La triste realidad del hambre

Lo cierto es que a pesar de que desde 1990 al 2012 el número de subnutridos disminuyó en 132 millones, a unos 26 meses de la fecha límite se reportan aún 870 millones de hambrientos, una octava parte de la población mundial.

Continúan siendo los países de la región asiática y africana los más desfavorecidos; entre ambas, alcanzan los 812 millones de personas mal alimentadas. El crecimiento de la población en estos territorios, unidos a la pobreza extrema en que vive la mayoría de sus ciudadanos, despojados de los derechos más elementales, son claros desencadenantes de la hambruna.

Pero también las naciones desarrolladas han experimentado un alza de los índices de subnutrición: de 13 millones de 2004 a 16 millones en 2012. La principal causa: los efectos de la crisis económica y financiera que hace unos cuatro años ha puesto en una cuerda floja a muchos gobiernos de los llamados Estados de Bienestar.  

A pesar de que el citado documento de la ONU –a propósito, con cierto tono optimista- reconoce que el impacto de la crisis fue menos grave de lo que se suponía, al no causar de forma inmediata una fuerte desaceleración económica; la cifra de desempleados y desalojados en varios países ha alcanzado niveles record. Tal vez, lo único que “ha logrado sacársele” es el despertar de las masas populares, cuyas manifestaciones muchas veces son brutalmente reprimidas.

No obstante, es válido decir que en el prólogo del documento se aclara “que la recuperación de la economía mundial a partir de la reciente crisis financiera sigue siendo frágil”, y se hace un llamamiento a la comunidad internacional a realizar “esfuerzos adicionales para ayudar a los más pobres a disfrutar del derecho humano fundamental a una alimentación adecuada. El mundo posee los conocimientos y los medios para eliminar toda forma de inseguridad alimentaria y desnutrición” -sentencia.

Pero sucede que también el mundo tiene los conocimientos y los medios para acabar incluso con la propia especie humana, y lo peor es que en los últimos tiempos emplearlos ha sido la tónica. Los conflictos armados además de las lamentables pérdidas humanas, provocan la destrucción de los cultivos y afectan el desarrollo lógico de las economías.

A todo ello debe añadírsele la subida de los precios de los alimentos en el mercado internacional. Justo unos días antes de salir a la luz pública el informe “El estado de la inseguridad alimentaria en el mundo 2012”, se conocía del alza del valor monetario de productos como los cereales, los lácteos y las carnes.

Ciertamente, la falta de disponibilidad de alimentos, el insuficiente poder adquisitivo y el uso inadecuado de los alimentos, son condicionantes de la inseguridad alimentaria, a lo cual se suman las controvertidas políticas y decisiones que adoptan algunos hombres en pos del desarrollo, pero sin sostenibilidad alguna.

Erradicar el hambre en el mundo implica mucha voluntad.

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