Nexos culturales entre Cuba y el resto del Caribe (I)

Ese fenómeno se presenta con gran dinamismo en Cuba -a juicio de Alejo Carpentier, la primera en ser descubierta y por donde se introdujo el paisaje de América en la literatura universal- a partir del encuentro de las dos culturas, el 12 de octubre de 1492, y hasta el siglo XX, convirtiendo a la mayor de las Antillas, con el transcurrir de los años, en un gran mosaico de inmigrantes procedentes de numerosas naciones.

Por supuesto, ese proceso de siglos, representado por cientos de miles de personas con costumbres, idiomas y culturas diferentes, influyó en la conformación de la nacionalidad cubana.

Ya con el siglo XX y cuando analizamos las inmigraciones del resto del Caribe que arriban a Cuba entre los siglos XVIII y XX, se observa cómo se desarrolló, junto a los asentamientos de las mismas, primero de forma cautelosa o esporádica, y después de manera frecuente, la práctica de las diversas manifestaciones culturales procedentes de las islas que representaban.

Ellas, de por sí, producirán intercambios de culturas y procesos importantes de transculturación en el seno de la sociedad cubana.

Desde principios del siglo XVI se van a manifestar en Cuba cambios económicos, sociales, políticos y culturales como resultado de las simbiosis de las poblaciones y culturas indocubana, española y africana.

Su gran significación histórica estriba en que, en esta primera etapa, comienzan a aparecer cambios que tendrán una repercusión decisiva en el desarrollo posterior de la Cuba colonial, así como en la integración de la nacionalidad cubana.1

La historia de la nación cubana está indisolublemente vinculada a la fusión que durante siglos produjo la innegable presencia de indios, españoles, africanos y migraciones diversas que propiciaron, en el curso de diferentes etapas, la cultura cubana, siendo determinante en todo ese contexto el azúcar.

Ese fruto cultural, y también racial, contribuyó, decisivamente, al nacimiento del apelativo de cubano. Al sintetizar ese proceso, el etnólogo Miguel Barnet entiende que el sistema de plantación en el cultivo de la caña de azúcar propició la unión cultural de lo que sería más tarde el cuerpo social que nos identificaría como pueblo, sobre todo en la primera mitad del siglo XIX.

Pese a la gran diversidad existente entre las islas caribeñas, las mismas presentan varios denominadores comunes que las unen. Uno es de carácter histórico, como la desaparición de sus civilizaciones indígenas por las potencias colonialistas europeas: el otro, la cultura. De igual forma, el régimen económico unificador del Caribe como región cultural sería el de la plantación.

Los países del Caribe tuvieron desarrollos históricos distintos a partir de la introducción de la economía de plantación.

Tardíamente esta se instauró en las colonias españolas, lo cual se efectuó terminando el siglo XVIII, mientras que en los territorios bajo control de Inglaterra, Francia, Holanda, Suecia y Dinamarca, se hace presente la plantación en el siglo XVII.

Desde el punto de vista etnocultural, la región del Caribe se «extiende desde las costas sudamericanas de Guyana, Venezuela y Colombia, pasa por las de Centroamérica y la saliente de Yucatán, continúa con la costa bañada por el golfo de las Antillas hasta la península de la Florida, Bahamas, Antillas Mayores y sigue por el gran arco de las islas, islotes y cayos del conjunto antillano caribeño del Este».2

Roberto Fernández Retamar, presidente de la Casa de las Américas, califica de aberración llamar «descubrimiento a la llegada de un grupo de europeos a un Continente donde había millones de habitantes»,3 momento de coincidir unos con otros.

Fue un proceso enriquecido por disímiles elementos culturales llegados de numerosos puntos del planeta, lo que acontece en Cuba a lo largo de siglos.

Para los traídos forzosamente de África, «la palabra, y lo que la música tiene de esta, de canto, conjuro, fórmula mágica, sortilegio verbal, fueron elementos que lo acompañaron como armas de defensa e instrumentos de expresión y como vehículos para insertar las culturas africanas en el proceso de integración americana».4

Por ello, ante cualquier análisis retrospectivo o actual, se debe tener en cuenta la lucha y resistencia del negro africano esclavo para hacer sobrevivir lo poco que le quedó después de haber sido arrancado de sus raíces culturales, de su real madre patria, de África.

Además, Cuba debe mucho a los cientos de negros esclavos la construcción de caminos, villas, fortalezas, ingenios azucareros y obras de infraestructura.

En el ámbito cultural, Cuba fue un escenario donde se produjo una innegable confrontación entre las dos más grandes inmigraciones que llegaron a sus costas, o sea, la española y la africana.

Desde entonces, y como aconteció en otras regiones en el mundo, el Caribe fue otro de los escenarios en que la migración complementó la expansión del comer-cio y la economía, contribuyó a crear naciones y territorios, nutrió la urbanización, abrió nuevos escenarios a la producción y aportó sustancialmente a los procesos de cambios sociales y culturales.5

Si bien el negro africano debió enfrentarse a un modo cultural totalmente diferente al que él conocía, con el tiempo esa contradicción se ampliaría, debiendo ceder, más, ante un proceso cultural americano que se gestaba con gran fuerza, aunque con raíces españolas. En la medida en que el negro africano se unió a ese proceso cultural americano, sus propios intereses fueron transformándose o adaptándose en ese campo.

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