Para Robe: Sin adiós y sin silencio

Ya es suficiente con que nuestra Trastienda musical se haya quedado sin su albacea fundador, y sería aún más dolorosa la concesión si, además, callamos. Tal vez ahora no broten los parlamentos propios de un guión de Roberto Reyes Entenza, y corra el riesgo de quedarme solo en el lamento, y en la enumeración de sus virtudes, para demostrar la teoría de que, posiblemente, exista una conjura universal contra los buenos.

Pero esa no me parece la tesis de su programa (ni de radio ni de vida). No la de él, a quien si algo habrían de reprocharle algunos y elogiarle otros, era el no haberse creído nunca su grandeza.

¡Qué inmenso salir a perseguir un sueño en bicicleta, de Santa Clara a Cienfuegos, cuando el período especial (crisis) del país y el de su bolsillo le estiraban el camino hacia su pasión: hacer radio! ¡Y aquellas caminatas de domingo después de En el claro de la luna! Al principio me asustaba saber sus pasos por la carretera a Camajuaní, entre el mal tiempo y las peores intenciones humanas; con la enorme distancia entre sus dos hogares (la casa y la emisora) y la cercanía del peligro. Pero como el miedo no acompaña, terminé riéndole siempre sus aventuras de caminante solitario y confiando en la invulnerabilidad de su delgadez.

Cómo imaginar el peligro agazapado en su propio cuerpo, la pesadilla ganándole al sueño, el fin en el momento floreciente del creador…

Lo cierto es que desde septiembre nunca hubo buenas noticias. Aún así, a pesar de que los días se fueron llevando su cuerpo, todavía pudimos disfrutar de su inmensidad, pendientes de su suerte, como siempre él lo estuvo de sus amigos.

A mí también trató de alegrarme, y lo logró, cuando el 3 de diciembre se me apareció en casa. Desde temprano estaba abierta la escalera, porque ni siquiera viendo las ventanas abiertas, era capaz de vocearme. ¡Cuántas veces, al bajar luego, tuve la decepción de encontrarme en el candado, un papelito, que solo podía ser de él. Al leerlo, no podía más que reírme y perdonarle su extrema decencia de no gritarme desde abajo su singular Helenuska.

Pero esa vez no hubo candado en la reja… Tampoco la fruta bomba ni el cake ni los dulces con que solíamos agasajarnos nosotros mismos, cualquier día y porque sí. Unos filetes de claria (los únicos habitantes de mi refrigerador), refresco y poco más, bastaron; porque el hambre no era de almuerzo, sino de vernos. Y hasta internacionalizamos el encuentro, con la llamada de otras amistades.

Ese día no pensé que nunca más encontraría papelitos en la puerta. Decir lo contrario, solo añadiría un tono melodramático, y falso, a mi pretendido guión sobre Robe. Y no es que desde septiembre el deseo de no perderlo me haya hecho subjetiva ante la aplastante y terminal certeza de un diagnóstico de cáncer.

El 3 de diciembre cuando llegó, quizás le dije: «Hoy no se me puede olvidar devolverte tu disco». Se lo repetía, e incluso lo ponía en lugar visible, creo que desde el 2012, cuando me lo prestó días después de que, como buenos gladiadores de la música, logramos entrar al concierto de X Alfonso en el cine-teatro Camilo Cienfuegos.

Pero tampoco se lo devolví, y no escribiré que fue para disimular que se agotaba el tiempo para devoluciones. Simplemente, y como siempre, se nos olvidó, porque teníamos tanto que prometernos y darnos mutuamente: nuevas películas y canciones, la anécdota jocosa y la reflexión más filosófica, el programa pasado y las nuevas osadías en proyecto…

Y como en todas sus partidas, una vez más, me quedé con Habana blues, Diego Cano, Bjork, Leonardo García, Pedro Guerra, U2, Miguel Bosé, Djavan…Con ellos, y con la sonrisa de Robe aún en los momentos más graves.

Con su imagen de niño travieso haciéndose el viento, cuando no lo había, para poner a vibrar el sonajero de casa, que terminamos regalándole. Con su pensamiento maduro y profundo en tiempos de tanta palabra hueca. Con el andar nocturno del caminante solitario protegido por la fuerza de su sueño…, con su amistad y su presencia invulnerables. Tanto me deja, que no puedo concederle a la muerte la prolongación del silencio. El directorazo Robe no me lo permitiría, ni en la radio ni en la vida.

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