Una noche de Estaciones
Manuel Ramírez Heras, el director de Estaciones de Radio Rebelde, me tendió una trampa, una amorosa trampa. Sí o sí. Al aire, al final de un programa donde fui entrevistado, me propuso tener el último jueves de cada mes, una noche con mis invitados. ¿Acaso es posible rechazar un regalo de semejante altura?


A los héroes, el tiempo los envuelve en un halo de grandeza que parece quitarles su carácter humano, y entonces comienzan a difuminarse en el hilo de la lejanía o de la perfección.
A veces tiene que sujetarse porque la trama la hace flamear, la envuelve. Siempre halla el tono justo para la narración, más hay sacudimientos que la recorren, intensa, lentamente. Sin ir más lejos: grababa hace poco una obra sobre
¿Cómo se dibuja un jab con la voz? ¿Cómo anidar un gol en la red, un golazo, sin haber pisado la grama? ¿Cómo se levanta un país, todo un país, en un remate? Preguntémosle a Luis Alberto Izquierdo Valdés. Él tiene la respuesta. Él puede.
La radio está destinada a la grandeza. Es grande porque es humilde. Ella se aprieta a los latidos de la gente y es como un juego de espejos. Emociona, porque ella misma toca las emociones y las devuelve. Sabe hacerlo.