¿De la razón a la sin razón?

Para los años treinta, en Cuba proliferaban las plantas radiales. El fenómeno llegó al punto que La Habana llegó a superar proporcionalmente,  las radioemisoras que operaban en la populosa ciudad de New York en EE.UU.

La crisis económica de Norteamérica impacta sensiblemente a nuestra radiofonía donde desaparecen las empresas con menor capital financiero y se concentra la propiedad. En ese entorno, los concursos de aficionados artísticos dejan de ser una práctica aislada de algunas emisoras para convertirse en estrategias mercantiles que mediante la contratación ulterior de sus ganadores, potencia al talento cubano y a la par elude las relativamente altas tarifas radiales exigidas por los artistas de renombre o por los extranjeros radicados aquí.

El primero de diciembre de 1937, desde sus estudios en Monte y Prado, la CMQ Radio estrena La corte suprema del arte, el primero de gran magnitud que produce un verdadero fenómeno comunicativo en toda nuestra sociedad.

Se concibió como un programa habitual semanal pero muy pronto devino el primer movimiento nacional de aficionados al arte. Su boom   llego al punto de que en corto tiempo, sus eliminatorias anuales se realizaban ya en el Teatro Nacional –hoy García Lorca- el más importante escenario teatral cubano.

Sus organizadores ni siquiera avizoraron que sería una de las prácticas mediáticas  más perdurables y que – aunque menos conocidas- tendrían continuas replicas en nuestra radiofonía;  donde nutrió especialmente a la actuación, la interpretación vocal y la locución hasta 1959.

El surgimiento  de la televisión a partir de octubre de 1950, marca otro de sus momentos  importantes. La imagen -según la tendencia vigente- demandaba juventud, belleza y carisma-  y el talento teatral-radial ya consolidado se enfrenta  a una competitividad que no favorece a muchos.  

Desde entonces -aunque no era la única fuente de actores, actrices, locutores y animadores- ambos soportes electrónicos alternaron su talento profesional con el amateur  que acudía a dichos eventos y que al resultar ganadores, contrataban por tarifas ínfimas. Por añadidura, la  popularidad alcanzada por estos hombres y mujeres en el largo proceso de eliminación, transfería su imagen pública positiva a la planta en cuestión y generaba más ganancias.   

La Revolución cubana de 1959 y sus transformaciones propulsaron de alguna manera la emigración de muchos artistas y especialistas de los medios de comunicación.   

La fundación en 1962, del Instituto cubano de radiodifusión[1] – donde se integraron los sistemas radial y televisivo cubano- incrementó la demando de personal especializado y una vez más;  recurrimos a estos concursos para cubrir el ambicioso proyecto de nuestra radiodifusión que a la par que se concentraba,  se expandía hacia las zonas más recónditas del país.

El triunfo revolucionario no solo significó una conquista social integral sino un magno  proyecto cultural:

Tras la Campaña de alfabetización iniciada en 1961 -que en tiempo record barrio al analfabetismo en el país- se incrementan a velocidad vertiginosa: las aulas en todos los niveles de enseñanza, la capacitación de miles de jóvenes campesinos y citadinos antes excluidos, la creación y consolidación del sistema de instituciones culturales que catapultan a las artes o las letras -entre otros el Instituto de arte e industria cinematográficos-, la fundación de una red de centros de enseñanza artística financiada por el Estado y el deporte masivo como derecho del pueblo.    

La programación de la radio y de la televisión que desde el propio 1959, había comenzado a reconvertir sus temáticas, géneros y formatos; amplifica la información como vehículo de formación y prevención; la propaganda para defender el programa del Gobierno Revolucionario y muchos proyectos mediáticos complementan los planes de estudio del Ministerio de Educación – niveles básicos- y de la enseñanza superior; dando prioridad a los públicos mayoritarios.  

Paradójicamente, en medio de esta profunda y vasta revolución cultural que genera el acceso gratuito a la educación y a la cultura surge en nuestra política sectorial una tendencia donde priman el ostracismo y las perspectivas reduccionista y excluyente gestora de nefastas decisiones como la censura al consumo de los géneros musicales foráneos.

Cuando felizmente esta mirada queda atrás, se despierta una avidez musical desmesurada por las producciones extranjeras que finalmente desplaza a las expresiones artísticas autóctonas en las preferencias de gran parte de las nuevas generaciones.

En la medianía de los setenta, cuando comprendimos la necesidad imperiosa de rescatar nuestras raíces culturales, una vez más la radiodifusión recurrió a los concursos de aficionados artísticos que por varios años propagaron las esencias de nuestra música y de nuestro baile. Por ello,  Todo el mundo canta y Aprendiendo a bailar, devinieron  paradigmas mediáticos-culturales.

A Todo el mundo canta lo nutria el vasto Movimiento de aficionados al arte que en  cada municipio cubano seleccionaba a ganadores que gradualmente transitaban por el certamen provincial y de este, al nacional. A la competencia semanal,  mensual y finalmente, anual del programa televisivo en cuestión llegaban quienes cumplían los requisitos más exigentes en cuanto a la calidad de la voz, la interpretación, el fraseo y el dominio escénico.

Ya en 1979, la competencia-programa audiovisual durante su quinta edición anual  otorgo  cuatro premios de interpretación a los solistas – con sus correspondientes menciones-; tres premios a las agrupaciones musicales  y tres a los grupos vocales.

Como consecuencia normal del desarrollo artístico del país, progresivamente aumenta el número de concursantes finalistas con estudios musicales y la complejidad de la selección demanda mayor calificación del jurado. Por ello en 1979, notorias personalidades del vasto universo musical cubano como Concepción More, María Álvarez Ríos, Omara Portuondo, Irma Larín, José Luís Pacheco, Raúl Camayd, Lázaro García y Guillermo Morffi lo integran y lo preside Rey Montesinos.

Los concursos Adolfo Guzmán organizados por nuestro Instituto, dieron continuidad a la misión encomendada a Todo el mundo canta y ambos, forjaron a sucesivas hornadas de cubanos de diversos sexos, edades y profesiones que revitalizaron los múltiples géneros de la música cubana.  

Hoy, transcurridos catorce años del siglo XXI, el panorama musical cubano presenta un rico  y amplio espectro de formatos, géneros o instrumentos de altísima competitividad internacional por su predominio de integrantes egresados universitarios. La cifra total de vocalistas o instrumentistas  hombres y mujeres que profesionalmente se dedican hoy a la música,  alcanza niveles exorbitantes en nuestra sociedad.

A ello habría que sumar una cifra considerable de aficionados a la música que se consagran a ella durante decenios sin cobrar por su labor – y hasta mantienen espacios habituales en instituciones oficiales de nuestra red cultural-  sin siquiera lograr la oportunidad de una audición en nuestras agencias artísticas encargadas de otorgar su categoría profesional. 

Los concursos de aficionados al arte – una de las más longevas y exitosas topologías de programas en nuestra radiodifusión- no responden a motivaciones creativas sino a  estrategias mercantiles, comunicativas o culturales emanadas de un momento histórico concreto determinado donde surge una necesidad económica, artística o patrimonial. 

Por eso me pregunto: 

¿Qué razón objetiva sustenta hoy que en nuestra televisión, proyectos como A puro corazón,  inserte en su formato un pequeño concurso de aficionados al canto?

¿Qué razón explica que uno de nuestros canales educativos difunda  una convocatoria pública por el Canal Habana, para captar talentos musicales a presentarse en un  programa regular? 

Creo que esto merece una reflexión.

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