Martí inmenso vive

¿Será mi incapacidad para encontrarlas, o será que ni siquiera las palabras logran honrarlo? Entonces, aunque él mismo no lo quiera, -le pido perdón-decido su propia definición en un pequeño fragmento que escribió en Yugo y Estrella, inigualable obra del Maestro Mayor de los cubanos:

Dame el yugo, oh mi madre, de manera

Que puesto en él de pie, luzca en mi frente

Mejor la estrella que ilumina y mata.

¡Que verdad tan grande!, siempre quiso el sacrificio por encima de su bienestar; mejor para él la estrella con decoro que el yugo cómodo, pero innoble. Y en ese batallar constante, padeció hasta el infinito, conoció de vejámenes humanos, y desdeñó el sosiego personal para asumir riesgos, lesiones del cuerpo, ingratitudes, y tantas y tantas cosas que invitaban, perennemente, a la renuncia de su quehacer patriótico. Sin embargo él, erguido y sin desmayo, continuaba bregando en su afán de engrandecer a su entonces sufrida patria.

Ahora, frente al teclado, siento la necesidad –sin el estéril formalismo que ofende cuando se trata de Martí- de dedicarle humildísimo homenaje, con la certidumbre de ser una tarea bien difícil para este modesto hombre que lo intenta.

Pero el ánimo se me anima pensando que más vale la sinceridad de un hombre inculto que la hipocresía de un erudito. Y a cumplir con mi deseo me decido con osadía. ¿Cómo lo cumpliré?, pues refiriéndome a una sola de sus virtudes, es decir, su altísimo sentido de la independencia, que incluso, va mucho más allá de nuestras costas y se riega, como manto bienhechor a las hermanas repúblicas. Vea usted lo que asegura: “…con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro del llanero”, “el gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma de gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país”, “el desdén del vecino formidable que no la conoce es el peligro mayor de nuestra América”.

Y al referirme a la frase “altísimo sentido de la independencia”, obviamente me refiero a una de sus mayores virtudes, el anti imperialismo, el que, por su propia naturaleza, niega ese derecho sagrado de los pueblos. Y ese decoro  siempre lo lleva en la frente como estandarte de sus grandes virtudes, es precisamente el que la “gran” prensa, del “gran” mundo insiste en ignorar, para suplantarlo solo por  una imagen de poeta, romántico, idealista y pensador. Sin embargo, son verdades, pero anémicas de su personalidad, la que va más allá para encumbrarse como un verdadero paladín de las obras más nobles de esta humanidad, y todo ello con una virtud sorprendente: ser un visionario que asombra, el mismo que predijo todo lo que ha acontecido, y acontece,  en nuestra América; el que unió voluntades para el logro de la obra mayor.

Maestro, discúlpeme si estas letras no lo definen en toda su entereza humana. Pero créame que, desde siempre, y hasta mi último aliento de vida,  seguirá presidiendo mi trabajo humilde, obsesionado por destacar su ejemplo. En cierta ocasión, usted definió cómo sería su muerte, al decir “Yo moriré sin dolor. Será un rompimiento interior, una caída suave, y una sonrisa”. Sin embargo, al margen de tales palabras proféticas, le aseguro que la muerte nada tiene que ver con hombres como usted. Unos pasan a ella inadvertidos por muy diversas razones, pero otros lo que hacen, sencillamente, es acomodarse un tanto más en la cúspide de la gloria tan bien ganada.

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