En defensa de la identidad y del buen decir
Pocas horas nos separan del VIII Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), que tendrá lugar durante viernes y sábado en el Palacio de las Convenciones de La Habana con la participación de 310 intelectuales y artistas de todo el país.


Desenmascarar la banalidad, la pseudocultura, la simplicidad que abunda en las redes, y que no son para nada paradigmas nuevos, constituye hoy día en Cuba, un reto para sus artistas e intelectuales, medios de comunicación y las instituciones y organizaciones vinculadas con la educación y la trasmisión de valores.
Vino al mundo en Santa Clara, la noche del 29 de octubre de 1969. Y no sé si fue favorecido por algún astro o planeta regente, pero luego de decirle Risett Curí que el feto no se movía en su vientre, lo sacaron vivito y coleando mediante cesárea, para alegría suprema de José Ramón Falcón, el padre. Pero fue la madre, hija de palestina y francés, quien decidió ponerle Abel, que viene del hebreo y significa aliento.
Cuando la voz de Violeta Casal vibraba en la Sierra Maestra con la emblemática presentación: “Aquí,
Cincuenta y cinco años atrás (se dice fácil) monté en un caballo blanco y cremita, «un penco» al decir de mi Papá que lo atendía «a piso», algo así como estar pendiente del animal en la finca El tanque que le cuidaba a un casi terrateniente holguinero. Allí pasé desde mis tres o cuatro años hasta los nueve. Mis padres no me dejaban ir sola al fondo, porque en el límite de lo que era el barrio La chomba había un burdel, dicho en forma fina, (bayú era como decían mis viejos y mis hermanos) al que iban guardias de Fulgencio Batista y a cada rato había una bronca, con tiros y todo.