El ruido mata lentamente

Y es que estos actos pierden su esencia cotidiana, cuando nos enfrentamos a manifestaciones escandalosas desagradables, gritos, equipos de música o radios a todo volumen, la estridencia de claxons y motores de vehículos, en fin, una amalgama sonora que cada día mata lentamente nuestra salud.

El desarrollo tecnológico imparable, y el crecimiento desmesurado de las ciudades, junto a otras actividades humanas, traen consigo el incremento de los niveles de decibelios que el aparato auditivo de un ser humano es capaz de soportar.

Como cualquier señal acústica audible, el sonido atraviesa el oído externo, luego el tímpano y el oído medio y finalmente, produce un estímulo sobre unas 25 mil células nerviosas presentes en la cóclea ó caracol del oído interno, las cuales poseen vellos muy delicados o cilios, cuya excitación y relajación forman parte indispensable de nuestra capacidad de oír.

Los perjuicios varían desde trastornos puramente fisiológicos, además de la pérdida progresiva de audición, hasta los psicológicos, al producir una irritación y un cansancio que provocan disfunciones en la vida cotidiana, tanto en el rendimiento laboral como en la relación con los demás.

Las consecuencias de la contaminación acústica son varias: interferencias en la comunicación, perturbación del sueño, estrés, irritabilidad, disminución de rendimiento y de la concentración, agresividad, cansancio, dolor de cabeza, problemas de estómago, alteración de la presión arterial, alteración de ritmo cardíaco, depresión del sistema inmunológico (bajada de defensas), alteración de los niveles de segregación endocrina, vasoconstricción, problemas mentales, estados depresivos, entre otros.

Pero lo más complicado del asunto es que la percepción del ruido es subjetiva, y cada quien lo vive de manera diferente, por lo que no todas las personas sienten las molestias por igual.

Estudios médicos y científicos de rigor dan cuenta que entre sus efectos más significativos están los siguientes:

Efectos físicos: las reacciones fisiopatológicas, son aquellas que afectan físicamente al organismo en sus funciones y entre ellas, cuando los ruidos producen más de 60 decibelio, las más frecuentes son: aceleración de la respiración y del pulso, aumento de la presión arterial, disminución del peristalismo digestivo, que ocasiona gastritis o colitis, problemas neuromusculares que ocasionan dolor y falta de coordinación, disminución de la visión nocturna, aumento de la fatiga y dificultad para dormir, entre otros.

Se ha comprobado que los niños sometidos a ruidos constantes y fuertes poseen unos niveles más elevados de tensión arterial que aquellos que no lo están y que este estado suele continuar con la madurez, posibilitando un mayor índice de enfermedades cardiovasculares.

Numerosos estudios concluyen que un ruido constante por encima de los 55 decibelios produce cambios en el sistema hormonal e inmunitario que conllevan cambios vasculares y nerviosos, como el aumento del ritmo cardíaco y tensión arterial, el empeoramiento de la circulación periférica, el aumento de la glucosa, el colesterol y los niveles de lípidos.

Además, repercute en el sueño produciendo insomnio, lo que conducirá a un cansancio general que disminuirá las defensas y posibilitará la aparición de enfermedades infecciosas. (Una exposición constante por encima de los 45 decibelios impide un sueño apacible).

Efectos psicológicos: entre éstos mencionaríamos el estrés, insomnio, irritabilidad, síntomas depresivos, falta de concentración, rendimiento menor en el trabajo, etc. Entre los que sufren mucho las consecuencias se encuentran los escolares cuya falta de concentración, incluso en las propias casas, hace que tengan un rendimiento escolar más bajo.

Efectos sociales: problemas en la comunicación, aislamiento. Ante la incapacidad de comunicarse adecuadamente el organismo tiende cada vez más a evitar la comunicación.

Entre las reacciones inmediatas al ruido están: la dilatación de las pupilas, la contracción de los músculos que se ponen tensos y dolorosos, sobre todo los del cuello y espalda, taquicardias, movimiento acelerado de los párpados que se cierran una y otra vez, agitación respiratoria y disminución de la secreción gástrica que dificulta la digestión, además hay una menor irrigación sanguínea y una mayor actividad muscular.

En enfermos con problemas cardiovasculares, arteriosclerosis o problemas coronarios, los ruidos fuertes y súbitos pueden llegar a causar hasta un infarto y en los enfermos de diabetes, la elevación del azúcar puede ocasionar estados de coma y hasta la muerte.

Con respecto a las reacciones del sistema circulatorio, una de las más frecuentes se produce en los vasos sanguíneos de los dedos que se tensan y en las sienes lo que puede ocasionar dolor de cabeza.

Pero de todos los efectos dañinos conocidos, la pérdida de audición es el más generalizado respecto a una contaminación sonora excesiva.

Pero el ruido nos rodea y no es fácil escapar de él. Desde el ruido ambiental a los ruidos domésticos, el tránsito, el vecino practicando con su nueva guitarra, la televisión, los juegos para PC, los enormes bafles a todo volumen, máquinas y accesorios…

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), se precisa un nivel sonoro inferior a 30 dBA para conciliar el sueño. Si se superan los 45 dBA -aún de modo esporádico como el ruido de tránsito o las voces de nuestros vecinos-, el ruido no permitirá un descanso reparador.

Si no dormimos bien no vivimos a plenitud, nuestra salud puede resentirse, bajar nuestras defensas y sobrevenir enfermedades. Sin embargo, el ruido diurno puede ser tan peligroso como el nocturno, ya que es un factor coadyuvante del estrés.

Tanto las normas internacionales como las de muchos países coinciden en establecer en 85 dBA el límite del nivel sonoro para una exposición de 40 horas semanales de modo de no perder la capacidad auditiva a lo largo de los años. Si bien puede constatarse fácilmente este valor en el puesto de cada trabajador, ¿se respeta cuándo éste cesa su jornada?

Pero, a sabiendas de que el exceso de ruido es un enemigo mortal, lo más importante de todo es cuidar nuestra capacidad auditiva como sinónimo de calidad de vida. El sonido no es sólo información, es comunicación y, por supuesto, es placer.

El oído es un órgano delicado y frágil. Expuesto a ruidos intensos y continuos, su vida útil disminuye y por ende, perdemos nuestra capacidad de maravillarnos y disfrutar de los fenómenos sonoros que nos rodean.

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