Un llamado a la razón y la sensibilidad
Tengo la absoluta certeza de que – salvo muy escasas excepciones – a nadie le agrada la idea de provocar enfermedades o muerte a sus semejantes. Cuando nos enteramos de homicidios, guerras, accidentes y cualquier otro infortunio que en este sufrido planeta está a la orden del día, nuestra primera reacción es el espanto y, después, la censura y condena. La sensatez, el sentido común y la empatía nos mueven a comportarnos así.


En cierta ocasión, hace ya un tiempo considerable, leí un trabajo periodístico sumamente atinado y muy esclarecedor que logró, con simples preguntas y respuestas, mostrar las verdaderas entrañas del imperio de manera absolutamente incuestionable.
Cada 11 de septiembre la humanidad rememora dos acontecimientos estremecedores y cruentos. El primero en 1973 cuando el gobierno legítimo de Chile, electo democráticamente resultó depuesto mediante un golpe militar inducido por una potencia extranjera. Veintiocho años después la muerte y el dolor se apoderaron otra vez de millares de seres con el derribo de las torres gemelas de Nueva York. Dos aviones impactaron sobre ellas para dejar un saldo de muerte y destrucción.
Aclaro que lo de enfermedad se lo adjudico al gobierno de Estados Unidos y su sistema imperial, aunque no escapan a ella todos los que en este mundo se unen vergonzosamente al monstruo insaciable. Unos con la mayor responsabilidad y otros sirviendo de cancerberos para que –increíblemente- se nos haga insoportable la vida en la Tierra.
Para continuar con el tema, en el capítulo anterior les hablamos de la evasión, fórmula muy utilizada por el enemigo y sus medios de comunicación para inundar a grandes masas de informaciones insignificantes y tontas, solo para sustraerlos de las enormes calamidades que produce el mundo rico.