Mireya Ojeda, al ritmo de la vida
Nos conocimos hace mucho tiempo, en los años setenta cuando, más jóvenes de lo que aún somos, soñábamos con las bondades de una edad de rosa pródiga. Ya Mireya volcaba en sus quehaceres periodísticos esa pasión y entrega que hoy siguen caracterizándola, y quien escribe, vivía soñando un futuro de vida plena en la Radio; pues siendo estudiante, colaboraba voluntariamente en el medio.


Cuando Fidel anunciaba en sus Palabras a los Intelectuales, en junio de 1961, la creación de la Asociación de Escritores y Artistas, devenida en Unión de Escritores Artistas de Cuba al año siguiente, alertaba sobre la utilidad de la organización para los intelectuales, en aquella ocasión expresó: “Es decir que va a haber algo que debe ser motivo de tranquilidad para todos y es conocer el interés que tiene el Gobierno por los problemas y al mismo tiempo la oportunidad que va a haber en el futuro, de discutir en asambleas amplias todas las cuestiones. Nos parece que esto debe ser un motivo de satisfacción para los escritores y para los artistas y con ello nosotros también seguiremos tomando información y adquiriendo mejores conocimientos”.
En cierta ocasión afirmé algo de lo que estoy absolutamente convencido: los medios de comunicación del mundo rico funcionan como verdaderos lacayos o cancerberos del poder económico, siempre dispuestos a la mentira y la distorsión para lograr el ansiado oro del amo, no importa si en el empeño se renuncia al decoro, la ética y la vergüenza. A ultranza siempre dispuestos a enaltecer y promover las sociedades en las que el consumo –aún cuando sea superfluo y desenfrenado- se convierte en una meta prodigiosa de bienestar.
Este bochorno de los medios de comunicación que se hace llamar Radio Martí, pareciera como que siente orgullo de ser lo que es: un emporio de maldad; sus integrantes, fieles servidores del imperio, no tienen el más mínimo reparo –y ni hablar de ética- para mentir desfachatadamente o, en otros casos, propalar medias verdades; en el caso de las mentiras pueden llegar a ser ridículas y hasta risibles si no fuera por lo ofensivas que son.