A quien no quiere radio…se le dan tres tazas

La radio, ¡ah, la radio! La humilde, la imbatible. Os voy a referir tres historias. Dicen que la radio se va, que se esfuma… Yo digo que se queda dentro. Resguardada, como una flama. Allí, entre las cosas que nadie puede tocar, que nadie puede apagar. Dicen que es pequeña, como si eso fuera menoscabo; que es hermana menor. Yo digo que la radio no cesa de crecer, de demostrar su estatura. Dicen que es la gran pantalla, que es la imaginación. Yo digo que llevan razón, toda la razón del mundo. La gran pantalla Ya lo he dicho, lo he contado, pero solo la mitad. Cuando al filo del mediodía, Radio Progreso anunciaba Alegrías de sobremesa, allá iba mi abuela, indefectiblemente: “Oye, ya están dando Paco y Rita”. Era sinónimo de que debía ir a la mesa sin dilación, y minutos después, emprender rumbo a la escuela. “Era la voz. Era el guión de Luberta, los efectos, la actuación. Eso bastaba para levantar un edificio”. Por esos caminos, flotando en el aire, me iba con la sonrisa de Estelvina, con la picardía del tío Simeón, con la pena de Alejito, con las palabras de Idalberto Delgado y de Marta Jiménez Oropesa, con el sombrero de Melecio y con Teté, siempre enterada de todo. Pasaron algunos años, la familia de Alegrías… tuvo sus tristezas, como toda familia. Un día decidí que no podía esperar más, ni un minuto más, y me fui a La Habana y entré al teatro. Me senté en la última fila. Y aquellas paredes que yo había levantado, aquellos colores que les había puesto, aquellas escaleras, no existían. Era la voz. Era el guión de Luberta, los efectos, la actuación. Eso bastaba para levantar un edificio. Al salir, caminé toda Infanta, tuve que hacerlo. Me fui en silencio, me fui grande, …

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100 años: Elogio de la radio

Dicen que fue con una corneta de juguete que comenzó todo, que Luis Casas Romero daba el toque de atención y tras captar el cañonazo de las nueve desde San Carlos de  la Cabaña, decía ante el micrófono: “Son las nueve en punto”. No era simplemente la hora, era un conjuro para soñar. Luego venía el pronóstico del tiempo, y a seguidas, su hija Zoila Casas presentaba una canción y narraba un breve historia infantil. Sería una corneta de juguete, sí; pero el  compositor, flautista  y director de banda Luis Casas Romero y su familia, no jugaban. Desde su casa en Ánimas 99, surcaron el aire las primeras transmisiones habituales de la radio cubana. No es que no hubiese antecedentes ilustres ―como el caso de Manolín Álvarez en Caibarién―, sino que la 2LC se convirtió en símbolo de una nueva época hace ya cien años Le han decretado  muchas muertes, pero la radio es una continua renacedora. No es hermana menor de nadie,  su estatura está probada. Es una manera colectiva de hacer arte y en consecuencia, forja lazos irrompibles. La radio reconcentra la atención:  no se distrae en edades, rostros, vestidos, gestos. Ese carácter medular, suele dar verdaderas lecciones. Cuando menciono esa palabra, “radio”, se produce el milagro. El tiempo descorre los caminos andados y aparece un niño de uniforme azul y blanco, con el arito rojo de su pañoleta en el centro del pecho. Aquel infante que conozco de cerca, sabía que cuando sonaba el espacio “Por nuestros campos y ciudades”, debía entrar al baño, y a seguidas, al filo del mediodía, cuando Radio Progreso anunciaba “Alegrías de sobremesa”, tenía que estar listo para el almuerzo, sin detenerse en el plato: ya la alegría la había puesto la radio. Minutos  después, ponía rumbo hacia la escuela. Y allá …

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Paula Villalón

“Si te aplauden, ya nunca más saldrás de allí”, le advirtió su madre a Paula. Fue profética. Paula siguió la afición de su padre, Sócrates Villalón, quien a la par de su trabajo como abogado, mantuvo una labor musical y pedagógica que dejó huellas en su Guantánamo.

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