Fidel, más allá de una metáfora

Con justo derecho conquistó un título cuya nobleza trasciende el abolengo de barones y sires: Comandante en Jefe. En ellas se resume lo excepcional y divino de la raza humana: soldado imbatible; revolucionario sin tacha; luz del pasado, el presente y el futuro.

Fidel es padre, hermano, compañero, amigo, que nos guía y conduce por senderos de amor e intransigencia. Cada día nos enseña el valor y la sinceridad de ser humildes, porque lo más importante es no albergar ambiciones o vanidades, sino entregarlo todo a favor de las causas justas.

Ahí están vivas sus alertas, pues el camino siempre será difícil y se requiere el esfuerzo inteligente de cada uno de nosotros, desconfiando de las sendas aparentemente fáciles de la apologética o la autoflagelación. No hay mejor antídoto que poner alma y vida en las metas.

Su magisterio es tan caudaloso que nos invita a ser prudentes en el éxito como invariables en la adversidad, y este es un principio que no podemos olvidar, a sabiendas de que el enemigo a derrotar es sumamente fuerte.

Durante más de medio siglo hemos mantenido al imperio a raya, y eso –lo sabemos-, en parte obedece a su ejemplo personal y a su valor a prueba de balas y falacias.

Las metáforas no lograrán aquilatar la vida de un nombre irrepetible. Fidel es algo más; es un ser de carne y hueso que supera todas las épocas. En pocas horas cumplirá 90 años con el brío y la decisión de los que no conocen la derrota.  Y yo comparto y vivo esa inmensa alegría, porque creo que hay lugar en la Tierra para la felicidad de todos; eso ha sido y es, también gracias a Fidel.

 

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