El tiempo invisible: el otro personaje

El tiempo invisible es otro personaje que garantiza la memoria en los oyentesEl tema que les propongo de inmediato pudiera tener puntos de contacto con el ciberespacio.  Sobre todo si asumimos el concepto de lo invisible-visible.

Y nuestros amigos lectores, asiduos a estas páginas de la mejor cultura radial de nuestro país, se estarán preguntando a dónde rayos pretendo llegar con estas curvas peligrosas en la carretera. Y por supuesto, nada de magias, ni trucos de circo. Me voy a referir, al fin y al cabo, al llamado tiempo invisible que andan y/o desandan los que escriben para la Radio.

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Fidel, Obama y la guerra que no debe hacerse

Los medios corporativos del gran capital repiten como si fuese una verdad consabida: “los revolucionarios son violentos” y los que abogan por mantener el status quo -es decir, los capitalistas–, “son tolerantes”, y están en disposición de estrechar la mano del adversario. Como que aquellos suelen ser o representar a los poderosos, el concepto de “paz” es reducido a la aceptación por el oprimido de su condición, y en caso extremo, a la búsqueda de formas menos evidentes o más eficaces de explotación. ¿Sería capaz el capitalismo -su expresión más radical: el imperialismo–, de actuar en el bien de la Humanidad, de trascenderse a sí mismo?

Hoy asistí a un acontecimiento trascendental: el revolucionario vivo más emblemático del siglo XX e inicios del XXI -un hombre que dentro de unos días cumplirá 84 lúcidos años–, alertaba sobre el peligro de una nueva guerra mundial, explicaba las consecuencias tremendas que tendría la conflagración, esta vez casi inevitablemente nuclear y se dirigía al Presidente del estado imperialista más poderoso del siglo XX e inicios del XXI, con la esperanza de que entendiera a tiempo la responsabilidad que asumía si ordenaba su inicio: “Quiso el azar que, en ese instante preciso, el Presidente de Estados Unidos sea un descendiente de africano y de blanco, de mahometano y cristiano. ¡No la dará!, si se logra que tome conciencia de ello. Es lo que estamos haciendo aquí”.

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Hiroshima y Nagasaki: a 65 años de un holocausto

Aquel 6 agosto de 1945, los pobladores de Hiroshima, al suroeste de la isla nipona de Honshu, apenas despertaban. Muchos iban a sus puestos de trabajo; los niños a los colegios. Todo parecía y era – hasta un momento – normal. Sus habitantes vivían la habitual cotidianidad. Pero… repentinamente, sin que nadie lo presintiera, transcurridos alrededor de 15 minutos después de las 8 de la mañana sintieron una fuerte detonación en el centro urbano; desde entonces todo cambió para siempre.

Multimedia: Una guerra nuclear acecha al planeta cuando el mundo recuerda el lanzamiento de la primera bomba atómica

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Los signos de la radio moderna

Los filósofos de la antigüedad se preocuparon  por el lenguaje y los signos. Este punto de vista inicial nunca dejó de ampliarse y diversificarse. Hoy los que hacemos radio debemos ocuparnos de la semiótica en dos campos básicos de la comunicación. El primero en una dimensión externa, ¿hasta dónde llega el sonido, dónde se percibe esa  señal que se esparce no para el consumo social, sino individual?

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Lenguaje y creación del discurso radial

Los componentes del lenguaje radiofónico, o, dicho de otro modo, las materias primas con las que trabaja la radio son cuatro: la voz (o el lenguaje de los humanos), la música (o el lenguaje de las sensaciones), los efectos sonoros (o el lenguaje de las cosas) y el silencio. Como es lógico, el uso que se hace de estas materias varía en función del tipo de programa y, así, mientras que en un informativo predominan las voces de aquellos reporteros y locutores que relatan las noticias, en una discoteca o en una revista musical es precisamente la música la que tiene un papel protagonista.

El principal denominador común de los componentes del lenguaje radiofónico es, ante todo, el patrimonio  expresivo y su gran poder de sugestión. Utilizando sólo la voz, o sólo la música, o la voz y la música, o la voz y el silencio, o todas las materias primas a la vez, podemos lograr que el oyente se alegre o se ponga triste, que visualice en su mente un paisaje, que recree un movimiento, que sienta miedo, que se entretenga o que se aburra… Porque, en el universo radiofónico, todo es posible.

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