Lotería Nacional en Cuba

Recuerdo muy bien: eran billetes de un papel grueso, con un número grande en el medio, del cual se imprimía 100 pedazos, cuyo precio era de 0.25 centavos cada uno.

Proliferaba el «billetero»; naturalmente era un pobre hombre que recorría las calles portando un gran cartón donde exhibía algunos números, y cuya ganancia personal le alcanzaba escasamente para comer algo; ocupaba algo así como un peldaño más en la escala de la pobreza, por encima de los mendigos que, en las esquinas de cualquier calle o en las portadas de las iglesias, pedían alguna moneda. También estaban las criadas a las que no se les pagaba salario, solo eran contratadas por la comida y alguna que otra ropa en desuso.

Dentro de ese marco de desesperanza, es natural suponer que la Lotería Nacional constituía algo así como una pequeña tablita de salvación en un mar embravecido, la oportunidad de los muchos en trasladarse a las filas de los pocos, es decir, los mismos que a diario los explotaban y eran el motivo principal de su injustificada pobreza.

Llegué a escuchar cientos de veces la misma frase «si Dios quiere», de modo que el Supremo hiciera algo para hacerlos salir de la desventura. Por favor, ningún muchacho o muchacha crea que lo dicho hasta aquí es exageración, porque los respeto mucho para incurrir en tal ofensa; deben tener la certeza de mi incapacidad total para ignorar su inteligencia.

Claro, es muy fácil adivinar. Como les dije, mientras la gente pobre del barrio compraba uno o dos pedazos de billetes y se encomendaba a todos los santos para que el número saliera premiado; los señores que integraban la burguesía nacional compraban los 100 pedazos, es decir, el billete completo.

Pero también entretenían su ocio en la ruleta de casinos lujosos donde despilfarraban una fortuna, con la certeza de recuperar mientras ostentaba el título «honorífico» de explotador. Por tanto, surge una fórmula simple, tan cierta como macabra: eres rico porque existen pobres; y si no hay pobres no hay ricos. En definitiva, la Lotería Nacional fue un negocio más para engrosar las arcas de los poderosos.

No me gustaría concluir sin mencionarle algo que, en aquella época, fue muy comentado. Pero antes aclaro que no lo aseguro, pero tampoco lo dudo, si tengo en cuenta las características de aquellos tiempos: corrían las mismas frases de boca en boca: «¡alabao caballeros, el premio gordo», «qué descaro señores». La Primera Dama de la República había ganado, nada más y nada menos, que el PRIMER PREMIO de la Lotería Nacional.

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