en carta de presentación, rostro de la radionovela cubana ante el orbe.

Diría que en realidad tuvimos un rostro hermoso, semejante al de Julieta, si se mira desde la óptica de su suerte; parecido al de Carmen Mi­randa, si se toma la perspectiva de su historia. O viceversa, quién sabe.

Lo cierto es que, como la última, esta emergió de una cultura popular, salió de casa para darle la vuelta al mundo y llevó consigo un folclore auténtico. A partir de ella se visibilizaron ciertas potencialidades de lo autóctono de Latinoamérica, otros modos de expresión del arte, otros artistas. Pero no todo podía ser rosa en esta historia de novela.

LOS PRIMEROS PASOS, TRASPASOS Y TRASPIÉS

Con lucidez lo expresó Alejo Car­­pentier: «las primeras orquestas, los primeros artistas, que se echan a viajar con sus ritmos a cuestas tratan de serles fieles, de conservarles su fisonomía más ge­nuina. En sus manos la samba es samba y el son es son. Pero transcurren algunos años»… y pasan algunas cosas: ese arte inicial aceptado en todas partes, se convierte en un negocio de gran rendimiento, a partir de su edición y reedición; los editores poderosos comienzan a dirigirse al autor de Mamá Inés, de Mamá Eu Queiro, de El derecho de nacer para beneficio de sus industrias.

Luego, como los autores originales no bastan para satisfacer una general y creciente demanda -¡qué visionario Carpentier!- los negociantes del arte solicitan los servicios de otros artistas, a veces muy distanciados culturalmente de los primeros, que interpretan las obras «ajenas» con mayor o menor fortuna.

El resultado último es la simplificación de lo original, tal como ocurrió con la (radio) novela cubana tras haber recorrido, más allá de fronteras me­diáticas, Puerto Rico, Ecuador, Pe­rú, Venezuela, México, y especialmente Brasil, donde, digámoslo co­mo dato curioso, «el dolor de Mamá Dolores» , protagonista de El derecho de nacer superó los ratings de audiencia de la Isla y logró coronar no solo la trama, sino también el género.

Por si no bastara, la obra -quizá una de las pioneras en cuanto a narrativas transmedia- fue adaptada para cine… e incluso para la recién nacida televisión.

Y seamos sinceros, ¿después de tanto rodar, acaso es posible creer que el rostro de la (radio) novela cu­bana regresara intacto a su tierra? En cada reedición, cómo dudarlo, la he­redera del folletín ha ido perdiendo esencias.

Sencillamente porque la mayoría no entiende de qué se trata esta novela y, al decir del periodista mexicano Vicente Leñero, la realizan «sin respeto alguno para el género melodrama, sin el más mínimo aprecio por la sublime cursilería: producen un bodrio a la carrera, a como salga -la gente de todos modos llora- y convierten a Félix B. Caignet en un Félix cualquiera».

Bien salpicado de ironía, el texto de Leñero, y aun así apunta detalles que me parecen cruciales para la re­flexión: primero, el melodrama cons­tituye un género que, como cualquier otro, merece respeto.

En se­gundo lugar, es un género que ma­ne­ja códigos propios y claramente definidos. Y, en tercer lugar, ese gé­nero tan cu­bano y radiofónico co­mo Caignet, pu­so una corona en la cabeza de nuestra radio, antesala del futuro género que acogería la pequeña y nue­va pantalla: la telenovela. (Recuér­dense Tierra Brava y Sol de Batey, entre otras).

Por esa razón, cuando escucho debates sobre la telenovela cubana contemporánea (Tierras de Fuego, Latidos compartidos, La otra esquina, La Sal del Paraíso) no puedo evitar estas fugas al espacio-tiempo pretérito.

El reconocido guionista y director de dramatizados Freddy Do­mín­guez (La cara oculta de la Luna), me ayuda en ello al decir que «la realidad se debe recrear a través de la ficción, sin tenerle miedo a la palabra melodrama. No se puede trabajar pegados solamente a la realidad porque una telenovela sin melodrama no es telenovela. No podemos perder la perspectiva: debe haber una historia de amor», termina por acentuar Domín­guez en el último encuentro Comu­nicar TV.

Entonces me pregunto, si entre tantas cosas, no será también amor lo que les falta a algunas telenovelas de producción nacional. Y ya se ha repetido hasta la saciedad: «vivir sin amor es como estar muerto».

Creo que en esa frase manida -un sinsentido para varios- se halla si no la esencia, una raíz considerable del problema. La telenovela cubana, sin Romeo y sin Shakespeare, vive un estado agónico.

Con esto no pretendo abrir el hueco, enterrarla y luego echarle flores y lágrimas encima. Para nada, no soy devota de la religión lacrimógena, detesto los personajes de go­ma, sobre todo si les cae dinero del cielo… Solo reconozco que no a todo el mundo le queda el mismo traje; los públicos, cada vez más segmentados, responden a dinámicas distintas.

Hay quienes disfrutan con escenas sangrientas de telenovelas acerca de ca­pos; otros se ven seducidos por súper heroínas «reivindicadas» en roles protagónicos; unos cuantos prefieren el despliegue de dragones, brujas y gi­gantes, de un mun­do fantástico que pa­radóji­camente les dice mucho más sobre lo humano que un suspiro de Ma­riposa en Cuando el amor no alcanza.

ANTICLÍMAX

No niego, sin embargo, la evolución del melodrama -hoy día em­parentado con la historia de vida (¿O qué había sino una fuerte historia de vida en Doble Juego, de la que nadie olvida el «se me quema mi familia»?).

Pese a la rica tradición del género en Cuba -donde emergió la receta-, no pretendo que nos anclemos a códigos de los tiempos de Mamá Dolores. Saber conjugar los textos y los contextos resulta determinante para hacer materiales que lleguen y, sobre todo, que lleguen bien; aun cuando en el momento actual, la telenovela cubana no logre una cosa ni la otra (ni siquiera está saliendo al aire).

Como parte de la televisión cubana, que es pública, subvencionada, y asume un alto compromiso social, este espacio adquiere una responsabilidad con los públicos y los valores por los que la ciudadanía lucha desde hace años, si bien puede mostrarse esa responsabilidad a través de la crítica (del ejercicio del criterio) en su sentido más constructivo.

Solo que, a veces, el exceso de crítica de­nota es­casez de recursos expresivos. De ahí derivan trabajos carentes de una calidad aceptable, y los artífices se excusan detrás del proceso productivo, de las luces, las cámaras, e incluso la acción.

Pero el artista, quién si no, constituye un ser creativo por antonomasia. Las estatuas vivientes que reposan al sol en la Habana Vie­ja utilizan materiales sorprendentes para vestirse y maquillarse, así como los estudiantes del ISDI hacen lámparas u otros objetos útiles con telas, jabas, cualquier cosa.

Por supuesto, no se trata de minimizar los problemas reales que padece la televisión cubana en general, ni la influencia de los contenidos del paquete… La televisión es una industria y requiere de dinero, lo cual dificulta, por ejemplo, la realización de telenovelas de época, o sobre personalidades históricas, si bien no fueron infructuosos los esfuerzos consumados en Las huérfanas de la Obrapía o Al compás del Son hace varios años.

Se reconoce igualmente la voluntad de los artistas por abordar escenarios tanto urbanos como rurales, incluso cuando el vestuario para trabajar en las Tierras de Fuego se haya calificado de inverosímil y la pa­reja de guajiros de Latidos com­par­tidos sirviera, entre otras cosas, para añadirle un toque de comedia shakesperiana, donde los bufones cumplían un rol determinante.

Esta última, estos últimos latidos, a pesar de ese detalle, el público los recibió co­mo una gota de agua en medio de tanta sequedad.

Por otro lado, también sé de las tentadoras ofertas que reciben muchos de nuestros artistas, y algunas lecciones he recibido sobre las funciones de los medios, de la televisión particularmente, e imagino ya es criterio compartido por especialistas que debe existir una relación complementaria, equilibrada entre lo educativo-cognitivo y el entretenimiento.

No obstante, cuando se habla de ficción hay que cuidar ciertos elementos: no es lo mismo informar u opinar que recrear, aun cuando el acto de recreación lleve implícitos los de informar y opinar, además de generar estados de opinión.

En ese sentido no solo me refiero a los medios y productos comunicativos nacionales, sino también a los extranjeros, que hoy toman parte relevante en el consumo cultural cubano. Si los nuestros reproducen valores, tradiciones, modos y filosofías de vida, los foráneos obviamente lo hacen; es decir, insertan su ideología entre nosotros.

TELÓN SIN APLAUSOS

Con todo lo selvático que orbita y gravita sobre la televisión, en especial sobre la telenovela cubana, ella reclama a gritos Romeos y Shakes­peares. Pregunta, desde el lecho, si después de darle la receta al mun­do, nos habremos quedado sin ingredientes.

Como se aferra a El derecho de nacer, pero jamás al de morir, pide entre sus últimas voluntades reparar, sí, en la creatividad de los artistas; pero también en el apoyo institucional y estatal. Para que viajen y vuelvan, pero no huyan los artistas y públicos cubanos hacia Brasil o hacia algún país «más distante y exótico»…sin mie­do a la palabra melodrama.

 

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