A 40 años los culpables andan sueltos

Hoy, miles de bombas y metralla caen sobre poblaciones indefensas -personas que nada tienen que ver con el terrorismo- para, supuestamente, golpear los flancos que promueven semejantes acciones de lesa humanidad.

Todas las personas de mente sana somos decididamente enemigos del terrorismo y estamos de acuerdo en combatirlo mediante todas las formas legítimas que, en primer lugar, no pongan en riesgo vidas inocentes; esas que son -a su vez- las víctimas mayoritarias de los crímenes arteros del terrorismo internacional.

Hace 40 años, el 6 de octubre de 1976, tuvo lugar el Crimen de Barbados: la explosión en pleno vuelo de una nave de Cubana de Aviación que llevaba a Cuba personal civil, incluyendo al equipo cubano de esgrima.

El móvil del atentado no fue otro que el odio, expresado en un asesinato en masa de personas inocentes.

Si no fuera por lo real, siniestro y criminal del hecho, el actual status que gozan los autores intelectuales y materiales de tan horrendo crimen sería cosa de ficción para engrosar el argumento de una tragicomedia más, de esas que escriben trasnochados autores catastrofistas.

Lo amargo, paradójico y condenable consiste en que aquel crimen -tan real y evidente- no ha sido castigado en las cuatro décadas que lleva de perpetrado; solo porque sus criminales disfrutan de impunidad, protegidos en un país que hoy lucha contra el terrorismo, mas no dudó en instrumentarlo para sus propios fines globales.

Otra de las paradojas es que precisamente Estados Unidos, país que se autotitula el abanderado número uno en la lucha contra el terrorismo, mantenga bajo protección a los culpables de aquella acción despreciable y llena de saña.  ¿Cómo se explica semejante actitud? Pienso que sería insultar la inteligencia de muchas personas explicar en detalle lo que desde siempre ha sido evidente.

Nadie entiende ni jamás entenderá el silencio cómplice y la protección a terroristas internacionales quienes, veintiún años después, hicieron detonar explosivos en hoteles de La Habana para imponer el terror, sabotajes que cobraron la vida de un joven turista italiano y ocasionaron enormes daños materiales a la infraestructura turística cubana.

A 40 años los culpables andan sueltos; están en cualquier calle del sur de la Florida y se solazan con la macabra impunidad que los salvaguarda de enfrentar la justicia por crímenes probadamente cometidos.

Es mucho tiempo sin que se haga justicia, y ojalá algún mandatario estadounidense -hoy o mañana, cuando no sea demasiado tarde -decida con firmeza y sentido de equidad entregar a los culpables para que respondan ante los tribunales.

Sería esa la mejor forma de limpiar una mancha que no merece el pueblo norteamericano, mayoritariamente laborioso y de paz. No hacerlo, a la larga, no impedirá el juicio histórico contra los asesinos y sus protectores; no hacerlo será cargar por siempre con la vergüenza de haberse confabulado con la maldad.

Si decidieran ponerse del lado de la justicia, ese va a ser, entonces, un paso en firme para persuadir a la comunidad mundial de que su lucha contra el terrorismo – aunque con métodos que nadie apoya y deben cambiarse – posee, al menos, una base sólida. Ojalá se abran paso la sensatez y el sentido común.

 

 

 

 

 

 

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