Nostalgia por los caballos

Lo que nunca pude imaginar fue que en la noche de estreno, exactamente a esa hora, diluviaría en La Habana donde truenos y rayos iban a dificultar la recepción de la señal en el viejo radio de mi casa. No obstante, la severa tormenta no me cortó la profunda emoción de entrar a la familia radial cubana sonando, a toda intensidad, truenos por todas partes.

De entonces acá han pasado algo más de 40 años: miles y miles de cuartillas escritas para este medio de comunicación masiva a través de radionovelas, programas costumbristas, de conocimientos culturales, históricos, dirección de programas y publicidad y un etc más largo que el Prado cienfueguero. La Radio me ha tocado por dentro y por fuera con esa magia especial de imaginar con el oído lo que los ojos no pueden ver. La Radio, en dos palabras, es el arte de hurgar el alma en una comunión de dos.

Alguien una vez me preguntó  (o tal vez yo mismo lo hice) a partir de qué momento la  Radio se hizo parte de mi vida. No tengo que pensar apenas la respuesta. La pasión diaria de escuchar Los tres Villalobos  y dejarme ganar plenamente por la realización artística  de diálogos y actuaciones impecables, movimientos, planos, música, efectos, una narración que te permitía ver las acciones en cinemascope y sobre todo, los efectos de caballos, solos o  agrupados, alejándose o acercándose, o golpeando la tierra parados en el mismo sitio. Eran efectos que me fascinaron y muchas veces los imité con dos cocos secos. A tal punto me fascinó aquel recurso radial que pensé si un día me convierto en escritor de Radio pediré, cada vez que la ocasión se me presente, los efectos del galope o trotar suave de tan noble animal. Secretamente me pude deleitar a lo largo de estas casi cuatro décadas de trabajo cuando tecleaba en EFECTOS: CABALLERIA A TODO GALOPE BAJA A FONDO DE.

Siempre llamado a este mecanismo que me introdujo en la Radio Nostalgia por los caballos.

Ahora, cuando estamos rumbo al 2010, año en que se cumplirá  el Aniversario 88 del  surgimiento de la Radio cubana, me viene a la memoria un nombre esencial de las letras hispanoamericanas  y la Radio en nuestro país: Alejo Carpentier.

Con motivo de conmemorar el natalicio del ilustre escritor, nacido en la calle habanera de Maloja, en 1904, la Dirección de Programación de la Radio y la Dirección de Radio Arte unificaron fuerzas para llevar a los oyentes cubanos un acercamiento a la vida y a la obra del autor de El siglo de las luces . Me tocó en suerte que se depositara en mis manos la propuesta de escribir la radionovela que diera respuesta a la idea conjunta que finalmente se estrenaría en el mes de Diciembre de 2004 a través de las frecuencias de la Emisora CMBF Radio Musical Nacional. Sin embargo, más allá de la importancia que tuvo mi obra  titulada Alejo y el tiempo, en 40 capítulos de 20 minutos cada uno, lo importante y trascendente en mi vida de hombre de Radio fue, en primer lugar, adentrarme de manera sostenida y profunda en todas las obras publicadas de Carpentier y, sin duda alguna, sostener memorables encuentros con Lilia Esteban, la esposa que escogió desde 1941 Alejo  y quien lo acompañó  hasta el último momento de su vida.

Rindo mi homenaje a la Radio cubana presentando a los lectores una  entrevista a esta vital mujer (ya fallecida) que conservó la memoria de Alejo con el desenfado personal de la meticulosidad y lo hago, además, para agradecerle al ilustre escritor que, tras laborar varios años en la Radio de Francia, desplegó, a su regreso a Cuba entre 1939-1945,  una actividad radial de lujo: escribió, produjo y dirigió programas radiales de corte histórico y cultural que acentuaron, es una verdad insoslayable, una nueva forma de hacer Radio junto al empleo de la música como apoyo dramático.

Creada el 15 de octubre de 1993 con el patrimonio donado por la señora Lilia Andrea Estéban de Carpentier y por el Estado Cubano, La Fundación Alejo Carpentier es una institución, no gubernamental. Tiene carácter autónomo  y colabora en el desarrollo de la cultura cubana, mediante la promoción y apoyo de proyectos que preservan la identidad nacional y,  en lo fundamental, proyecta y engrandece la vida y la obra, nacional e internacionalmente, del prosista cubano más universal.

En la calle Empedrado, en la Habana Vieja, justo a unos pasos de la singular y famosa Bodeguita del Medio, sitio bohemio preferido por artistas y escritores que han dejado en sus paredes, desde décadas atrás, y al son del buen y tradicional trío cubano, los garabatos que dictaron frijoles negros, mojitos y nostalgias, se ubica, en una casona colonial llena de luz y fantasmas, el espacio marcado para mi entrevista con la viuda del escritor de Los pasos perdidos.

Sobre las nueve y treinta de una mañana primaveral de 2004 nos encontramos. Un amplio despacho: fotos de Carpentier, libros de sus novelas publicadas en varios idiomas, papeles, archivos…lo que visualmente  queda de la vida.

-¿Té?.

-Sí…-Y cinco minutos después una asistente hermosa, amable y muy joven  entró a la oficina con sendos vasos humeantes. Entre nosotros una mesa de trabajo amplia y bastante organizada para el gusto de ella. Nunca nos habíamos visto  y como dos fieras civilizadas pero al acecho, nos mirábamos, de vez en cuando, como midiendo capacidades, debilidades y fuerzas. Lo primero que hice fue sonreír suavemente para que fumáramos la pipa de la paz antes de la guerra. ¿Qué edad tenía?…¿geniosa? ¿autoritaria?…..¡En fin…el mar¡. Aquí estaba yo y allí estaba ella. Cada cual defendiendo su territorio, supongo. De pronto, sin venir al caso, me dijo unas palabras que me abrieron las puertas: “Mire, a mi sólo una persona me puede dar órdenes en este país y se llama Fidel Castro, pero él nunca me ha dado ninguna”. Entonces bebí el té con mayor placer, en tanto, me decidía por la primera pregunta de lo que fue una entrevista suave, cordial, anecdótica,…una entrevista de las que se queda como un soplo en la memoria, o acaso el aletear de un pájaro que se esconde al atardecer entre los  profundos refugios de las casonas restauradas o en aquellas martirizadas por los palos que aún sostienen sus andamiajes. En aquel momento iniciaba yo mi investigación de primer nivel para poder escribir posteriormente para la Radio cubana la novela Alejo y el tiempo que en 40 capítulos trató de atrapar la vida y la obra del ilustre escritor y que se y transmitiría en el aniversario cien de su nacimiento para todo el país por la Emisora Nacional  CMBF conmemorando

-¿Cuál es el recuerdo más recurrente que usted tiene de Carpentier?-

– No sé bien…tal vez verle siempre entre papeles y papeles…escribía mucho, rompía mucho. En la noche yo entraba a su despacho de trabajo y en el cesto de papeles  se amontonaba una montaña…

-¿En qué año se casaron ustedes?-

-En 1941, en El Cotorro, en La Habana. La boda fue escandalosa para mi familia que era católica. Nos casamos a las 8 de la mañana en la iglesia de Santa María del Rosario, que fue, por cierto, la primera iglesia barroca que Alejo vio en su vida. En realidad yo fui la tercera esposa que él tuvo …ah, y un dato curioso…el día del  casamiento entramos  por el fondo de la iglesia…toda una locura. De todas maneras le agrego que  él fue muy amigo de mi familia y visitaba regularmente mi casa.

-¿Carpentier era tímido?

-Si,  lo era.

-Se habla,  con cierta recurrencia,  de la forma de hablar de su esposo…digamos la pronunciación de las palabras…¿a qué se debió?

-El arrastraba la “r” por haber estudiado el francés en la patria de su padre.

-¿Qué recordaba él sobre su padre?

-Su padre un buen día se fue de Cuba y lo dejó a cargo de su esposa, una rusa que finalmente moriría en Cuba en l962 y sus restos están en el mismo panteón que Alejo. El padre de mi esposo, de origen francés y todo un señor arquitecto, influyó muchísimo en su hijo en su formación cultural y como ser humano…pero, ya le digo…marchó a un país de América Latina y sólo en una oportunidad escribió. Finalmente Carpentier no recuerdo que hablara más de él.

– Carpentier  padeció de asma. ¿cómo se enfrentó a ella?

-Le ayudó enormemente nadar…donde quiera que había un charco de agua él se tiraba. El asma y las alergias al final de su vida no lo mataron, fue el cáncer.

-Hablemos de sus gustos personales…

-Si hablamos del vestir a él le gustaba sobre todo el pantalón largo y una camisa  de manga corta, a tono con el Caribe. Era buen cocinero, como lo era también Wilfredo Lam, nuestro amigo…leía hasta la saciedad, escuchaba música, le  gustaba  ir a los conciertos. Y si algo no le gustaba era escribir memorias. Tampoco le gustaba invitar a escritores a la casa pues decía que sólo hablaban de sus proyectos…prefería la presencia de amigos músicos. El gusto más arraigado en él era levantarse al amanecer y escribir sus tres cuartillas diarias, no más, decía que eran suficientes.  Escribía a mano, siempre a mano y con una letra horrible, muy difícil de entender, y suerte que después la pasaba a máquina. Carpentier no hablaba nunca de lo que estaba escribiendo. Era su secreto. Su íntimo secreto.

-¿Qué amigos cubanos distinguió?

-Nicolás Guillén y Wilfredo Lam. El fue amigo de sus amigos. En una ocasión ayudó junto a Lydia Cabrera a Wilfredo Lam que vivía en muy malas condiciones en una azotea de una vieja casa en la barriada habanera de Lawton. Recuerdo que Lam hablaba muy cómico. En esa etapa el pintó su celebre cuadro “La silla”, que yo se lo compré en aquella oportunidad por trescientos dólares, pintura que con el tiempo donamos al Museo Nacional, como también mi esposo donó toda su papelería  a la Biblioteca Nacional de Cuba. Aprovecho para decirle que Lam pintaba tirado en el piso, por eso, creo yo, pintó La silla que no tenía. El no tenía dinero para pintar en tela…imagínese qué miseria por entonces.

-¿Qué valoración hacía Carpentier sobre sus años de trabajo en la radio francesa, cubana y venezolana?

-Esas etapas las vivió intensamente desde el punto de vista de su formación intelectual y de su desarrollo artístico. De la Radio vivió muchos años. Ahí se ganó los frijoles, por eso yo respeto tanto a las personas de la Radio, como es usted, porque Alejo fue un hombre de Radio. Aunque quiero agregar algo más…para mí Carpentier fue un periodista.

-Ahora que hablamos de Alejo Carpentier creador… ¿No fue poeta?

-No…él me decía que la poesía era cosa muy seria.

-A él ¿qué le gustaba más de Cuba?

-La ciudad de La Habana…era su pasión….no había en el mundo para él otra ciudad más bella como ésta…bella y misteriosa.

-¿Usted fue la que encontró sin vida a su esposo?

-Sí…fue por la noche…después de un día de intenso trabajo lo encontré en su despacho ya sin vida.

-Ustedes vivieron en Venezuela catorce años hasta 1959…¿por qué regresaron a Cuba tras el triunfo de la Revolución?

-Fidel Castro fue a Venezuela tras el triunfo de la Revolución  en ese mismo año y aquello fue una locura…no dormíamos….era ir para aquí y para allá…..actos…encuentros…..qué sé yo…Fidel es inagotable…al final yo estaba exhausta y me dice Alejo: bueno, prepárate ….y yo digo menos mal…vamos a casa a descansar, y entonces él agrega  : A casa no, nos vamos para Cuba .y regresamos con cuatro libros y sin dinero en los bolsillos. Esa era la magia de la Revolución. El resto es historia conocida.

-Carpentier  ¿tuvo amistad personal con el Che?

-No.

Los restos de un té frío escucharon  mis  últimas preguntas:

-¿Qué sueño literario no pudo cumplir Carpentier?

-No pudo terminar su novela sobre Pablo Lafargue, el santiaguero que se casó con una hija de Carlos Marx.

-¿Cuál es a su juicio la mejor novela que escribió Carpentier?

– La consagración de la primavera.

-Por último… ¿cómo asume usted, a más de cien años del nacimiento de Carpentier  su gloria como escritor? .

-No soy dada a los elogios que él pueda merecer. Como escritor me gusta pero más me gusta Jorge Luis Borges. De todas maneras no hay papel más horrendo que hacer de viuda.

Una entrevista se sabe que terminó cuando el entrevistado congela una tenebrosa sonrisa entre sus labios y mueve algunos papeles sobre su mesa de trabajo o incluso concluye con su vaso de té.

Al salir de la casona colonial la mañana olía a jazmín y un sol aparente se escondía entre las nubes…yo respiré tan profundo que me cupo en el pecho más de cien años de tiempo y memoria….en el bodegón cercano un bolero bien lagrimoso atraía la curiosidad de los turistas y me despertaba viejos recuerdos de una noche inolvidable, entre poetas y escritores, a la que nos convocó Nicolás Guillén a raíz de la premiación del Concurso “David”, 1971.

La vida, como se aprecia, incluye también la nostalgia por los caballos.

 

 

 

 

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