¿Qué era Cuba? Remembranzas (VIII)

En tal caso me he sentido hasta deseoso de brindarle mi apoyo, para ayudarle a comprender el cómo y el por qué de tanta injusticia que se imponía en aquella sociedad de la seudo república.

Y en un gran marco de recuerdos llega a mi mente una de las lacras más crueles e indignantes. Me refiero a la mendicidad en Cuba. Y entonces veo muy claramente el arribo de un lujoso auto que se estacionaba al frente de una iglesia.

Del vehículo descendían dos personajes típicos de la época: él de porte altivo y sobrada elegancia si se tiene en cuenta lo innecesaria que era si de adorar a Dios se trataba. Ella, igualmente vestida, tal si fuera para una recepción palaciega; con ademanes de alta burguesía muy bien estudiados. El chofer, negro por cierto, quedaba cuidando el Cadillac.

Inmediatamente continuaba la siguiente escena. En las escaleras que conducían al interior del religioso recinto, se agrupaban varios limosneros, despreciados por la misma sociedad que los producía de manera tan indigna; lo eran por padecer hambre, enfermedades, y un sin número de desgracias; vestían harapos por ropas y muchos andaban descalzos.

Claro, por tratarse de una iglesia acudían a ella con la vana idea de mitigar un tanto el hambre que laceraba su estómago, sin darse cuenta que la gran solución jamás llegaría a través de la filantropía o la acción «desinteresada» y «altruista» de los burgueses.

Ella, colgada del brazo de su señorón, rezongaba muy molesta porque aquellos desgraciados le estorbaban en su ascenso elegante al interior. ¡Qué barbaridad!, dentro de poco ya no podemos venir a la iglesia por esta gentuza!. En un acto, por supuesto involuntario e hipócrita, le echaban alguna moneda al desventurado, pero nunca la depositaban en su mano si no en el piso para no mancharse.

Naturalmente, aquella moneda era algo así como una aguja en el pajar de una enorme riqueza amasada por la explotación, el robo y la corruptela de aquella época, características sine qua non que producían la mendicidad. Finalmente, al salir del lugar se cuidaban de hacerlo hasta con una sonrisa; bien sabían que los estaba esperando un grupito de reporteros para reseñar su devoción por la iglesia.

Habían cumplido, limpiaron de un tirón sus culpas, dejaron otras monedas como ofrenda, y encendieron una vela. Entonces, raudo desaparecía el Cadillac hacia el tenebroso camino que conducía a la maldad y el egoísmo, y aquellos pobres mendigos seguirían implorando un pedazo de pan porque ni siquiera tenían derecho a soñar que un día disfrutarían de pan, salud, y amparo de una nueva sociedad que había irrumpido ante tanta injusticia para acabar de un tajo con la mendicidad.

«El monopolio está sentado, como un gigante implacable, a la puerta de todos los pobres», José Martí.

 

  

 

   

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